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Número 02 - 12 de septiembre de 2003
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dLirios y troyanos
LUIS MARIÁN

Efecto Elvis

Esta semana, según volvía del trabajo a casa, algo me llamó la atención entre los automóviles aparcados ¿Recordáis aquel anuncio de televisión de un coche que llevaba un muñequito de Elvis sobre el salpicadero? Después de varios meses sin emitirse la publicidad en cuestión me fijé que no eran pocos los vehículos que todavía lucen tan curioso artilugio ¿Cuál ha sido el secreto de su éxito? Pues yo diría que se debe al mero hecho de que todo el mundo viese lo gracioso que era... ¡y sin que nos lo vendieran explícitamente!

Aunque parezca que no, lo que se comercializaba en la propaganda era un coche y no un juguete bailarín. Las compañías de marketing saben que cada día lo tienen más difícil. Los consumidores detestamos sentirnos conejillos de Indias de los descarnados intereses comerciales. Basta que nos digan ¡compre tal cosa! para ya no hacerlo ¡Hasta las narices estamos de que nos traten de endosar todo tipo de productos, ideologías y milongas varias!

Creo que en eso radica el truco para vender los monigotes del Rey del Rock and Roll. La gente los compra pensando que no están coaccionados por el marketing. Desconozco si esta estrategia de venta es intencionada o no, pero por si acaso... ¡un diez para los fabricaelviscolgantes!

Con la nueva vida que se desprende del evangelio se produce un paralelismo. Es atractiva, única, transformadora... la vida misma. Pero cuando tratamos de imponérsela al inconverso de turno, la fastidiamos. La convertimos en marketing puro. Me consta que, aunque con buena intención, alguna hermana que otra ha tratado de llevar a sus familiares incrédulos a los brazos de Jesús poniéndoles a todas horas música de contenido cristiano, o quizás hablándoles de los múltiples horrores que configuran ese infierno que les espera si no cambian de actitud. Los gritos y el chantaje emocional del telepredicador de turno socavan definitivamente las últimas tentativas de acercamiento a Dios. Se trata del marketing religioso que está lapidando el ya de por sí escaso apetito espiritual de nuestra generación.

Pero al igual que ocurre con el muñeco del anuncio, la vida en Cristo debe ser simplemente contagiosa. Exenta de coacción. Casi dos mil años de abusos parecen no habernos enseñado nada. La redención no se impone y la verdad debe situarse de tal modo que permita descubrirse por sí misma. La nueva vida tiene que absorber al necesitado desde su propio centro de gravedad: el amor. Un amor que emerge desde un camino de transparencia, auténtica relación con Dios y naturalidad de actos y palabras.

Pero existen diferencias respecto al muñeco rockero. Y es que el baile que fluye del Espíritu de Dios es infinito. Es una danza contagiosa, el vals de la vida convertido en llenura desbordante. "El que descendió, es el mismo que también subió por encima de todos los cielos para llenarlo todo" Efesios 4, 10. Ningún rincón del Cosmos queda excluido al convite en el que los secretos de Dios van soltándose en cada giro ¿Acaso danzará con alegría quien no quiere la vida? Si queremos que otros salten a la pista con nosotros no los empujemos. Esta feo. Dejemos entonces que respiren la alegría de la fiesta y ellos solos suspirarán por dejarse atrapar en la espiral contoneante de Dios. Dejemos que nuestro estilo de vida sea lo suficientemente auténtico para que sea imparable por sí mismo. Danza de locos que dirían otros.

"Como el río marcha confiado al mar, así es mi amor. Toma mi mano, toma mi vida entera con ella porque no puedo dejar de estar enamorado de ti" I Can´t help Fallen in love, Elvis Presley.  



Luis Marián trabaja en Madrid como documentalista en la Universidad Carlos III,
y Coordinador de la Biblioteca Protestante de Madrid. Es estudiante de periodismo y cofundador
de www.delirante.org, un portal juvenil cristiano enfocado al diálogo con los no creyentes.

 
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