| Efecto
Elvis
Esta semana, según volvía
del trabajo a casa, algo me llamó la atención
entre los automóviles aparcados ¿Recordáis
aquel anuncio de televisión de un coche que llevaba
un muñequito de Elvis sobre el salpicadero? Después
de varios meses sin emitirse la publicidad en cuestión
me fijé que no eran pocos los vehículos que todavía
lucen tan curioso artilugio ¿Cuál ha sido el
secreto de su éxito? Pues yo diría que se debe
al mero hecho de que todo el mundo viese lo gracioso que era... ¡y
sin que nos lo vendieran explícitamente!
Aunque
parezca que no, lo que se comercializaba en la propaganda
era un coche y no un
juguete bailarín. Las compañías de marketing saben
que cada día lo tienen más difícil. Los
consumidores detestamos sentirnos conejillos de Indias de los
descarnados intereses comerciales. Basta que nos digan ¡compre
tal cosa! para ya no hacerlo ¡Hasta las narices estamos
de que nos traten de endosar todo tipo de productos, ideologías
y milongas varias!
Creo que en eso radica el truco
para vender los monigotes del Rey del Rock and Roll. La
gente los compra pensando que
no están coaccionados por el marketing. Desconozco
si esta estrategia de venta es intencionada o no, pero por
si acaso... ¡un diez para los fabricaelviscolgantes!
Con
la nueva vida que se desprende del evangelio se produce un
paralelismo. Es atractiva, única, transformadora...
la vida misma. Pero cuando tratamos de imponérsela
al inconverso de turno, la fastidiamos. La convertimos en
marketing puro. Me consta que, aunque con buena intención,
alguna hermana que otra ha tratado de llevar a sus familiares
incrédulos a los brazos de Jesús poniéndoles
a todas horas música de contenido cristiano, o quizás
hablándoles de los múltiples horrores que configuran
ese infierno que les espera si no cambian de actitud. Los
gritos y el chantaje emocional del telepredicador de turno
socavan definitivamente las últimas tentativas de
acercamiento a Dios. Se trata del marketing religioso que
está lapidando el ya de por sí escaso apetito
espiritual de nuestra generación.
Pero al igual que
ocurre con el muñeco del anuncio,
la vida en Cristo debe ser simplemente contagiosa. Exenta
de coacción. Casi dos mil años de abusos parecen
no habernos enseñado nada. La redención no
se impone y la verdad debe situarse de tal modo que permita
descubrirse por sí misma. La nueva vida tiene que
absorber al necesitado desde su propio centro de gravedad:
el amor. Un amor que emerge desde un camino de transparencia,
auténtica relación con Dios y naturalidad de
actos y palabras.
Pero existen diferencias respecto al
muñeco rockero.
Y es que el baile que fluye del Espíritu de Dios es
infinito. Es una danza contagiosa, el vals de la vida convertido
en llenura desbordante. "El que descendió, es
el mismo que también subió por encima de todos
los cielos para llenarlo todo" Efesios 4, 10. Ningún
rincón del Cosmos queda excluido al convite en el
que los secretos de Dios van soltándose en cada giro ¿Acaso
danzará con alegría quien no quiere la vida?
Si queremos que otros salten a la pista con nosotros no los
empujemos. Esta feo. Dejemos entonces que respiren la alegría
de la fiesta y ellos solos suspirarán por dejarse
atrapar en la espiral contoneante de Dios. Dejemos que nuestro
estilo de vida sea lo suficientemente auténtico para
que sea imparable por sí mismo. Danza de locos que
dirían otros.
"Como el río marcha confiado al mar, así es
mi amor. Toma mi mano, toma mi vida entera con ella porque
no puedo dejar de estar enamorado de ti" I Can´t
help Fallen in love, Elvis Presley.
Luis Marián trabaja en Madrid
como documentalista en la Universidad Carlos III,
y Coordinador
de la Biblioteca Protestante de Madrid. Es estudiante de
periodismo y cofundador
de www.delirante.org,
un portal juvenil cristiano enfocado al diálogo con
los no creyentes.
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