| Superando
el Decálogo Es verdad que Jesús no niega
la ley, sino que la cumple. Pero el mensaje moral de Jesús
que deben asumir los cristianos no acaba ni se asume solamente
con el cumplimiento de simples preceptos. Así, la ética
cristiana no es una ética de cumplimientos. Los cumplimientos
de los preceptos del Decálogo se amplían o perfeccionan
con un nuevo mandamiento: el del amor. También se amplían
los horizontes de los imperativos del precepto con el Sermón
de la Montaña y, fundamentalmente, con las Bienaventuranzas. Los valores éticos cristianos
superan así los meros preceptos o cumplimientos éticos.
Y todo esto abre una nueva perspectiva en la vivencia – y
no sólo en el cumplimiento – de una ética
cristiana. Y eso por una razón clave: La novedad radical
de todo el Nuevo Testamento no está en una nueva enseñanza
de preceptos a añadir al Decálogo, sino que está en
ver que la nueva moral no se vincula a una enseñanza,
sino a una persona. La novedad radical de la nueva ética,
no se estudia en normas ni en preceptos, sino en la contemplación
y el seguimiento de una vida, la de Jesús, con la que
el cristiano ha de identificarse. En la primera página de este Decálogo ampliado,
perfeccionado o cumplido, nos encontramos con Dios hecho
hombre que nos dice simplemente: “Porque ejemplo os
he dado”. En este sentido las normas morales ya no
se escriben, sino que hay que volver a Galilea, a Nazaret,
al Jesús histórico para ver su ejemplo de vida.
La radicalidad y novedad de la nueva moral estaría
en contemplar y estudiar los estilos de vida y las prioridades
de Jesús, cuáles fueron sus preferencias y
los principios con los que anduvo por la tierra haciendo
bienes. No nos ha dejado una normativa o un manual de ética
o moral cristiana, sino que nos ha dejado un ejemplo de vida.
Un ejemplo de vida en la forma de relacionarnos con Dios
y con el prójimo, relaciones que han de ser de semejanza.
El amor a Dios y al prójimo han de estar en una relación
de semejanza. Ya no se trata del imperativo del precepto, sino del imperativo
de una vida vivida en el ejemplo del Maestro. Lo importante
es cómo vivimos nuestra existencia en nuestro aquí y
nuestro ahora. Si Jesús fue un ejemplo vivo que ponía
de manifiesto la novedad de la moral cristiana, nos estuvo
mostrando que son más importantes las vivencias, los
estilos de vida, los actos y los ejemplos vivos en nuestra
andadura cristiana, que los preceptos y que la compilación
de normas éticas para cumplirlas externamente. Así,
el cristianismo, más que una doctrina o catálogo
de normas, es vida. Cuando uno piensa en el Jesús histórico, es
posible que vea la imposibilidad de imitarle en su vida,
ya que el contexto histórico y cultural es diferente.
Es difícil o imposible hacer un seguimiento que imite
al detalle la vida de Jesús. Pero si la copia literal
de su vida en nuestro contexto histórico se hace imposible,
lo que sí se hace posible es imitarle en sus valores,
en los valores del reino, en sus prioridades. Los valores
que Jesús transmite con su ejemplo son universales
y eternos. Irán pasando por las distintas culturas
sin ningún tipo de cambio. Sus valores en cuanto al
dinero, en cuanto a la búsqueda de la justicia y dignificación
de los más débiles y marginados, sus valores
en cuanto al dinero y al poder, sus valores en cuanto al
sufrimiento, la vida y la muerte. Sus valores en cuanto ensalzar
a los humillados y poner en los primeros lugares a los últimos,
a los despreciados y tildados de pecadores por los autoconsiderados
justos, por los que se autojustificaban dentro de sus falsos
círculos de pureza. Sus valores en cuanto a los enemigos
y a la violencia. Sin embargo Jesús no quiere que tomemos todos estos
valores para hacer una lista de obligaciones morales que
hemos de cumplir basándonos en un esfuerzo de cumplimiento ético.
Se nos pide que no dejemos en cumplimientos externos la vivencia
de esta ética, sino que la vivamos internamente. Que
se pueda dar en nosotros la experiencia del apóstol
Pablo: “Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí”.
Tenemos que interiorizar esta vivencia de manera que nuestra
existencia se base en tener la misma vida de Cristo. Por
tanto ya no se tratará de una ética de cumplimiento
y de esfuerzo, sino de una vivencia interior que nos “cristifique”.
Es por eso que el esfuerzo ético ya no se da, ya no
nos esforzamos por cumplir. Simplemente vivimos como Cristo,
injertados en Él y teniendo sus mismos pensamientos
y sentimientos. Aquí ya pierde una cierta relevancia
los catálogos de normas y preceptos. No es malo tenerlos
escritos, pero lo importante es vivirlos en nuestra “cristificación”. Lo que esté fuera de esta línea, el cumplimiento
de catálogos, decálogos o normas morales, puede
quedar en una ética externa que sea como “metal
que resuena o címbalo que retiñe”.
Juan Simarro Fernández,
licenciado en Filosofía,
escritor y director de Misión Evangélica Urbana
de Madrid.
© J. Simarro, www.protestantedigital.com, 2003, Madrid,
España. |