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Desnudeces ‘Examíname,
oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce
mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad
y guíame en el camino eterno.’ (Salmo 139:23-24) Está de moda. Un día
sí y otro también alguien se desnuda para llamar
la atención, reivindicar, protestar, exhibirse o “hacer
arte”. Los naturistas para reclamar playas en las que
ejercer su filosofía, los enemigos de las corridas de
toros para protestar contra las mismas, los amantes de las dos
ruedas para celebrar el Día de la Bicicleta, los adversarios
del comercio de pieles de animales para sensibilizar a la opinión
pública sobre este asunto, los contrarios a la globalización
para reivindicar un mundo más justo, los antagonistas
de la guerra para reclamar la paz... Famoso se ha hecho un fotógrafo
por sus instantáneas de desnudos masivos realizadas en
grandes urbes: cientos de cuerpos anónimos amasados en
amplios espacios. Y por ahí anda un individuo que no
pierde ocasión de exhibirse en campos de fútbol,
canchas de tenis o carreras ciclistas. Es la exaltación
y la socialización del desnudo. ESi ya estaba presente en ciertos
ámbitos muy concretos y con límites muy definidos,
la actual marea ha roto todas las cotas establecidas y la desnudez
pública ya comienza a formar parte de nuestra vida cotidiana.
El factor amplificador que la televisión tiene no hace
sino aumentar el efecto y emular los ejemplos. Ya no se trata
solamente del mundo de la publicidad, del cine o de la moda;
no es cuestión únicamente de aspirantes a actriz
o a modelo o de consagradas divas de la canción o del
celuloide; el vuelco consiste en que cualquiera, en cualquier
lugar y por cualquier motivo se desnuda. El desnudo se podría clasificar en varias categorías:
- Se pude hablar del desnudo perverso, que básicamente
es el desnudo de la pornografía. Hay una componente
de maldad implícita en el mismo, ya desde su origen,
al fomentar la alineación o la fabricación
de un mundo irreal plasmado en el papel o en la pantalla.
La manipulación que ejerce sobre la voluntad y la
imaginación del individuo, subyugándolas,
termina por convertir al sujeto pasivo en cómplice
y en juguete dominado, a merced de las poderosas fuerzas
que actúan mediante el sujeto activo. No hay nada
sano ni beneficioso aquí, más bien todo lo
contrario. La divisa de Catón el Viejo con la cual
terminaba sus discursos (234-149 a.C.), “Delenda est
Carthago” (“Cartago debe ser destruida”),
deberíamos hacerla nuestra de esta manera: “La
pornografía debe ser destruida”. Si hubo Estados
que percibieron el peligro mortal que determinadas prácticas
suponían para la sociedad en conjunto y el individuo
en particular, no veo razón alguna para no incluir
a esta clase de desnudo entre los agentes corrosivos y corruptores
de cualquier sociedad.
- También se puede hablar del desnudo vejatorio.
Es aquel que ocurre contra la voluntad del individuo y en
el cual entrarían las violaciones, humillaciones
y degradaciones de la persona por medio de su cuerpo y violando
su voluntad. Las escenas en los campos de exterminio nazis
en los que hombres y mujeres eran expuestos desnudos ante
los ojos de sus verdugos, serían un claro ejemplo
de esto. Aquí habría que incluir también
los casos de violación sexual en los que el cuerpo
de la víctima es usado y abusado en contra de su
consentimiento. Algunos de los crímenes más
horrendos comienzan sometiendo a la persona a un desnudo
vejatorio. Lo sorprendente es que los autores de desnudos
vejatorios (a quienes la sociedad claramente condena moral
y judicialmente) se alimentan de desnudos perversos (los
cuales la sociedad tolera). He aquí un flagrante
caso de hipocresía social.
- Otra clase sería el desnudo pretencioso. Este
es el que pretende tener una base filosófica que
sustente su legitimación. Dicho fundamento filosófico
se resumiría en la frase “Lo natural es bueno”.
Es el desnudo de los naturistas y de todos aquellos que,
apartándose y condenando los desnudos perversos y
vejatorios, defienden que la desnudez natural es el estado
idóneo del ser humano. Según ellos, todos
los problemas sexuales comenzaron con la ropa, al crearse
un artificio que esconde lo que no hay razón de esconder.
A primera vista el argumento parece contundente y si su
axioma fuera verdadero todos deberíamos ser naturistas.
El problema es que su punto de partida, “Lo natural
es bueno”, no refleja la realidad, pues hay algo (o
mucho) de torcido en la naturaleza humana, no por vía
de aprendizaje o adquisición, sino congénitamente.
La idea del “salvaje feliz” hace mucho tiempo
que pasó a mejor vida y el héroe de Edgar
Rice Burroughs (1875-1950), Tarzán, es sólo
un personaje de novela y del cine.
- Una cuarta categoría sería el desnudo cultural,
manifestado en determinados lugares y pueblos en los que
la desnudez es parte intrínseca de su cultura. De
todos los desnudos vistos hasta aquí es el único
que no se da en Occidente y el único al que, en términos
estrictos, no se puede calificar de inmoral sino de amoral.
- Finalmente, una quinta clase sería el desnudo
inocente, y cuyo ámbito es el matrimonio. La desnudez
se casa con la bondad y la limpieza sólo dentro del
matrimonio. Sólo allí hay libertad, sólo
allí paz, sólo allí ternura, sólo
allí confianza, sólo allí seguridad,
sólo allí amor. Es la clase de desnudez que
en la Biblia se canta sin tapujos: ‘Los contornos
de tus muslos son como joyas, obra de mano de excelente
maestro. Tu ombligo como una taza redonda que no le falta
bebida. Tu vientre como montón de trigo cercado de
lirios. Tus dos pechos, como gemelos de gacela.’ (Cantares
7:1-3).
El texto bíblico que encabeza este artículo
nos propone un tipo de desnudez desconocido para la inmensa
mayoría: Es el despojarse de máscaras y justificaciones,
no delante de nuestros semejantes sino delante de nuestro
Creador. Es abrirse a su mirada, es ponerse en su presencia,
es desnudarse delante de él. Esta clase de desnudez
acaba en honra, gloria y salvación porque comienza
reconociendo la vergüenza y la indignidad propia. Esta
es la desnudez que, individual y colectivamente, necesitamos
desesperadamente ejercer si no queremos ser avergonzados un
día.
Wenceslao Calvo es conferenciante
y pastor en una iglesia de Madrid.
© W. Calvo, 2003, Madrid, España.
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