| La
oración desnuda de Annie Lennox Annie Lennox, la antigua cantante del
famoso dúo escocés de los ochenta Eurythmics,
tiene ya 48 años. Resulta algo extraño escuchar
su voz madura en un mundo tan adolescente como el de la música pop.
Pero sus palabras desgarradas nos hablan del desengaño
de una generación que ha buscado la felicidad en un
mundo donde las relaciones parecen nacer ya con fecha de
caducidad. En su nuevo disco, Bare, Annie Lennox
desnuda su alma dolida ante un Dios desconocido, al que levanta
esta conmovedora oración.
En este su tercer álbum en solitario,
tras la separación de su compañero Dave Stewart,
Lennox se enfrenta a la realidad del sufrimiento que supone
la ruptura sentimental. Estas once canciones de electro-soul
suponen todo un ejercicio de introspección, que desvela
una profunda mirada a su universo interior. La amargura que
provoca su lamento, no nace de una experiencia momentánea
de depresión, sino de la contemplación atenta
a la miseria de una vida que percibe ya sin perspectiva alguna. “Todos
mis sueños se han desvanecido”, dice Lennox. En medio de la desesperación, la cantante se pregunta: “¿Dónde
puedo encontrar consuelo, un lugar que simplemente pueda
llamar mi hogar?”. Annie se siente huérfana
en un mundo terrible, donde descubre su desnudez (Bare),
al ver que ya no es ni Diva (1992) ni Medusa (1995).
Ve su copa medio vacía (A thousand beatiful things),
y el suelo hundirse bajo sus píes (Pavement cracks).
Su clara voz expresa unas imágenes poéticas
de una fuerza tal, que acaban conformando un insólito
cuadro de patética belleza.” Pero en su angustia
todavía pervive una chispa de esperanza. Por eso se
maravilla: “¿Cómo es que cada día
estoy esperando un cambio?, ¿cómo puedo todavía
tener fuerzas para vivir?”. La tercera canción es una emotiva balada de jazz
sobre ese tiempo de dolor (The Hurting Time), que
evoca con extraordinaria fuerza y dramatismo. Encontramos
algo aquí de la inevitabilidad del Eclesiastés,
por la que “toda criatura viviente, debe morir”.
Pero ante la constatación de esa verdad bíblica,
Lennox lamenta una agonía que se le antoja aún
más terrible: “Has muerto miles de veces, / ¡cuantas
veces has sido crucificado!, / ¡cuantas has amado y
perdido!, / lo has intentado, y todavía no estas satisfecho”.
Por lo que se pregunta: “¿Cuándo puede
estar uno satisfecho?”. Ya que como Jesús dice,
uno puede estar muerto, aunque esté vivo.
Lennox ve la soledad como “la distancia que hay entre nosotros y el espacio
que hay dentro de nosotros mismos” (Loneliness). “La desesperanza” nace
para ella, por eso de “la oscuridad que hay en nuestro corazón”.
En su abandono, se ve en su fragilidad “como un vuelo cancelado, un tren
vacío que atraviesa corriendo la noche, un niño huérfano,
un zapato roto”. Pero incomprensiblemente, ahí está todavía,
esperando que alguien venga a su encuentro. El disco acaba con una impresionante confesión de
devastación personal en la canción que lleva
el título de Oh, Dios (Una oración). Lennox
describe esta plegaria como “una oración de
alguien que no cree de verdad, y por lo tanto no esta convencida
de que haya alguien que la escuche”. Sin embargo ruega: “Oh
Dios, ¿dónde estás ahora? / Y ¿qué voy
a hacer? / Con el lío que he hecho, / si ha habido
alguna vez un alma perdida / Esa tengo que ser yo, / esa
tengo que ser yo”. Anhela salvación, pero no
sabe de dónde vendrá. Es la oración
al fin y al cabo de un no creyente. Incrédula, canta: “Miro el abismo que hay
debajo, / donde tú no existes”. Pero su negación
se convierte sin embargo en duda, al decir: “Tú no
existes, / pero si pudieras oírme, / si pudieras verme”.
Declara indefensa: “Yo sé que no puedo ser tan
fuerte, / porque todo lo que he hecho ha salido mal, / todo
lo que he hecho he salido mal”. Por eso ruega a ese
Dios desconocido: “Oh, Dios, / ¿que pinto yo
aquí? / Todo se ha perdido y destrozado / Así que
espero que entiendas, / que si alguien necesita una mano,
/ esa soy yo ahora, / ¡tiene que ser ahora!”. Confío, y oro, que así sea. ¡Qué Dios
extienda su mano a Annie, y la levante del pozo de la desesperación!.
Su misericordia es mayor que todos nuestros errores. Ya que
en su gracia no actúa con nosotros, tal y como nosotros
merecemos, sino que en su infinita compasión se acerca
a todo aquel que a Él clama, con un corazón
quebrantado, reconociendo su debilidad y su culpa. Dios se
complace en contestar oraciones como las de Bare, cuando
nos presentamos delante de Él desnudos, tal y como
somos, sin ninguna otra pretensión... Esa es mi fe
y mi esperanza. Porque si Dios no fuera capaz de responderla,
entonces no es el Dios que yo conozco. Tan seguro estoy de
ello, que sino yo soy el primero en tirar la toalla... José de
Segovia Barrón es periodista, teólogo y
pastor en Madrid.
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