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Número 01 - 5 de septiembre de 2003
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JUan simarro

Responsables ante el otro

¿Dónde está tu hermano? – No sé. ¿Soy yo acaso el guarda de mi hermano?” Este es el diálogo que se da después de que en el inicio del Génesis se nos habla de la pérdida de la vida, de que podemos asesinar al hermano, al prójimo. Y la pregunta sigue sonando y, lo que es peor, la respuesta sigue siendo la misma, la de lavarse las manos ante la muerte o la infravida de nuestros prójimos.

Hoy hay muchas personas que no pueden disfrutar de la vida en plenitud, sino que sólo la sufren, “la mueren” lentamente en medio de la indignidad, del hambre, de la exclusión y de la infravida. Son personas que, como todas, no son la causa última de su vida. Nadie elige nacer o no nacer. Tampoco las personas que están en esa situación son la causa de su mala calidad de vida. No poseen ni calidad ni cantidad de vida. Muchos mueren por enfermedades curables o por falta de alimentos en un mundo en donde estos problemas podrían ser obviados. No sólo que no son la causa de su infravida o falta de dignidad, sino que las causas pueden estar en la “calidad de vida” que quieren llevar algunos de sus coetáneos, sus prójimos en el tiempo y en el pequeño espacio de la aldea global. La escasez de los que “mueren” la vida, de los excluidos de la mesa de la opulencia, es lo que permite precisamente el consumo desmedido de bienes de una pequeña parte de la humanidad.

Y la vida nos interroga ante la imagen de la miseria del otro. Buscamos el sentido de la vida y nos encontramos con la vida como problema. Somos responsables de nuestra vida, pero... ¿también de la del otro? ¿Puede tener sentido mi vida consumista y mi “hartazgo” cuando estoy erguido sobre la humillación del otro?... y la vida sigue pugnando por encontrar sentido. Tratamos de dárselo, pero ¿no será un hurto el consumo de energía sin límite cuando tantos prójimos míos, mis coetáneos, no tienen agua potable?

Y si seguimos buscando el sentido de la vida nos vamos a encontrar ante el misterio, pero en esa situación mistérica nos encontramos siempre con nuestro propio yo, el yo del otro, de mi prójimo, el mundo y la revelación de Dios mismo. Y tengo que trazar mis responsabilidades para con todos ellos.

Todo hombre tiene una unicidad personal, es único y tiene un fin en sí mismo... es un ser humano. Y el peligro que se cierne sobre la humanidad es el de excluir de esta cualidad de ser humano a todos aquellos que por su situación de pobreza o por haber sido despojados pensamos que no reúnen las condiciones mínimas para acceder a esta dignidad, la dignidad que debe tener cualquier ser humano. Así, unas veces por cuestiones del color de la piel, otras veces por haber nacido en un país pobre, otras por cuestiones políticas o religiosas o por cualquier otra razón, despojamos a más de media humanidad de su dignidad humana, los excluimos, los olvidamos y los convertimos en prescindibles, más aún, un estorbo que interpela las conciencias de los instalados socialmente... ¡Cuán lejos estamos entonces de las prioridades de Jesús! Para Jesús el hombre era más importante que el templo o que el rito religioso... era el auténtico lugar sagrado. ¿Dónde está tu hermano? ¿No es éste más importante que una oveja?, preguntaba Jesús y, en su época, equivalía a decir: ¿No es más importante un hombre que una empresa?

Dios no puede estar contento con la situación del mundo. Siguiendo la identificación que Dios muestra con el hombre que sufre, según se ve en Mateo, 25 y otros contextos, Dios sufre. Sigue aún crucificado junto a los pobres de este mundo. El individualismo exacerbado que ignora la presencia de los demás en sus problemáticas, es un pecado. Necesitamos una ética del “tú”, del otro, del otro olvidado y excluido.

Juan Simarro Fernández, licenciado en Filosofía,
escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid.
© J. Simarro, 2003, Madrid, España.

 
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