| Responsables
ante el otro ¿Dónde está tu
hermano? – No sé. ¿Soy yo acaso el guarda
de mi hermano?” Este es el diálogo que se da después
de que en el inicio del Génesis se nos habla de la pérdida
de la vida, de que podemos asesinar al hermano, al prójimo.
Y la pregunta sigue sonando y, lo que es peor, la respuesta
sigue siendo la misma, la de lavarse las manos ante la muerte
o la infravida de nuestros prójimos. Hoy hay muchas personas que no pueden
disfrutar de la vida en plenitud, sino que sólo la sufren,
“la mueren” lentamente en medio de la indignidad,
del hambre, de la exclusión y de la infravida. Son personas
que, como todas, no son la causa última de su vida. Nadie
elige nacer o no nacer. Tampoco las personas que están
en esa situación son la causa de su mala calidad de vida.
No poseen ni calidad ni cantidad de vida. Muchos mueren por
enfermedades curables o por falta de alimentos en un mundo en
donde estos problemas podrían ser obviados. No sólo
que no son la causa de su infravida o falta de dignidad, sino
que las causas pueden estar en la “calidad de vida”
que quieren llevar algunos de sus coetáneos, sus prójimos
en el tiempo y en el pequeño espacio de la aldea global.
La escasez de los que “mueren” la vida, de los excluidos
de la mesa de la opulencia, es lo que permite precisamente el
consumo desmedido de bienes de una pequeña parte de la
humanidad. Y la vida nos interroga ante la imagen de la miseria del
otro. Buscamos el sentido de la vida y nos encontramos con
la vida como problema. Somos responsables de nuestra vida,
pero... ¿también de la del otro? ¿Puede
tener sentido mi vida consumista y mi “hartazgo”
cuando estoy erguido sobre la humillación del otro?...
y la vida sigue pugnando por encontrar sentido. Tratamos de
dárselo, pero ¿no será un hurto el consumo
de energía sin límite cuando tantos prójimos
míos, mis coetáneos, no tienen agua potable? Y si seguimos buscando el sentido de la vida nos vamos a
encontrar ante el misterio, pero en esa situación mistérica
nos encontramos siempre con nuestro propio yo, el yo del otro,
de mi prójimo, el mundo y la revelación de Dios
mismo. Y tengo que trazar mis responsabilidades para con todos
ellos. Todo hombre tiene una unicidad personal, es único
y tiene un fin en sí mismo... es un ser humano. Y el
peligro que se cierne sobre la humanidad es el de excluir
de esta cualidad de ser humano a todos aquellos que por su
situación de pobreza o por haber sido despojados pensamos
que no reúnen las condiciones mínimas para acceder
a esta dignidad, la dignidad que debe tener cualquier ser
humano. Así, unas veces por cuestiones del color de
la piel, otras veces por haber nacido en un país pobre,
otras por cuestiones políticas o religiosas o por cualquier
otra razón, despojamos a más de media humanidad
de su dignidad humana, los excluimos, los olvidamos y los
convertimos en prescindibles, más aún, un estorbo
que interpela las conciencias de los instalados socialmente...
¡Cuán lejos estamos entonces de las prioridades
de Jesús! Para Jesús el hombre era más
importante que el templo o que el rito religioso... era el
auténtico lugar sagrado. ¿Dónde está
tu hermano? ¿No es éste más importante
que una oveja?, preguntaba Jesús y, en su época,
equivalía a decir: ¿No es más importante
un hombre que una empresa? Dios no puede estar contento con la situación del
mundo. Siguiendo la identificación que Dios muestra
con el hombre que sufre, según se ve en Mateo, 25 y
otros contextos, Dios sufre. Sigue aún crucificado
junto a los pobres de este mundo. El individualismo exacerbado
que ignora la presencia de los demás en sus problemáticas,
es un pecado. Necesitamos una ética del “tú”,
del otro, del otro olvidado y excluido.
Juan Simarro Fernández, licenciado
en Filosofía,
escritor y director de Misión Evangélica Urbana
de Madrid.
© J. Simarro, 2003, Madrid, España. |