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Un
voto de confianza
En los reinos de la antigua Europa
el gobierno lo solía ejercer un dictador que ocupaba
el poder “por voluntad de Dios”. El Rey era un
ungido y sólo él sabía lo que de verdad
era bueno, y por lo tanto, el pueblo debía concebir
sus decisiones como indiscutibles. Pero en el siglo XVI, con
el invento de la imprenta y la difusión de la Biblia
en las diversas lenguas vernáculas los cristianos tomaron
conciencia de que la cosa no era del todo así. “Como
está escrito: No hay justo, ni aun uno” (Ro. 3,
10). Y este versículo, por supuesto, también
se aplicaba al Rey. A partir de entonces, los creyentes asumieron
el impulso de la democracia como sistema de control ante los
excesos de los mandatarios. Y aunque el proceso de democratización
costó no pocas muertes, este sistema de gobierno propició que
las primeras leyes de bienestar social en Europa (como fue
la reducción del trabajo para mujeres y niños
en las minas de carbón de Inglaterra) fuesen propuestas
por parlamentarios británicos de confesión evangélica.
Lo mismo sucedió con la abolición de la esclavitud
(tanto en Europa como en todo el continente americano) ya
que también se propició, en gran medida, gracias
a la actitud militante de los creyentes. Y es que muchas de
las condiciones dignas y justas que se dan en nuestras sociedades
serían impensables sin la acción (con muertes,
prisiones y torturas incluidas) de millares de Hijos de Dios.
Sería injusto y cruel olvidar que detrás de
muchos beneficios de los que disfrutamos se oculta la lucha
de otros, y es que se podría decir que la democracia
moderna tiene en la Biblia y en los cristianos a uno de sus
más firmes pilares.
Pero
hablar de política resulta hoy un tabú para
muchos cristianos. Y es que quien así piensa argumenta
que el tema queda reservado a la esfera privada de cada uno.
Curiosamente se trata de la misma respuesta que enarbolan
la mayoría de los incrédulos cuando se les
habla de Dios o del evangelio. Pero entiendo que no debemos
mirar hacia otro lado, pues la indiferencia hacia la política
es un importante error del cual el cristiano debe guardarse.
Las personas podemos pasar de política, pero la política
no pasará de nosotros y por ende tampoco de la familia,
la liquidación de vidas humanas, la inmigración,
el trabajo, la libertad de culto... y un largo etcétera. ¿La
iglesia debe callar y permanecer impasible? Creo que si así lo
hacemos nos convertimos en cómplices de los males
y perdemos autoridad para denunciar el pasotismo reinante
en la cultura postmoderna que nos rodea. Se trata pues de
una incongruencia que no puede ser tapada con simplismos
espirituales ni con versículos fuera de contexto.
Todos tenemos acceso a los programas
de los diferentes partidos políticos. Podemos cotejarlos
a la luz de la Palabra de Dios, orar y buscar a los candidatos
menos malos u optar por el voto en blanco, y sea cual sea
nuestra decisión final ésta debería ser
conscientemente meditada. No creo que la lucha y muerte de
miles de hermanos a lo largo de los siglos deba ser pasada
por alto. Vivimos en este mundo y debemos influir en él,
pero por eso estamos todavía aquí. ¿Y
qué pasaría, por ejemplo, si un partido político
que aprueba la expatriación de varios de nuestros hermanos
a sus países de origen?, ¿Hasta que punto seríamos
responsables cada uno de nosotros? No seamos como aquel al
que le preguntan: “ Oye Paco, ¿y tú?,
¿qué pecado crees que es peor?, ¿la indiferencia
o la ignorancia?”, a lo que Paco le responde: “pues
si te digo la verdad, ni lo sé ni me importa...”.
La iglesia tiene voz y de momento voto.
Luis Marián
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