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Mitos
postmodernos Una
de las características de la modernidad se expresaba
a través del existencialismo. El idealismo de Hegel aparecía
artificioso y falso. La “existencia” por el contrario,
es algo radical y se revela a todo hombre por un sentimiento
que habita en el fondo de su intimidad :la angustia. La angustia
surge – según Kierkegaard- cuando el espíritu
quiere poner la síntesis de todo y la libertad fija la
vista en el abismo de su propia posibilidad y echa mano de la
finitud para sostenerse”. La angustia de Kierkegaard es
una angustia religiosa, porque vivimos en este mundo artificialmente,
con la conciencia adormecida y de espaldas a la búsqueda
de Dios y a nuestra radical dependencia de Él. Por eso
el hombre huye y no le basta con esa fuga desesperada e inútil
a través de la angustia, sino que además recurre
a la mentira del mito como solución a todos sus problemas.
Varios son los mitos de la postmodernidad que vienen a poner “solución” o querer dar respuesta al “ser-en-el-mundo”
de manera absoluta: la creencia absoluta en el progreso científico-técnico,
en el poder de la globalización y en la política
. Para darnos cuenta de que esto es lo que impera, solo basta
abrir un periódico actual. Tendremos un 60 por ciento
de noticias políticas, un 20 por ciento de noticias científico-técnicas
( física, química, medicina, industria, energía,
etc.) y el otro 20 por ciento a diversos, entre los que aparecerá
lo social y cultural, siendo cada día mas emergentes
y visibles no solo los cotilleos de la “prensa del corazón”
sino también los anuncios de placer y prostitución
que aparecen sin ningún pudor
Los mitos son un sustitutivo de la fe, porque la fe responde
a los problemas primarios del hombre y los mitos aun siendo
eficaces y legítimos en su esfera, son inadecuados
para justificar la existencia. Hay mitologías individualistas
como la posesión, la cultura, el amor o el “bien-estar”
o colectivas como pudo ser la superioridad de la raza aria
que el pueblo alemán creyó hasta la exaltación
y que cuando se despertó ante la realidad existencial,
les parecía un sueño increíble y monstruoso.
Sin embargo el mito de creer que la ciencia y la técnica
–aunque los avances sean sorprendentes y casi mágicos-
puedan resolver los problemas del hombre, resultan a todas
luces deficientes y atrozmente injustos. Mientras la tecnología
está en manos de unos pocos y se usa como arma de poder
y de sometimiento, el poder tecnológico y científico
no puede saciar el hambre de la inmensa mayoría de
los pueblos de la tierra. Los descubrimientos de la mecánica,
de la química y de la física, junto a las comunicaciones
no son capaces de que la comunidad humana subsista con dignidad.
Sin embargo se sigue creyendo y muy pocos son capaces de hacer
ver la ambigüedad de la fe en el progreso y siguen creyendo
en el paraíso en la tierra. Lo mismo nos ocurre con la globalización. Esta se
acerca con rostro humano cual es ese fenómeno de las
tecnologías de la comunicación y el transporte
que nos acercan unos a otros de modo impensable hace solo
unos años. Pero tiene la otra cara deshumanizadora
que como decía Michel de Camdesssus, lo primero que
se ha globalizado es la pobreza y “la pobreza puede
hacer saltar todo el sistema” porque tiene un efecto
“bazoca” (lanzagranadas) donde es tan peligroso
el efecto “rebufo” que puede tener mas efectos
perversos que el proyectil. Según algunos historiadores
de la economía, hace mil años la distancia entre
el país más rico del planeta como pudiera ser
China y los más pobres entre los que figuraría
la mísera Europa, era de 1’2 a 1. Hoy, esa desproporción
entre acaudalados y miserables se eleva a la relación
de 9 a 1, y sigue creciendo ininterrumpidamente. Al mismo
tiempo la globalización está produciendo una
erosión del lugar, de la “tierrina” que
decimos los asturianos y que produce un desarraigo del ser
humano.
La información no está produciendo conocimiento,
ni sabiduría y este es el rendimiento vital del ser
humano, porque es un crecimiento en su ser que potencia todas
sus posibilidades existenciales. Pero al vivir en la cultura
de lo efímero, de lo que pasa, de lo que hoy entusiasma
y mañana se desecha, lleva a un callejón sin
salida y consagra un modo de habitar la tierra antiecológico
y superficial. La sabiduría que se fecunda con el conocimiento,
en el pertinaz ejercicio y manía de pensar, insistir
y persistir, muere en la asfixia de la información.
Es muy provechosa la oración del salmista:”Enséñanos
de tal modo a contar nuestros días que traigamos al
corazón sabiduría” (Salmo 90:12)y ya sabemos
que el principio de la sabiduría es el temor de Dios.
Manuel de León es pastor,
Presidente del Consejo Evangélico de Asturias, ha dirigido
la Revista "Asturias Evangélica" y ha publicado
“ORBAYU" una revista de investigación histórica,
cultural y sociológica del protestantismo en Asturias
© M. de León, 2003, Asturias, España. |
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