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Número 01 - 5 de septiembre de 2003
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yolanda tamayo

Todos diferentes, Todos iguales

Contemplo una fotografía tomada por Spencer Tunik. Un fotógrafo peculiar, que levanta todo tipo de críticas por tener como tema constante en sus instantáneas el cuerpo humano al desnudo. No sé cuales son las motivaciones de este artista, ni qué es lo que intenta mostrar con sus imágenes, pero si sé lo que ellas producen en mi. Cuando las miro, no me detengo a observar las formas de los cuerpos ;si son masculinos o femeninos, no veo en ellos ningún tipo de morboso interés, sólo consigo percibir en ellas la certera sensación de que todos somos iguales.

Aquello que nos hace físicamente diferentes no es el cuerpo en sí, más bien creo que esa diferencia radica en el atuendo que lo cubre, unido a los muchos abalorios con los cuales lo ornamentamos. A fin de cuentas, todos estamos compuestos de la misma materia. Unos más gordos, otros más flacos, altos o bajos, da igual cual sea nuestra forma externa, pues el elemento que nos recubre es el mismo.

Comento este pensamiento con un amigo y él me ofrece una reflexión que tuvo y que se asemeja mucho a esto que pienso. Me comenta que un día paseando por un camino lleno de piedrecitas pequeñas tomó una en su mano y se detuvo a observarla. Comprobó la infinidad de particularidades que tenía, los matices de color que poseía siendo tan pequeña. Tras su análisis, la lanzó junto al resto y dice que fue incapaz de volverla a encontrar. Cuando estaba en su mano, esa piedra era singular, especial, pero una vez junto a las demás dejó de ser distinta para convertirse en parte de un conjunto.

Es eso lo que he sonsacado al mirar algunas de las fotografías de este autor, reconociendo, que aunque todos somos diferentes, esa diferencia se disipa cuando abandonamos lo superfluo y quedamos desnudos ante la vida. Las calles donde aparecen esos cuerpos desataviados, me muestran la frágil estructura humana en contraposición con la dureza de los sólidos componentes donde se fundamentan los edificios. Somos parte de una escena, un decorado al que pretendemos sublevar a nuestro antojo, condicionando todo cuanto nos rodea y poniéndolo a nuestros pies, sin reconocer, que somos individuos plagados de mortalidad, efímeros cuerpos en un mundo que se deshace poco a poco.

Pero aún así, seguimos mirando por encima del hombro a quien pasa a nuestro lado, creyéndonos superiores ¡Que insensatez! Quizá no nos hayamos dado cuenta de que somos todos iguales y si no estáis de acuerdo os invito a que contempléis una foto de Tunik.

Yolanda Tamayo es colaboradora de la revista Ventana Abierta (Asamblea Cristiana).
© Y. Tamayo, 2003, España

 
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