Argentina
Sin migajas
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26 DE SEPTIEMBRE DE 2011
Por ejemplo, que los valores y parámetros manejados por Dios son muy diferentes a los nuestros; que el infierno es un lugar físico, activo y sombrío; que nuestra conducta terrenal repercute en la eternidad; que después de la muerte es imposible cambiar el destino; que en el más allá perdura una conciencia de sentimientos y recuerdos...
El relato habla de abismos a manera de barreras infranqueables y nos hace oír un diálogo que sirve tanto para confrontarnos con la inutilidad del arrepentimiento tardío, como para destacar la imposibilidad de incidir desde aquel lugar de tormento en el mundo de los vivos. Todo eso dentro de un marco social, donde los protagonistas –el rico y Lázaro [ii] – por fuerza y mérito de la manera en la que vivieron, reciben post mortem tratamientos opuestos a los que tuvieron durante su peregrinaje terrenal.
Pero se percibe que dentro de este relato hay una condena implícita de los sectores económicos más favorecidos, pero inmisericordes; más influyentes y poderosos, pero egoístas e insolidarios; más opulentos y beneficiados, pero marginadores. Y sin querer ser un manifiesto que reclama igualdad y justicia, tal como lo demandan los sectores políticos que enarbolan banderas de paridad y equidad social, incluye dulces y tiernas palabras de consuelo para los desposeídos, generando así una expectante y gozosa esperanza en aquellos que, viviendo una dolorosa y aberrante marginalidad, fueron los parias de la tierra.
Jesús no está diciendo que si sufrimos aquí nuestro destino natural será el cielo, ni tampoco procura decir que la opulencia es un pasaporte al infierno. No, ésa no es la tesis que presenta Jesucristo. Porque el destino eterno de los hombres sólo se determina a la luz de la relación y comunión que voluntariamente establece cada criatura pecadora, rica o pobre, con el Redentor de la humanidad. Pero tampoco perdamos de vista que Su advertencia fue: “¡Cuán difícilmente entrarán en el reino de Dios los que tienen riquezas!” [iii] .
El drama del hombre rico llega a su cúspide cuando, en medio de los tormentos del infierno, procura interceder a favor de sus cinco hermanos, pidiendo que “alguien” (Lázaro quizás) suba a la tierra a fin de persuadirles para que abandonen su licenciosa manera de vivir. Esta intención loable, pero tardía, nos confronta con una verdad dolorosa y terrible: ¡cuántos quisieran cambiar todo lo que hicieron mal, corregir todos los errores que cometieron, retractarse de todas las perversidades que hicieron, borrar todo lo dañino que escribieron o todas las blasfemias que profirieron! Pero, ¡eso es imposible! No hay marcha atrás.
La respuesta válida para todos los tiempos fue que aquellos cinco hermanos del rico–al igual que los hombres de hoy– tenían a su alcance las Sagradas Escrituras y también las palabras de los profetas que daban testimonio de la verdad. Dicho de manera más clara, la respuesta fue: “Tienen templos abiertos, ¡vayan! Tienen predicadores y maestros, ¡escúchenlos! Tienen Biblias, ¡léanlas!” . O sea: ¡Tienen la posibilidad de la enmienda por el camino del arrepentimiento! Pero no quieren transitarlo, así que no tienen excusa. Si se pierden es porque escogen los caminos de la perdición.ç
El Lázaro actual, el Lázaro del siglo XXI, está constituido por una legión que vive de migajas y que se llama tercer o cuarto mundo, donde una minoría privilegiada se ha apoderado descaradamente de la mesa a la que todos tenemos derecho. Hoy mismo, en plena crisis económica mundial, las industrias y las fuentes de empleo han sido destruidas por esa desmedida ambición humana ajena a toda moral social, por lo que centenas de millones de Láz aros –en todo el mundo– se hunden en la marginalidad hasta morir de hambre o masacrados por la violencia que hace enmudecer sus justos reclamos.
A Lázaro lo han alejado de los barrios residenciales y de las mansiones protegidas con policías armados, perros y alarmas. Lázaro quisiera saciarse con las migajas que sobran del banquete, pero pocas son las que caen al suelo, porque la corrupción las va acumulando para terminar depositándolas en los bancos extranjeros. Y es así como este Lázaro -marginado, despreciado y con tantas carencias, que sobrevive como puede y malvive entre ruinas e inmundicias- se prostituye, se hace drogadicto, ladrón y asesino, hasta que una muerte, casi siempre prematura, le permite encontrar entre los ángeles de Dios, a alguien que lo quiera, lo arrope y lo cobije. Y es recién entonces cuando esa legión de marginados tiene un lugar, una patria, un sitio donde nadie podrá despojarlos, vigilarlos y apalearlos en nombre de su propia seguridad.
Mientras tanto, los poderosos, haciéndose las víctimas, siguen como siempre urdiendo planes de grandeza, convencidos de su inocencia y creyendo que los asiste la razón, tanto que hasta la mismísima Iglesia debería respaldarlos y justificarlos, haciendo así honor al romance íntimo y afectivo que desde siempre vivieron las clases opulentas con la Iglesia, también rica, también poderosa y también influyente. Pero eso es ‘harina de otro costal’, que en su tiempo y momento podríamos comentar.
Juan Carlos Quinteros - El Talar, Buenos Aires, Argentina







Comentarios (1)
Rosa Jordán de Franco
29/09/2011 00:32h
Un excelente escritor, con profundidad bíblica y gran sensibilidad humana (o social...) En mi humilde opinión, no dejó nada a la imaginación, ni al sectarismo religioso o político. Felicitaciones mi hermano. Una gran enseñanza y una muy amena lectura. Esperamos más estudios tan edificantes como éste. Bendiciones.
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