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Domingo 20 DE JULIO

SUPLEMENTO DOMINICAL DE PROTESTANTE DIGITAL

  • Kairós y Cronos

     

     

     

    Carlos Martínez García

    México, Norberto Rivera e Ignacio de Loyola

    Una pseudodefensa de la libertad religiosa

     
    México, Norberto Rivera e Ignacio de Loyola
     

     La línea de pensamiento de Ignacio de Loyola tiene seguidores hoy en México, y me atrevo a decir en toda Iberoamérica. 

    15 DE ENERO DE 2012

     
    En América Latina los antagonistas históricos a la libertad de cultos, al principio del derecho a elegir las creencias, hoy se victimizan y se revisten de algo que nunca han sido: promotores de construir una sociedad en la que tengan cabida diversas concepciones del mundo y coexistencia de las mismas garantizada por el Estado, siempre y cuando no representen una amenaza a los derechos de los otros y otras. Es el caso de la jerarquía católica mexicana, que confunde sus intereses con los de la generalidad de la sociedad.

    En el siglo XVI, Ignacio de Loyola, fundador de la orden de los jesuitas, se caracteriza, entre otras cosas, por ser un férreo opositor a la Reforma protestante. La combate y justifica las persecuciones contra los que considera herejes. Niega la libertad de conciencia y cree firmemente que en la promoción de la verdad como él la concibe son válidos recursos violentos para salvar a las personas de sus errores. Los disidentes no tienen derechos, reconocérselos, para Loyola, equivale a fomentar la herejía.

    La línea de pensamiento de Loyola tiene conspicuos seguidores hoy en México, y me atrevo a decir que por toda Iberoamérica. Para hacerla avanzar la encubren de reivindicación libertaria para el conjunto de la ciudadanía. Es el caso del cardenal de la ciudad de México.

    Se expresa como si estuviera refugiado en la más recóndita catacumba. En su homilía dominical pasada (8 de enero), el cardenal Norberto Rivera Carrera defendió la libertad religiosa como un derecho humano. Exhortó a los senadores a darle luz verde a la reforma al artículo 24 de la Constitución, el cual fue modificado en la Cámara de Diputados en la última sesión parlamentaria del año pasado.

    Es curiosa la supuesta catacumba en la que se encuentra recluido Rivera Carrera por el laicismo a ultranza (eso dicen los nostálgicos del poder político clerical), ya que sus actos son cubiertos por la prensa impresa, televisiva y cibernética. El cardenal se reúne constantemente con prominentes integrantes de las élites políticas y económicas, recibe trato especial en el seno de las mismas. Tiene a su disposición un costoso aparato de servicio y seguridad, echa mano de sus privilegiadas conexiones para favorecer sus intereses, y éstos no necesariamente son los de la feligresía católica.

    Norberto Rivera hizo una descripción de lo que es la fe: “es una respuesta que cada quien puede dar desde lo más sagrado de su libertad. Por eso continuamente reclamamos ese derecho natural de la libertad religiosa que se tiene como un ser humano”. Así nada más sin examinar la fuente de la declaración, cualquiera identificado con el derecho a profesar una creencia determinada estaría de acuerdo. El problema es que ni el personaje que emitió el dicho, ni la institución que representa se han distinguido por defender el derecho para otros que solamente reclaman para sí.

    Precisamente a lo que históricamente se opusieron sucesivas jerarquías católicas en México fue a que la fe (o la ausencia de ella) fuese “una respuesta que cada quien puede dar desde lo más sagrado de su libertad”. Cuando pocos años antes de consumada la Independencia, y después de la misma, unos pocos mexicanos, entre ellos de manera muy destacada José Joaquín Fernández de Lizardi, comenzaron a proponer que el país debería abrirse a la libertad de cultos, los antecesores de Rivera Carrera se opusieron férreamente por todos los medios a su alcance. Décadas después, a partir de 1860, desatan virulentos ataques discursivos, y militares, contra los liberales mexicanos por la osadía de estos de abrir la posibilidad de que en México pudiesen establecerse credos distintos al catolicismo. Hasta hoy el conservadurismo católico mexicano considera esa apertura como una tragedia histórica, fuente de todos los males porque rompió la unidad religiosa del país.

    No les gusta a los altos funcionarios eclesiásticos católicos del país, ni a sus corifeos ideológicos, que se recuerde el origen de la libertad social para tener una determinada creencia religiosa (o no tenerla): el juarismo que promulgo la Ley de Libertad de Cultos el 4 de diciembre de 1860. Esa Ley fue enconadamente satanizada por las jerarquías católicas de nuestro país y también por la asentada en Roma. ¿Quiere decir, entonces, por la definición que ahora realiza el cardenal Rivera de la fe, que Benito Juárez estaba en lo correcto?

    El mismo domingo pasado, en un editorial suyo publicado en el semanario  Desde la fe , Rivera Carrera se presenta como un adalid del pluralismo al hacerse defensor de los atribulados católicos arrinconados por una legislación que no les reconoce libertad religiosa tal y como es definida por la alta jerarquía católica. Dice que le preocupan las libertades de su feligresía y no tanto las de la institución de la cual él forma parte del liderazgo: “Los derechos humanos no se establecen para instituciones y estructuras, sino para las personas”. Ni una palabra de la dilatada historia que tiene la Iglesia católica en la vulneración de los derechos humanos, y la enrevesada justificación doctrinal, así como la creación de instituciones persecutoras, para castigar a los herejes. Y esa mentalidad inquisitorial está lejos de ser cuestión del pasado en personajes como Rivera Carrera y otros de sus pares en el Episcopado Mexicano.

