| Derecho
a ser/opinar diferente Vivimos
tiempos en los que los derechos humanos incluyen sorprendentemente
la obligación de los cristianos al voto de silencio
monacal en temas determinados. Nos explicamos. La libertad
de expresión es el derecho a exponer las propias
ideas dentro del respeto al otro, pero sin renunciar a
la propia identidad, aunque contradiga o cuestione al contrario.
Pero estamos cayendo en la obligación de “no
ofender”, entendiendo como ofensa el simple cuestionamiento
de las ideas del otro. Por ejemplo, un musulmán declaraba en una noticia
del anterior número de esta revista que le ofendía
que alguien le diese un tratado cristiano, aunque luego explicaba
que lo tiraba tranquilamente sin ningún problema ni
presión. Y esta ofensa era uno de los posibles justificantes
para que las autoridades portuarias de Algeciras (España)
prohibiesen una pacífica campaña de reparto
de literatura cristiana durante la Operación Estrecho,
en la que muchos árabes residentes en Europa vuelven
a su país de origen durante las vacaciones de verano. Consecuencia: en los paises árabes está prohibido
(y a veces perseguido) la libre expresión del cristianismo,
que no del islam -lo cual no debe ofendernos en ninguna manera-
y en nuestra propia tierra las autoridades nos lo prohiben
para que no ofendamos a los seguidores del islam. Paradójica
aplicación del las libertades, que recuerda poderosamente
a la llamada Ley del embudo, nada constitucional. Otra cuestión. Si tenemos un amigo heterosexual que
es infiel a su mujer, y en una conversación le expresamos
que no nos parece correcta su actuación, es fácil
que no perdamos la relación ni nos tilden de atentar
contra sus derechos fundamentales. En el peor de los casos
nos llamarán conservadores, o retrógrados,
o estrictos. Pero si el amigo es homosexual y discrepamos
con el máximo respeto del origen genético de
su orientación sexual o de la práctica homosexual,
seremos generalmente (que no siempre, hay muchas honrosas
excepciones) definidos como homófobos y perseguidores
de la libertad ajena. En esta línea, llegará el tiempo en que ofenda,
e incluso se prohiba, anunciar el mensaje de Jesús: “De
tal manera amó Dios al mundo que dio a su hijo unigénito,
para que todo aquel que en Él crea no se pierda, mas
tenga vida eterna” (Juan 3:16) ¡Cómo que
alguien se pierde si no cree en Jesús? ¡Cállese
y no me ofenda, por favor!, nos dirán. En definitiva, se entiende la libertad de expresión
como la libertad a SER diferente, especialmente en nuestra
vida íntima, pero nunca como el derecho a OPINAR diferente
cuando esto custiona las posturas y conducta de quienes están
a nuestro lado. Si esto se aplicase a la política,
se podría ser del partido que uno quisiera, pero nunca
ofender al rival cuestionando sus ideas. El paso siguiente:
cerrar Parlamentos, Senados, Asambleas... de hecho, ya estamos
cerrando el principal lugar de encuentro de los ciudadanos:
el foro de la libre opinión dentro del máximo
respeto.
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