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Cine
y misterio humano Aunque para algunos, el cine no es
más que una forma de entretenimiento, y un producto más
por lo tanto de la industria de la evasión, para pensadores
como Julián Marías, es “la gran potencia educadora de nuestro
tiempo”. Pero ¿se puede saber qué es el hombre a
través del cine?. Esa es la pregunta que se hace el filósofo
Juan José Muñoz García en su libro Cine y misterio
humano, que acaba de publicar la editorial RIALP de
Madrid. Para este autor, “el arte cinematográfico, cuando
no se deja arrastrar por intereses ajenos a la verdad y
la belleza que le lleven a traicionar su propia esencia,
se convierte en una ayuda ineludible para ahondar en este
fascinante misterio en que consiste el ser humano”.
Decía Sófocles en su tragedia Antígona que “muchas
son las cosas misteriosas, pero nada tan misterioso como
el hombre”. Da igual el conocimiento que tengamos, siempre
nos asombra. Y en toda creación cultural aparecen visiones
o aspectos del ser humano, que reflejan, al mismo tiempo
que moldean nuestro pensamiento y actitudes. Ya que “la fábrica
de los sueños apela en muchos casos a nuestras emociones,
pero también nos permite una vez superado el impacto inicial,
reflexionar sobre las ideas vertidas en las imágenes”. Para
Juan José Muñoz, el hombre posmoderno encarna un modelo
de humanidad desengañada ante la vida. Su olvido de la trascendencia
ha dañado su dignidad personal, y ha dejado a la vida humana
en el sinsentido más atroz. Pero tras este vacío existencial
está la realidad de que si existe sed, es porque hay agua.
Lo mismo ocurre con el deseo de felicidad. Tiene que haber
una realidad que lo colme, pues en caso contrario no existiría
la desesperación y el hombre sería un ser absurdo, una pasión
inútil. Ya que los deseos remiten más allá de ellos mismos.
Puesto que no podemos reducir al hombre a lo que se encuentra
en su inconsciente. Como dice Victor Frankl, “el ser humano
remite siempre, más allá de sí mismo, hacia algo que no es él:
hacia algo o hacia alguien”.
Esta obra comienza analizando tres películas interpretadas
por Robin Williams. En la primera, El Club de los poetas muertos (Peter Weir, 1989), es
un profesor de literatura, que lucha por intentar romper los rígidos moldes
de una institución académica de Nueva Inglaterra a finales de los años
cincuenta. Keating anima a sus alumnos a ser inconformistas, porque a “a
pesar de todo lo que digan, las palabras y las ideas pueden cambiar el
mundo”. Pero al mensaje idealista y romántico de Keating le falta realismo
antropológico, y eso hace que la trama se precipite hacia la tragedia.
La libertad entendida como mera independencia o autonomía flota en el vacío.
Por eso un chico como Neil Perry, tras descubrir su vocación teatral, ante
la oposición paterna, termina suicidándose.
Al año siguiente Williams hace el papel de un neurólogo en Despertares (Penny
Marshall, 1990), que llega a un hospital del Bronx, en Nueva York,
a finales de los años sesenta. Allí se encuentra que los pacientes son
tratados como estatuas vivientes. Sayer sin embargo cree que “el espíritu
humano es más poderoso que cualquier droga”, por lo que empieza a descubrir
que estos enfermos “están vivos por dentro”. El personaje inspirado por
el doctor Oliver Sacks, está basado en un caso real ocurrido en los años
veinte. Su historia es un canto a la dignidad humana
La tercera película interpretada por este actor es El indomable Will
Hunting (1997). En ella un joven huérfano de Boston (Matt Damon) trabaja
en la limpieza del Instituto Tecnológico de Massachusetts, a pesar
de tener una inteligencia prodigiosa. Un profesor desea ser su mentor,
pero su carácter violento le hace ser detenido en una reyerta, siendo obligado
a recibir atención psiquiátrica. Tras el fracaso de varios terapeutas,
el doctor McGuire (Williams) logra su confianza. Su tratamiento le hace
reconocer que sus demostraciones de ingenio, aparente dureza, y actitud
de estar vuelta de todo, no son más que síntomas de su debilidad, ya que
no se ha enfrentado al misterio de lo real. Cada vida es una historia
irrepetible, que no se puede reducir a impulsos reprimidos o a traumas
infantiles.
Esa crítica al cientifismo se muestra también en Parque Jurásico de
Spielberg. La actitud de respeto ante el misterio es aquí defendida por
un extravagante matemático del caos (Jeff Goldblum). El imperio de la
técnica biológica manipulada por Hammond (Richard Attenborough) nos lleva
al peor de los infiernos, ya que los dinosaurios clonados y el férreo
control informático de la isla, no están libres del misterio que envuelve
la realidad.
¿
Es por tanto simplemente el hombre un animal más evolucionado?. Para
Muñoz García, el origen del hombre no se puede explicar por un mero proceso
biológico regido por el azar. Hay un orden que da sentido a la Historia.
