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El vigía 

 

¡Aquí mando yo! Autoridad y postmodernidad

 
<em> ¡Aquí mando yo! Autoridad y postmodernidad</em>
Félix Ortiz

11 DE OCTUBRE DE 2011

 En el mundo postmoderno el concepto de autoridad ha cambiado de manera dramática. Tu posición de liderazgo no te inviste, a los ojos de la nueva generación de jóvenes, de ninguna autoridad. La única autoridad que reconocerán es la que ellos te otorguen como consecuencia de tu carácter e integridad.

Este artículo nació a raíz de una conversación con un líder juvenil británico. Ambos estábamos en Adis-Abeba, la capital de Etiopía, participando en un proyecto misionero. Saboreábamos una deliciosa taza de café etíope cuando comenzamos una discusión acerca de la manera tan diferente cómo los jóvenes postmodernos se acercan y perciben la vida en comparación con las generaciones previas y, poco a poco, nuestra conversación se centró en la diferente perspectiva que unos y otros sostienen en el tema de la autoridad.

No es una sorpresa para nadie la existencia de una auténtica crisis de autoridad. Todas las instituciones están experimentando y sufriendo esa realidad. Los estados y los gobiernos, no sin causa justificada debido al abuso de poder y la corrupción, pierden la autoridad delante de los ciudadanos. En la escuela, la autoridad de los maestros se vuelve más frágil y, en algunos lugares, los alumnos aterrorizan a los profesores que se ven más y más impotentes para poder controlar a los estudiantes e imponer su cuestionada autoridad en las aulas. En muchos hogares la situación no es mucho mejor. La autoridad paterna y materna también es puesta en entredicho y muchos padres simplemente no saben qué hacer con sus hijos y no tienen los recursos para hacerles obedecer y someterse a sus dictados, incluso a los más razonables y necesarios. Pareciera como si alrededor nuestro el concepto de autoridad simplemente se estuviera derrumbando y, para ser realistas y honestos, así es.

Este cuestionamiento de la autoridad también ha llegado, está llegando o llegará a la iglesia y a la vida comunitaria. Podemos ver como en la Iglesia Católica un número creciente de fieles cuestiona la jerarquía y las enseñanzas del clero. La Iglesia Evangélica, en sus diferentes versiones, no está ni estará a salvo de ver cómo sus líderes, pastores, ancianos, diáconos y, naturalmente, los líderes juveniles ven puesta en entredicho su autoridad.

¿Cuál es la causa para que la autoridad esté sometida a esta presión de acoso y derribo? Bien, tratemos de explicarlo. Hasta ahora, en la mayoría de las culturas, la autoridad iba ligada o vinculada con la posición. Cuando una persona tenía una determinada posición en la estructura de una organización, está posición llevaba aparejada, implícita o asociada una determinada autoridad. Cualquiera que ostentara esa posición, ostentaba la autoridad con ella vinculada o asociada.

Si además, la persona tenía un carácter noble e íntegro, eso le ayudaba a un mejor ejercicio de la autoridad, sin embargo, aunque deseable, eso no era requerido ya que era la posición, no la persona, quien ostentaba la autoridad. Un buen ejemplo de ello sería la gran cantidad de reyes deshonestos, incapaces y totalmente inútiles que la monarquía española produjo durante siglos. Sin embargo, a pesar de su total falta de carácter e integridad, su autoridad nunca fue cuestionada.

Este modelo de autoridad vinculada a la posición era, además, totalmente apoyado y reforzado por la cultura y la sociedad. Todo en la familia, la escuela, la iglesia y el estado contribuía a sostener y atrincherar esta idea de que la autoridad estaba vinculada a la posición y era correcto y necesario respetar a aquellos que, por las razones que fuera, ostentaban en un momento determinado esa posición.

Todo funcionó más o menos bien hasta que alguien cuestionó ese modelo de autoridad. Alguien pensó que ostentar la posición no era suficiente mérito ni suficiente razón para que una persona debiera de ser obedecida y, consecuentemente, el modelo comenzó a sufrir una constante y continuada erosión y nuevos modelos de autoridad comenzaron a competir con el mismo y se ganaron la adherencia de las nuevas generaciones.

Para las nuevas generaciones, la autoridad formal, aquella que se deriva de la posición que una persona ocupa, ya no es suficiente. Este tipo de autoridad no es ni reconocida, ni mucho menos aceptada por muchos jóvenes. El abuso y mal uso de la autoridad formal por parte de muchos que la ostentaban ha favorecido y acelerado este proceso de falta de aceptación. Hemos de darnos cuenta que lo que está en crisis no es la autoridad, lo que está en crisis es un determinado modelo o forma de ver la autoridad y el derecho a ejercerla.

