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Número 01 - 5 de septiembre de 2003
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Apoyo al Líder

La clase política española ha acaparado la atención de todos los medios de comunicación en los primeros días de este mes de septiembre.
El Presidente del Gobierno ha desvelado por fin quién será su sucesor y candidato en las elecciones generales del próximo año: Mariano Rajoy.

El suspense ha durado largo tiempo. Aznar nos ha tenido con el alma en vilo. En un vivir desviviendo, que diría el clásico.

Los periódicos coincidían el martes día 2 en que además de nombrarle sucesor, Aznar ha entregado a Rajoy todos los poderes del Partido Popular. Se esté de acuerdo o en desacuerdo con la política de Aznar, hay que quitarse el sombrero ante la grandeza moral de este gesto. No es habitual en un líder. En ningún líder.

Esa lección del líder fue reconocida en público por uno de sus hombres más cercanos, el ministro de Economía Rodrigo Rato, quien también se perfilaba como sucesor de Aznar. Ante más de 500 personalidades que componen la Junta Directiva Nacional del Partido Popular, Rato miró fijamente a Aznar y le dijo: "Hacer realidad los sueños es cosa de grandes hombres, y tú lo eres...
No puedo aceptar que dejes de ser nuestro líder...".

Todos los presentes se volcaron en un cerrado aplauso.

¿Era sincero Rato? Habrá quien diga que no. Que era pura teatralidad política. ¿Por qué hemos de creer que todos los políticos están desprovistos de las elementales cualidades humanas? ¡Yo si creo en la sinceridad de Rato!

Lo que nos ocurre a nosotros, los cristianos evangélicos, es que rechazamos esos gestos porque somos incapaces de imitarlos.

A una Iglesia le cuesta mucho reconocer a su líder, y si puede, lo derriba.

Los líderes de una denominación zancadillean cuanto pueden a sus propios compañeros de grupo y de liderazgo.

Entre líderes de diferentes denominaciones se clavan todos los puñales al alcance,eso si, por la espalda siempre, sonriendo de frente, matando por detrás.

Entre nosotros es difícil que perduren los líderes, porque en cuanto despuntan ya están recibiendo pedradas. De todas partes. Hay regodeo, jocundidad, paladeo y mucho morbo cuando un líder se tambalea o cae.

¿Hay luz limpia que ilumine este drama? ¡Claro que la hay, pero no queremos encenderla! Y en el pecado llevamos la penitencia.

Juan Antonio Monroy

 
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