Colombia
La bienaventuranza de los pobres de espíritu
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01 DE FEBRERO DE 2012
Navegando por la red me encontré un vídeo realmente impactante. Se llama “ No sé qué piensas tú ”. El film, que tan sólo dura unos siete minutos, comienza mostrando a dos niños africanos llenos de polvo, semidesnudos, arrastrándose sobre la tierra porque ya no tienen fuerzas para caminar, que están literalmente muriendo de hambre. Son dos hermanos, huérfanos, abandonados por la sociedad, sin esperanza, sin sueños, sin alimentos. El narrador cuenta que estos dos pequeños, a causa del hambre, han comenzado a encogerse porque, al no tener alimentos, el cuerpo, por decirlo de alguna manera, se “come a sí mismo” y, como si esto no fuera suficiente, estas pobres criaturas sufren de polio.
La imagen de estos niños llegó a mi mentey entonces recordé que el Sermón del Monte comienza diciendo “ Dichosos los pobres en espíritu, porque el reino de los cielos les pertenece” , pero aquélla no era el tipo de pobreza a la que Jesús se refería.
Ser pobre en espíritu es tener la capacidad de reconocer ante Dios mi humanidad, es llegar ante Él sabiendo que no tengo absolutamente nada que pueda impresionarlo, es admitir mi debilidad, mi vulnerabilidad y fragilidad; es llegar ante Él sin títulos, sin conocimientos, sin charreteras; es comprender que nada de lo que haga es realmente importante, porque no se trata de mí, se trata de Él.
“Tú dices: Yo soy rico, me he enriquecido y de nada tengo necesidad. Pero no sabes que eres desventurado, miserable, pobre, ciego y estás desnudo”. (Ap. 3:17)
El problema con el orgullo radica en que éste distorsiona la realidad: comenzamos a ver las cosas, las personas y las situaciones o más grandes de lo que son, o más pequeñas.
Jesús tuvo que tratar con gente como ésa, él los llamaba “ sepulcros blanqueados ”. Eran personas que en apariencia lo tenían todo: eran estudiados, se sabían la ley de Moisés al pie de la letra; es más, la enseñaban, hacían todo lo correcto delante de los ojos de los demás. Pero no tenían lo que realmente importaba, no tenían a Dios, no lo necesitaban, con sus conocimientos bastaba.
« Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo y el otro publicano. El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: "Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, diezmo de todo lo que gano". Pero el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: "Dios, sé propicio a mí, pecador". Os digo que este descendió a su casa justificado antes que el otro, porque cualquiera que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido » (Lc. 18:10-14)
“ Volvió justificado ”, sí, la gracia se había derramado sobre aquel pecador. ¿Por qué? Porque para recibir la misericordia y la gracia de Dios debemos reconocer que la necesitamos, rendirnos ante su trono, llegar ante Él tal y como somos, como pobres, como aquellos niños que no tenían que comer, y entonces Dios se acercará a nosotros y nos dará lo que tanto hemos buscado, y nuestras almas serán llenas, y nuestra vista será sanada, y seremos vestidos con su amor.
“Por tanto, yo te aconsejo que compres de mí oro refinado en el fuego para que seas rico, y vestiduras blancas para vestirte, para que no se descubra la vergüenza de tu desnudez. Y unge tus ojos con colirio para que veas”. Ap. 3:18
El video de estos niños termina de una forma extremadamente conmovedora. De pronto, de entre la maleza, aparece una niña, según el narrador, de unos nueve años de edad, su hermana. Ella venía con dos cantaros de agua, los coloca sobre el suelo, va, levanta a uno de sus hermanos y comienza a bañarlo. Quien sabe cuánto habría tenido que caminar aquella hermosa niña para buscar ese poco de agua, lo cierto es, que aunque ella no tenía cómo darles alimentos a sus dos hermanos, sí podía bañarlos y no los iba a dejar morir sucios. Después de bañar a ambos niños, ella se sienta con ellos. Una de las personas que está allí le da un paquete de galletas, ella lo abre, le da una galleta a cada uno de sus hermanos y toma una para sí.
“Y Jesús contestó: (…) pero todos los que beban del agua que yo doy no tendrán sed jamás. Esa agua se convierte en un manantial que brota con frescura dentro de ellos y les da vida eterna”. (Jn. 4:13)
El pastor Paul Washer describe el arrepentimiento como “ darse por vencido, dejar de pelear contra Dios y dejar de tratar de ganar nuestra propia salvación por nuestras propias obras para, literalmente, rendirse y caer a los pies de Cristo”. En otras palabras, alguien arrepentido es alguien que vive como un pobre en espíritu, porque reconoce que sólo es por la obra perfecta de Cristo en la cruz que uno es justificado, que tiene acceso al Padre, que ha sido limpiado y que todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad le han sido dadas.
Ven a Jesús sin nada en tus manos y entonces el reino de los cielos será tuyo.
Carlos F. Araújo Mejía – Santa Marta, Colombia







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