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Número 01 - 5 de septiembre de 2003
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dLirios y troyanos
LUIS MARIÁN

Un voto de confianza

En los reinos de la antigua Europa el gobierno lo solía ejercer un dictador que ocupaba el poder “por voluntad de Dios”. El Rey era un ungido y sólo él sabía lo que de verdad era bueno, y por lo tanto, el pueblo debía concebir sus decisiones como indiscutibles. Pero en el siglo XVI, con el invento de la imprenta y la difusión de la Biblia en las diversas lenguas vernáculas los cristianos tomaron conciencia de que la cosa no era del todo así. “Como está escrito: No hay justo, ni aun uno” (Ro. 3, 10). Y este versículo, por supuesto, también se aplicaba al Rey. A partir de entonces, los creyentes asumieron el impulso de la democracia como sistema de control ante los excesos de los mandatarios. Y aunque el proceso de democratización costó no pocas muertes, este sistema de gobierno propició que las primeras leyes de bienestar social en Europa (como fue la reducción del trabajo para mujeres y niños en las minas de carbón de Inglaterra) fuesen propuestas por parlamentarios británicos de confesión evangélica.


Lo mismo sucedió con la abolición de la esclavitud (tanto en Europa como en todo el continente americano) ya que también se propició, en gran medida, gracias a la actitud militante de los creyentes. Y es que muchas de las condiciones dignas y justas que se dan en nuestras sociedades serían impensables sin la acción (con muertes, prisiones y torturas incluidas) de millares de Hijos de Dios. Sería injusto y cruel olvidar que detrás de muchos beneficios de los que disfrutamos se oculta la lucha de otros, y es que se podría decir que la democracia moderna tiene en la Biblia y en los cristianos a uno de sus más firmes pilares.

Pero hablar de política resulta hoy un tabú para muchos cristianos. Y es que quien así piensa argumenta que el tema queda reservado a la esfera privada de cada uno. Curiosamente se trata de la misma respuesta que enarbolan la mayoría de los incrédulos cuando se les habla de Dios o del evangelio. Pero entiendo que no debemos mirar hacia otro lado, pues la indiferencia hacia la política es un importante error del cual el cristiano debe guardarse.

Las personas podemos pasar de política, pero la política no pasará de nosotros y por ende tampoco de la familia, la liquidación de vidas humanas, la inmigración, el trabajo, la libertad de culto... y un largo etcétera. ¿La iglesia debe callar y permanecer impasible? Creo que si así lo hacemos nos convertimos en cómplices de los males y perdemos autoridad para denunciar el pasotismo reinante en la cultura postmoderna que nos rodea. Se trata pues de una incongruencia que no puede ser tapada con simplismos espirituales ni con versículos fuera de contexto.

Todos tenemos acceso a los programas de los diferentes partidos políticos. Podemos cotejarlos a la luz de la Palabra de Dios, orar y buscar a los candidatos menos malos u optar por el voto en blanco, y sea cual sea nuestra decisión final ésta debería ser conscientemente meditada. No creo que la lucha y muerte de miles de hermanos a lo largo de los siglos deba ser pasada por alto. Vivimos en este mundo y debemos influir en él, pero por eso estamos todavía aquí. ¿Y qué pasaría, por ejemplo, si un partido político que aprueba la expatriación de varios de nuestros hermanos a sus países de origen?, ¿Hasta que punto seríamos responsables cada uno de nosotros? No seamos como aquel al que le preguntan: “ Oye Paco, ¿y tú?, ¿qué pecado crees que es peor?, ¿la indiferencia o la ignorancia?”, a lo que Paco le responde: “pues si te digo la verdad, ni lo sé ni me importa...”. La iglesia tiene voz y de momento voto.

Luis Marián

 
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