Así en la película de Kubrick, 2001, una odisea del espacio, hay
una causa externa de la humanización. Ese monolito es como la fuente
que ha otorgado intelecto al hombre. Y ésta tiene que ser personal y
trascendente al universo, porque la causa de algo debe tener las mismas
cualidades que su efecto. Esa es la conclusión a la que llega también
Spielberg, a partir precisamente de otra idea de Kubrick, en Inteligencia
Artificial. El origen del hombre como el de un robot que pueda amar,
remiten a un creador, divino o humano. Su búsqueda es el tema de Blade
Runner (1981), la película de Ridley Scott basada en la novela de
Philip K. Dick, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?. Y
por eso también la primera escena que nos presenta Neo en Matrix (1999)
es una pantalla de ordenador con la palabra searching (buscando).
Es el vacío existencial el que conduce al vértigo de la vanidad y la
voluntad de poder sobre personas y cosas (Ciudadano Kane). ¿Significa eso
que “el lado oscuro” es más poderoso?, le pregunta Luke a Yoda en El
Imperio contraataca. No, es que es “más rápido, más fácil, más seductor”.
Es el que lleva a la espiral de la violencia en Seven, cuando el
mismo criminal manifiesta como en el fondo del vértigo habita la nada y
el vacío: “No importa quién soy, no significa absolutamente nada”. El engaño,
como en Matrix, consiste en confundir la intensidad de la experiencia
con su valor, verdad y bondad. Pero en el juego de la vida, el sujeto no
es el dueño absoluto, como comprueba el protagonista de The Game. Esa
realidad trascendente la entiende muy bien este joven profesor
de Segovia, que ha hecho su doctorado en la Universidad Complutense de
Madrid sobre la relación que hay entre ética, estética y experiencia religiosa.
El trasfondo de Juan José Muñoz es el de la Universidad de Navarra, y centros
muy vinculados al Opus Dei, como el Colegio Retamar y
el Centro Universitario Villanueva, donde enseña filosofía, antropología
y ética de la comunicación. Su maestro es López Quintás, pero se
encuadra en toda una tradición de pensadores católicos muy interesados
en el cine, como Julián Marías. La crítica cinematográfica en este país
estuvo de hecho durante muchos años relacionada con el circuito de cine-clubs, que
nace en la posguerra muy vinculado a círculos católicos, como casi toda
la cultura española de aquel tiempo. De hecho teóricos como André Bazin,
fundador de la revista Cahiers du Cinema (que dió lugar a toda la
escuela crítica del cine de autor, de donde nace la nueva ola francesa)
fundamentan su trabajo en el humanismo católico, que todavía encontramos
en autores españoles como Caparrós o Alonso Barahona.
Este libro es muy interesante por eso de comparar con la perspectiva protestante
de hombres como Donald Drew de L´Abri, cuyas Imágenes del hombre
en el cine moderno (publicado en Ediciones Evangélicas Europeas por
José Grau en Barcelona en 1977), sería la contrapartida evangélica al estudio
que hace Muñoz García, desde una perspectiva católica conservadora. La
obra de Drew sin embargo, tratando una temática similar, y aún analizando
las películas más polémicas de los años sesenta, no cae en ese moralismo
que continuamente rezuma Juan José Muñoz, cuando se enfrenta a las películas
más populares de los años ochenta y noventa.
El principal problema de esta escuela filosófica es su increíble optimismo
antropológico. Ya que elude enfrentarse al misterio del mal, para preferir
ingenuamente contemplarlo como un simple problema de inmadurez personal.
Es por eso que el criterio selectivo que hace este libro de aquellas películas
que realmente merece la pena considerar, no es su valor estético (bastante
cuestionable en algunos casos, ya que se inclina por muchas obras, que
no son más que meros productos comerciales de dudosa originalidad), sino
su función didáctica, como modelos de comportamiento ético, desde una perspectiva
humanista cristiana. La obra de Drew analiza sin embargo hasta la pornografía,
para mostrar la tragedia de un hombre, que necesita algo más que los discursos
de cierta moralina religiosa sobre la dignidad del cuerpo humano. Lo que
nos hace falta es la buena noticia del Evangelio, por la
que Cristo vino, no a hacernos mejores, sino nuevos.
Cuando Muñoz García considera el tema de los instintos, los sentimientos
y la corporalidad, su visión ética se hace extremadamente limitada para
entender ese misterio que es al fin y al cabo la conducta del ser humano.
Necesitamos para eso la perspectiva trascendente que nos da la Biblia.
Es por eso que yo creo que la reflexión cristiana sobre el cine no ha de
ser una mera búsqueda de valores humanos. Porque al hombre le falta algo
más que comprensión y voluntad. Lo que necesitamos es un nuevo corazón.
Por lo tanto si seguimos yendo al cine para buscar ese corazón de oro,
que pensamos que el hombre tiene, no encontraremos más que las mentiras
de un idealismo ciego a la miseria del ser humano.
Los buenos sentimientos están bien, pero no debemos confundir la realidad
con la ficción. El cine no nos puede enseñar cómo debemos vivir. ¡Eso es
imposible hasta para Disney!. Para eso hace falta el Manual de instrucciones de
nuestro Creador. Lo que vemos en la pantalla es precisamente lo lejos que
estamos de seguir sus indicaciones. Tenemos que ser críticos, como dice
Juan José Muñoz, pero para esa crítica hace falta algo más que la razón
humana. Necesitamos la luz de la Palabra de Dios para entender al hombre
y su misterio. Ya que el arte nos muestra cómo somos, pero no nos da dirección,
ni la fuerza para vivir. José de
Segovia Barrón es periodista, teólogo y
pastor en Madrid.
© J. de Segova, I+CP, 2003. I+CP (www.ICP-e.org) |
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