¿Cuáles son las implicaciones que de ello se deriva? En primer lugar, que la autoridad formal, a menudo, no puede hacerse valer o hacerse efectiva, a menos, que disponga de medios coercitivos para imponerse. En segundo lugar, que la autoridad moral, aquella que se deriva del carácter, integridad y cualidades del líder es la que se impone y es reconocida por los seguidores. En tercer lugar, que la autoridad moral debe ser ganada por los líderes y otorgada por los seguidores para poder ser ejercida de forma práctica y efectiva. En cuarto lugar, se puede producir un auténtico divorcio entre los que sostienen la autoridad formal y aquellos que tienen autoridad moral. Finalmente, la crisis del modelo no es necesariamente mala. Hemos de reconocer que muchos líderes en nuestras congregaciones han abusado del poder. Ron Enroth, en su recomendable libro, Iglesias que abusan, habla e ilustra ampliamente este concepto del mal uso de la autoridad por parte de los “ungidos”. El nuevo concepto de autoridad vinculado a carácter e integridad supone un desafío para todos los líderes ostentando autoridad formal a fin de no dormirse en los laureles y ganarse la autoridad moral, es decir, el derecho a mandar.

Estamos pues hablando de un nuevo concepto de autoridad. Una autoridad ganada por el líder y otorgada por sus seguidores. Una autoridad que se deriva del estilo de vida del líder, de su carácter, de su integridad, de su caminar con el Señor, de su actitud de servicio hacia aquellos que ha de dirigir. Es un modelo de autoridad que el líder ha de merecer y que no puede reclamar por su posición o status. Es una autoridad que, una vez ganada, hará que los seguidores estén dispuestos a ir a cualquier lugar que el líder les pida y hacer cualquier sacrificio que el líder demande.

La película Brave Heart, interpretada y dirigida por Mel Gibson ilustra muy bien el concepto de autoridad del que estamos hablando. La película narra la vida de William Walace, un simple escocés del siglo XIII, que unió a su pueblo en la lucha contra los ingleses que pretendían anexionarse el entonces reino de escocia.

Wallace no tenía ninguna autoridad formal, ni siquiera pertenecía a la nobleza escocesa, era una persona común con visión, carácter e integridad que supo articular la resistencia del pueblo escocés contra el invasor inglés.

Su pueblo, incluida la nobleza, lo siguió, no por los títulos que ostentaba, no por la posición que ocupaba, no por su autoridad formal, sino todo al contrario, por la fuerza de su carácter, su integridad y su visión. De hecho, todos los que han visto la conmovedora película recordarán, que fue precisamente la nobleza escocesa, aquellos que ostentaban la autoridad formal, los que el abandonaran y traicionaron.

Antes de observar a Jesús y ver qué podemos aprender de Él al respecto, me gustaría sintetizar lo visto hasta aquí. No hay una crisis de autoridad, lo que existe es la crisis y decadencia de un modelo de autoridad que cada vez tendrá más dificultades para imponerse. Un nuevo modelo de autoridad acumula adeptos entre la juventud, una autoridad ganada por el líder y otorgada por los seguidores. Una autoridad que puede estar o no vinculada a quien sustenta la formal. Finalmente, una crisis que no es necesariamente mala, ya que forzará a los lideres formales a desarrollar la autoridad moral ganada a fuerza de carácter, ejemplo e integridad.

Sin duda, podemos aprender mucho cuando nos acercamos al ministerio de Jesús y, por cierto, ¡Qué diferente es su liderazgo del que ejercen muchos de los que presiden nuestras iglesias y grupos juveniles!

Filipenses, en el magnifico capítulo 2, nos dice que Jesús, quien tenía toda la autoridad formal del universo no se aferró a su condición de Dios y, por tanto, al derecho a que su poder y autoridad fuera reconocida y aceptada por toda la humanidad. Al contrario, Pablo nos indica que Jesús, se despojó a sí mismo, se humilló bajando a la condición humana y, una vez en esta posición, lejos de ocupar los lugares de autoridad y poder, ocupó los más bajos y humildes, la condición de un siervo. Si te das cuenta, lo que el apóstol indica en su carta, es que Jesús comenzó desde cero, desde nuestro propio nivel, a ganarse su autoridad y reconocimiento entre nosotros. Jesús nunca utilizó su divinidad para exigir a las personas obediencia, antes al contrario, sirvió y exigió a los demás que hicieran lo mismo en imitación y siguiendo su ejemplo.