    Además en el editorial citado el cardenal Rivera soltó otra perla, que a continuación reproduzco: “Los católicos sabemos que la vida pública no puede quedar en manos de un solo criterio, pues estaríamos hablando de una dictadura ideológica que no respetaría los derechos y las convicciones de todos, tal y como sucede en los estados totalitarios”. ¿Pero qué no precisamente se ha dedicado el cardenal, y otros de sus correligionarios, a lanzar anatemas contra quienes tienen ideas y prácticas distintas a las del corpus doctrinario católico? ¿Acaso no ha presionado para que las instituciones del Estado mexicano hagan suyas las enseñanzas católicas en distintos terrenos de la vida social, con el fin de que nieguen derechos y sancionen a los desobedientes a la particular visión de la sexualidad, control de la fertilidad y natalidad que sostiene la Iglesia católica? ¿No es eso impulsar una dictadura ideológica?

    Al igual que muchos otros con tentaciones integristas, Norberto Rivera Carrera se presenta como paladín defensor de los derechos humanos para decirse oprimido por restricciones legales que, según él, tienen relegados en los templos a los católicos mexicanos. Exige que sean liberados de tal realidad asfixiante, para que puedan vivir su religiosidad libremente y sin temores de la persecución laicista. ¿Pero de veras hay esa persecución?

    Uno es el discurso reivindicador de los derechos humanos y otra la práctica que distingue al cardenal Rivera Carrera. Desde siempre lo suyo no ha sido la tolerancia, ni la afirmación de la pluralidad de valores y sus consecuentes conductas, menos se ha distinguido por impulsar la democratización de su institución eclesiástica. Lo que busca es ampliar sus propias libertades para restringir las de los otros.

     

     

     

     

    Comentarios (4)

     
    Id Autor/Fecha Comentario
    4

    Juan Antonio

    16/01/2012 22:08h

    Bien, veamos. A Norberto Rivera primero habría que ejuiciarlo por su vinculación con la pedofilia en México; puies nadie que encubre ese tipo de delitos es solvente para tratar ningún tema de moral y/o justicia, solo en el caso que reconozca que es inmoral y que obstruye a la justicia. Por otro lado comparar a Iñigo de Recalde con Norberto Rivera, creo que le ha quedado grande el tacuche a Norberto, pues Iñigo era sobradamente mucho y más profundamente malvado que este señor.

    3

    José Luis Medina Rosales

    16/01/2012 22:08h

    Esa guerra que ellos asumen, no es solo en el orden espiritual, sino también en el bélico, psicológico, en el económico, político, intelectual, de control digital, infiltración con dobles y triples personalidades en los medios protestantes (como en PD), infiltración en el clero evangélico para crear divisiones y confusión. Cambian de caretas cuando las circunstancias lo requieren, ya que 'el fin justifica los medios'. Mienten, asesinan, traicionan muy piadosamente, de puntillas en las posturas hieráticas mas estudiadas, Son actores consumados a la hora de representar su papel de integridad religiosa. En una ocasión un viejo amigo, ex sacerdote católico, lamentando la ingenuidad de los evangélicos manifestó que 'los hijos de las tinieblas eran mas astutos que los hijos de la luz', y que los ecumenistas engañados por Roma iban a sufrir vergüenza, humillación y desengaño. Lo que está pasando en México, es solo un signo externo de lo que se está fraguando en toda latinoamérica ante el ava

    2

    José Luis Medina Rosales

    16/01/2012 15:58h

    Los evangélicos siempre hemos pecado de ingenuos. Conocemos exactamente lo que es la ICR por sus herejías nicolaitas, trayectoria histórica de proclamación del odio, su prepotencia política, ambición desmedida de las riquezas, su falsa piedad e hipocresía eclesiástica; pretendiendo ser cristiana es solo idólatra, mariana y papista; derramadora de la sangre de los santos, y un largo etc.y sin embargo nos hemos dejados seducir con sus falsos ecumenismos y aparentes buenas intenciones.

    1

    Adelkader Garcia

    16/01/2012 03:48h

    Esa situación de México, sucede en todos los otros países de Suramérica. Por ejemplo: en Venezuela se creó en 1810 la primera constitución, 'El primer artículo de esa Constitución decía que No se podía aceptar otra religión que no fuese la Católica Romana, la cual era la originaria y pura de América'. Esto obviamente era un farsa, ya que otras religiones tenían siglos establecidas en América, practicada por los auténticos Americanos: Nuestros indígenas; siendo México un lugar en donde se desarrollo una de las más ricas culturas prehispánicas, en el ámbito científico, social, lingüístico, etc. Vemos, que para menospreciar las religiones de, digamos, los aztecas, siempre se denota el sacrificio de vírgenes y la presentaciones de corazones sangrantes a sus dioses, pero, esto era una forma de adorar. Ellos no conocían a JESÚS. Los católicos, que llegaron a nuestro continente, supuestamente, sí lo conocían, e hicieron más desastres y cometieron más crímenes que los aztecas, Protagonizaron e

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