-
La fe bíblica y agónica de Alfredo R. Placencia
El plano metafórico de la piedra y el agua (alma y lágrimas) se impone.
28 DE ENERO DE 2012
Poesía completa. Comp. y pról. de Ernesto Flores. México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes-Fondo de Cultura Económica, 2010, p. 168.
ABRE BIEN LAS COMPUERTAS
El hilillo de agua, rompedizo y ligero
abre la entraña obscura
de la peña, de suyo, tan tenaz y tan dura,
y da en la peña misma con algún lloradero.
Señor: entra en mi alma y alza Tú las compuertas
que imposible es que dejen que fluya mi amargura.
Quiero que estén abiertas
las compuertas
de mi alma de roca, tan rebelde y tan dura.
Soy Tomás; necesito registrar tu costado.
Soy Simón Pedro, y debo desbaratarme en lloro.
Dimas soy, y es mi ansia morir crucificado.
Soy Zaqueo, que anda todo desazonado,
viendo, por si pasares, dónde habrá un sicómoro.
“Tocad, que si tocareis, se os abrirá”, dijiste.
Por eso llego y toco
y tus misericordias seculares invoco.
Señor: cúmpleme ahora lo que me prometiste.
Alza bien las compuertas, Señor; lo necesito.
Deben estar abiertas
las compuertas del llanto que purgará el delito.
Abre bien las compuertas.
El hilillo de agua, rompedizo y ligero,
¿cuándo no dio en la peña con algún lloradero...?
Uno de los numerosos méritos del prólogo de Ernesto Flores a la Poesía completa de Alfredo R. Placencia, además de la dedicación de largos años a la obra del autor jalisciense, es la manera en que combina biografía, crítica literaria e historia regional para lograr prácticamente un libro completo . Las fuentes directas a las que ha tenido acceso le permiten, por fin, que en esta edición tan esperada y postergada logre reunir en 150 páginas abundante información que ilumina la lectura de los poemas.
La primera versión de este prólogo fue la nota introductoria a Otro Adán exulsado, breve antología publicada en 1980 por la UNAM en su colección Material de Lectura, serie poesía moderna, reeditada en 2009. Allí, el recuento biográfico continúa con un análisis mesurado y con citas muy puntuales de varios poemas clave. Y aventuraba una hipótesis, siguiendo las claves religiosas de alguien que interpreta la obra desde ellas y que demuestra plenamente con el nuevo y abarcador volumen: “Como sacerdote católico que tiene a quien lo escucha, se confía en el momento del poema. A veces sus obras se vuelven oscuras a fuerza de auto-biograficidad. Y es que Placencia es un poeta sobre cuya vida nada se había investigado y una búsqueda por todos los pueblos en que él ejerció el sacerdocio revelaba, hasta hace poco, claves de esta poesía de confesor confesado”.
Ahora, dividido en varias secciones, una documental, con testimonios de gente muy cercana a Placencia, este estudio ampliado incluye muy al principio una muestra de la profundidad con que Flores expone las características de esta obra . El título mismo (“Para una resurrección”) es una declaración de principios estéticos, porque vaya que los poemarios reunidos atravesaron por toda una odisea vital hasta aparecer frente al gran público. Si en 1980 Flores concluía diciendo que Placencia fue “uno de los mayores poetas religiosos de todos los tiempos”, ahora pasa a demostrarlo abordando todas las aristas posibles de una vida y una obra que se entretejieron dramáticamente para forjar un conjunto lírico ciertamente desigual, pero innegablemente valioso.
Luego de trazar las líneas básicas de la biografía del poetas y de los avatares de su obra, en la sección “Placencia y la insolencia genial” (pp. 13-16), esboza un análisis que sitúa el primer volumen (El libro de Dios) en sus coordenadas bíblicas, para lo cual recurre a algunos versos. Lo califica como un “desafío” y a continuación se concentra en “Abre bien las compuertas” para situar el contexto que le dio origen:
Aquél era uno de esos momentos en que la inminencia de la persecución religiosa todo lo agravaba y era origen de paranoias. En este volumen está uno de los poemas representativos de Placencia: “Abre bien las compuertas”. En textos de la última década de su vida, salen a la superficie poderosas influencias bíblicas, sobre todo del libro de Job. Fue cuando la pobreza lo había obligado a vender, uno a uno, los volúmenes profanos de su librero, exiguo viajero que recorría todos los pueblos a donde lo condujeron sus destinos sacerdotales. Al fin, el único libro que lo siguió, el obligado profesionalmente, la Biblia, se volvió su raíz poética.
Sobre la estructura formal del texto, explica: “combina dieciocho versos alejandrinos, cinco heptasílabos y un pentasílabo, distribuidos en tres cuartetos, dos quintetos y un dístico”. Y agrega, entrando ya al espíritu y la metáfora central de la composición: “Tenemos entonces presente que el alma del autor es una roca, cerrada por las compuertas del llanto que purgaría el delito y que impide lavatorio y expiación. Placencia habla para sí y, encerrado, el delito brumoso queda inalcanzable a su lector”. Flores se refiere a la presencia del salmo 78 en el poema, especialmente los versículos 16 y 20: “Pues sacó de la peña corrientes, e hizo descender aguas como ríos”; y “De aquí ha herido la peña, y brotaron aguas”.
Esta familiaridad bíblica se aprecia en los personajes bíblicos aludid, porque, como sintetiza Flores, el hablante poético se identificará con cada uno en una vertiente plural de la experiencia religiosa: “espejo roto en cuatro fragmentos […] Aclarémoslo: soy el incrédulo (Tomás), el que traiciona por cobardía (Pedro), el ladrón (Dimas) y (Zaqueo) el defraudador. […] Placencia se denigra sin temor”. El prologuista aventura un esquema espacial: “Nunca encontré un retrato moral con tan recia capacidad de síntesis: especie de pirámide triangular con su polígono básico (Pedro, la piedra) y tres caras (Tomás, Dimas y Zaqueo) dirigidas hacia el vértice teológico”. Las alusiones a la actitud de cada personaje se conjuntan para que el texto se vuelva una oración apenas disimulada: “‘Tocad, que si tocareis, se os abrirá’”, dijiste./ Por eso llego y toco/ y tus misericordias seculares invoco./ Señor: cúmpleme ahora lo que me prometiste”. Reclamación y exigencia. (Las “misericordias seculares” suenan tanto a López Velarde por sus correspondencias insólitas… Sí, la misericordia divina en los asuntos del mundo.).
Es la presencia del Sermón del Monte (Mt 7.7: “Pedid y se os dará…”) o, agrega, Flores, el recuerdo del salmo 69.3: “Cansado estoy de llamar; mi garganta se ha enronquecido; han desfallecido mis ojos esperando a mi Dios”. La voz poética se vuelve insolente por momentos, y ahí se cita otro poema, “Lucha divina”: “¿Piensas poder más Tú…? Te desafío” o “Ciego Dios”: “Tu amor lo quiso y la ceguera es tuya”.
La penúltima estrofa, concluye Flores, “recapitula y el tono, habitual en algunos finales de este autor, es dócil y pleno: ‘Alza bien las compuertas, Señor; lo necesito’”. El poema cierra con una confianza total: “El hilillo de agua, rompedizo y ligero,/ ¿cuándo no dio en la peña con algún lloradero...?”. El plano metafórico de la piedra y el agua (alma y lágrimas) se impone. Esta voz que alcanza el poema no es sólo religiosa, es existencial y desvela una experiencia de búsqueda y posibilidad de encuentro a través de una mística genuinamente humana, no fingida.








Tu comentario