| Bagdad,
siempre nos quedará Bagdad
Mientras el último Omeya escapaba
hacia el lejano Al-Andalus, los Abasíes reducían
a escombros la hermosa Damasco.
El abuelo de Mahoma, Abdelmutáleb (siglo VII d. C.),
tuvo tres hijos, el primogénito Abás, es el
padre de los Abasíes. El nombre de esta tribu árabe
Abasí, procede de la palabra Suna (costumbre, tradición,
ley, moral). Del segundo hijo de Abdelmutáleb nació Mahoma
que tuvo a su vez varios hijas, de las que destacó Fátima,
que a su vez se casó con Ali, primo suyo y tercer
hijo de Abdelmutáleb. Todo este culebrón para
comprender, que los chiítas, son los seguidores de
Ali y Fátima, a los que consideran los verdaderos
descendientes de Mahoma y cuyo martirizado hijo Huseín
fue asesinado en Kerbala, una de las ciudades que estarán
dentro de la jurisdicción española en Irak.
Bagdad
es un hermoso nombre cuyo significado no puede ser hoy más contradictorio: Ciudad de la Paz. Creada por
el segundo califa abasí Abuyáafar Almansur
(762). Una ciudad que llegó a tener dos millones
de habitantes en edificios de hasta cinco pisos.
La Escuela
de Traductores de Bagdad (Dar alhikma o casa
de la sabiduría) , creada en el 813 por el Califa
Maamún, fue una de las fuentes del conocimiento y
gracias a ella se salvaron muchos de los libros del mundo
clásico.
Bagdad pasó por varias manos hasta la llegada de
los turcos otomanos que la conservaron hasta la entrada de
los ingleses en la ciudad en el año 1918. Se nombró a
Faisal (1920) como emir o rey de Irak, su llegada a Bagdad
un año después pasó prácticamente
desapercibida. En 1941las tropas británicas regresaron
a Bagdad para acabar con la alianza de esta y Alemania. En
1958 se abolió la monarquía y se sucedieron
varios gobiernos militares hasta la llegada al poder del
dictador Saddam Hussein.
Bagdad, la ciudad de la paz, bombardeada
en 1991 por la coalición bajo mandato de la ONU y reconquistada por
Occidente en este año. Una ciudad milenaria saqueada
en su patrimonio histórico, cuya población
ha vuelto a la edad de piedra.
El viento ardiente del desierto mece los juncos del Tigris,
muy cerca de allí se cree que existió el Paraíso.
Tal vez Dios todavía recuerde los largos paseos al
amanecer por la “ciudad de la paz” y observa
la destrucción con tristeza. Bagdad, siempre nos quedará Bagdad.
Mario Escobar Golderos
Licenciado en historia y director de las revistas “Historia
para el debate” y “Kerigma” |