| Asegurados
pero inseguros A veces creemos tener el poder en
nuestras manos, pensamos que la vida es un juego en el que
sabemos de sobra todas las reglas. Vivir es en demasiadas ocasiones
una competición excesivamente dura, una aventura a la
que nos adentramos y de la cual desconocemos los entresijos
que posee. Por eso necesitamos tener la vida asida bien fuerte,
pensando neciamente que somos hábiles aventureros y
que diestramente manejamos los hilos de nuestra existencia. Ignoramos; no sé si por
propia voluntad o por un desconocimiento, que la vida es efímera,
que somos frágiles y que cualquier leve roce de lo trágico
puede hacer que nos marchitemos, cual flores en ciernes bajo
un implacable aguacero de invierno. Paseamos por la tierra,
sin ser conscientes que hemos de vivir en ella con la mirada
puesta en lo que realmente importa, y no simplemente asegurándonos
de que la vida nos dure eternamente. Por nuestra naturaleza
humana, tenemos la apremiante necesidad de tenerlo todo bajo
control: atar cabos y sentir cómo los asuntos terrenales
los tenemos bien sujetos. Es por ello que nos hacemos seguros de vida, aseguramos
nuestro hogar, hacemos planes de jubilación, todo
con el único propósito de no dejar nada en
el aire, dominando todas las situaciones que aparecen en
nuestro sendero y que pueden atentar contra nosotros. En
esa ardua lucha encontramos a personas que se olvidan de
vivir el presente preocupadas por el futuro. Entre las muchas obras que Dios ejecuta con suprema perfección
en favor la raza humana, valoro el acto de la muerte. Es
un suceso trágico al cual todos nos hemos de enfrentar,
pero tal acto nos posiciona a todos en el mismo escaño.
No hay nadie, por muy importante que haya sido su trayectoria
aquí en la tierra, que no se preste a pensar que algún
día habrá de enfrentarse a la muerte y ante
ella no hay pagaré que pueda aliviar ese duro paso
hacia lo desconocido. Y pienso... ¿por qué preocuparnos tanto en
asegurarnos la vida? Suspiro aliviada... personalmente no
he de hacerme tantas y tantas preguntas como lo hacen otros,
no he de buscar ninguna respuesta, Dios me enseña
a vivir el presente, a gozar de la vida tal cual se me presenta,
teniendo muy claro que todo cuanto tengo se lo debo a Él
y que por lo tanto al igual que estoy autorizada para disfrutar
de ello, tengo la obligación de hacerles ver a quienes
se preocupan excesivamente por asegurar sus vidas, que Dios
es el único que puede darles una vida totalmente imperecedera.
Yolanda Tamayo es colaboradora de
la revista Ventana Abierta (Asamblea Cristiana).
© Y. Tamayo, 2003, España |