La encarnación significa Dios renunciando a su autoridad divina, bajando a nuestro nivel y, desde allí, a través de su amor, entrega, servicio y aceptación ganándose nuestro respeto y autoridad. Si bien es cierto que el señorío de Cristo será reconocido al final de los tiempo por toda la creación, no es menos cierto que en la vida del creyente no es nunca impuesto por la fuerza, sino aceptado por cada persona. Jesús invita a reconocer su autoridad y señorío, pero nunca fuerza su imposición.

De todos es bien conocida la reflexión de Jesús acerca del liderazgo cristiano. Afirma que los grandes y poderosos de este mundo se enseñorean de sus seguidores, sin embargo, afirma que entre nosotros no debe ser de esta manera. Jesús desarrolla el concepto del liderazgo de servicio, aquel que obtiene su grandeza, su derecho para guiar a otros, de su servicio, su entrega desinteresada e incondicional a sus seguidores. Jesús es el buen pastor que da su vida por las ovejas y espera de nosotros el mismo sentido de entrega y sacrificio. La autoridad del líder cristiano le viene dada, no de su posición, sino de su servicio y entrega a aquellos que debe dirigir. Yo provengo de un país que todavía es un reino, España. La nobleza española, en la antigüedad, basaba su derecho a dirigir al país en su posición y su linaje. En otro reino, el de los cielos, la nobleza y el derecho a ejercer autoridad se obtiene a través del servicio y quien no sirve, sencillamente no sirve para el liderazgo.

¿Cómo podemos aplicar esto a la pastoral juvenil?

Aquí vienen algunas sugerencias prácticas.

1. Entiende que el modelo de autoridad vinculado con posición es sólo eso, un modelo pero, no necesariamente el único o el mejor.

2. Entiende que tus jóvenes funcionan bajo otro modelo, uno basado en la autoridad otorgada o autoridad moral.

3. Entiende los límites de la autoridad formal, es decir, aquella vinculada con la posición. Es importante y bueno tener ese tipo de autoridad, pero puede ser insuficiente cuando trabajas con muchachos y muchachas postmodernos y tendrá que ir acompañado de la moral u otorgada.

4. Entiende el modelo usado por Jesús. Tuvo la autoridad formal pero no se aferró a ella y ganó su autoridad moral.

5. Entiende cómo ganar autoridad moral con tus jóvenes. Baja hasta su nivel, hazte como uno de ellos, sírveles, ámales, acompáñales espiritualmente y permíteles ver tu carácter e integridad.
 

Autores: Félix Ortiz Fernández

©Protestante Digital 2014

 
 



 

 

Comentarios (4)

 
Id Autor/Fecha Comentario
4

Limelys (Puerto Rico)

28/11/2011 21:58h

Muchas veces las personas piensan que por tener un puesto merecen que las personas los respeten y les obedescan como si en realidad lo merecieran. Tal y como dice el artículo la autoridad se gana atraves del tiempo y los actos no atraves de un puesto o nombre, tal y como Jesus se ganó el respeto y la obediencia de los que lo seguían. Así nosotros debemos ganarnos el respeto y la obediencia de los que nos rodean. Si Jesús se humilló ante un hombre, aún sabiendo quien era y el poder que tenía, ¿porque nosotros no?. Todo lo que tenemmos nosotros es dado por GRACIA y MISERICORDIA, hemos fallado y aun habiendo fallado Dios envió a su hijo a morir por nosotros.

3

Asun

05/11/2011 11:02h

Lo clavas Felix. Gracias por tu visión y percepción de la vida cristiana.

2

Pernocte

03/11/2011 15:32h

Sobre todo en Latinoamérica abunda el 'culto al líder': Abusan, ponen su nombre al Ministerio ¡ops!, su foto en campañas, discos, etc. El sometimiento mútuo no va con muchos de ellos. Aquí en España es más al revés: No es raro un pastor sobrecargado, que puede ser tu amigo y haberse ganado la autoridad durante años... pero ¡Ay amigo si tropieza!

1

Arni

26/10/2011 01:25h

Gracias por este magnifico artículo Félix! Me fascina el hecho de que el Todopoderoso Dios se gana toda la autoridad despojándose de todo poder y sacrificándose por amor. Como buen hijo de la postmodernidad prefiero seguir a muerte a un amigo que se ha ganado todo mi respeto y aprecio que por un rey por muy majo que sea... A no ser que ese rey sea también mi amigo... Jesús nos llamó amigos de Dios... ¡Es el colmo de la igualdad! No hay lista de derechos humanos que supere eso.

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