| Anoche
soñé con Martín Luther King
Desde la primera fila se podía ver el púlpito
de madera. Detrás, un hombre cansado que de vez en cuando sacaba un pequeño
pañuelo y se secaba las gotas de sudor de la frente. El predicador caminaba
lentamente hacia la madurez, aunque todavía tenía los ojos vivos
y picarones que tanto éxito tuvieron entre las estudiantes de Morehouse.
Su voz, en cambio, era tan profunda y convincente. Aquella noche hablo de
la muerte, de su muerte y todos nos estremecimos.
“Si alguno de vosotros anda
cerca de cuando yo encuentre mi día,
no quiero un funeral largo. Y si alguien quiere hacer elegía, decidle
que no hable mucho. Yo quiero que alguien díga ese día que
Martín Luther
King intentó dar su vida sirviendo a otros. Yo quisiera que alguien
dijiera ese día que Martín Luther King trató de amar
a alguien.”
El
seminarista pretencioso de Crozer había dejado paso en una increíble
transformación a una persona entregada enteramente a los demás.
Había un dicho en el Seminario de Crozer que decía: “si
Pritchard no destruía la imagen bíblica de Moisés en el
Primer trimestre, Enslin lo haría con la de Jesús en el segundo”.
Tampoco parecía el triunfador
de aquella gloriosa mañana de
Washington: "...Cuando permitamos que la libertad resuene
en cada pueblo y en cada aldea, en cada estado y en cada ciudad, podremos
celebrar la llegada
del día en que todos los hijos de Dios, blancos y negros, judíos
y gentiles, protestantes y católicos, podamos estrecharnos las manos
y cantar los versos del viejo canto espiritual negro: "¡Libres
al fin! ¡Libres al fin! ¡Gracias al Dios Todopoderoso! ¡Al
fin somos libres!".
Era tan sólo un hombre que se aferraba a un encuentro en una pequeña
cocina de Montgomery, cuando se aferró al ángel hasta recibir
la bendición. Atrás quedaba la señora Parks, las luchas
en Birmingham, las recepciones oficiales, el Nobel y su tumultuosa vida amorosa.
"Creo igualmente que un día
toda la humanidad reconocerá en Dios
a la fuente de su amor. Creo que este, salvador y pacífico, será algún
día la Ley. El lobo y el cordero podrán descansar juntos
y todos los hombres podrán sentarse bajo su higuera, en su viña
y nadie tendrá motivos para tener miedo".
Aquella noche en Menphis vi al autentico
Martín Luther King y comprendí su
sueño. Al despertar tenía un nudo en la garganta. ¿Cuántos
hombres están dispuestos a dar la vida por su pueblo? Todavía
escuchó el eco de esa pregunta y a veces me estremezco, al oír
otra más fuerte en mi cabeza: ¿Y tu?
Mario Escobar Golderos
Licenciado en historia y director de las revistas “Historia
para el debate” y “Kerigma”
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