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Número 02 - 12 de septiembre, 2003
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MARIO ESCOBAR

Anoche soñé con Martín Luther King

Desde la primera fila se podía ver el púlpito de madera. Detrás, un hombre cansado que de vez en cuando sacaba un pequeño pañuelo y se secaba las gotas de sudor de la frente. El predicador caminaba lentamente hacia la madurez, aunque todavía tenía los ojos vivos y picarones que tanto éxito tuvieron entre las estudiantes de Morehouse. Su voz, en cambio, era tan profunda y convincente. Aquella noche hablo de la muerte, de su muerte y todos nos estremecimos.

“Si alguno de vosotros anda cerca de cuando yo encuentre mi día, no quiero un funeral largo. Y si alguien quiere hacer elegía, decidle que no hable mucho. Yo quiero que alguien díga ese día que Martín Luther King intentó dar su vida sirviendo a otros. Yo quisiera que alguien dijiera ese día que Martín Luther King trató de amar a alguien.”

El seminarista pretencioso de Crozer había dejado paso en una increíble transformación a una persona entregada enteramente a los demás. Había un dicho en el Seminario de Crozer que decía: “si Pritchard no destruía la imagen bíblica de Moisés en el Primer trimestre, Enslin lo haría con la de Jesús en el segundo”.

Tampoco parecía el triunfador de aquella gloriosa mañana de Washington: "...Cuando permitamos que la libertad resuene en cada pueblo y en cada aldea, en cada estado y en cada ciudad, podremos celebrar la llegada del día en que todos los hijos de Dios, blancos y negros, judíos y gentiles, protestantes y católicos, podamos estrecharnos las manos y cantar los versos del viejo canto espiritual negro: "¡Libres al fin! ¡Libres al fin! ¡Gracias al Dios Todopoderoso! ¡Al fin somos libres!".

Era tan sólo un hombre que se aferraba a un encuentro en una pequeña cocina de Montgomery, cuando se aferró al ángel hasta recibir la bendición. Atrás quedaba la señora Parks, las luchas en Birmingham, las recepciones oficiales, el Nobel y su tumultuosa vida amorosa.

"Creo igualmente que un día toda la humanidad reconocerá en Dios a la fuente de su amor. Creo que este, salvador y pacífico, será algún día la Ley. El lobo y el cordero podrán descansar juntos y todos los hombres podrán sentarse bajo su higuera, en su viña y nadie tendrá motivos para tener miedo".

Aquella noche en Menphis vi al autentico Martín Luther King y comprendí su sueño. Al despertar tenía un nudo en la garganta. ¿Cuántos hombres están dispuestos a dar la vida por su pueblo? Todavía escuchó el eco de esa pregunta y a veces me estremezco, al oír otra más fuerte en mi cabeza: ¿Y tu?

Mario Escobar Golderos
Licenciado en historia y director de las revistas “Historia para el debate” y “Kerigma”

 
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