Número 03 - 16 de septiembre de 2003
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Editorial

El espectáculo de Dios

Vivimos la época del espectáculo. Desde los grandes magos de la televisión, y las escenas virtuales de las modernas películas, hasta la vida falsa que ofrece la nueva generación de telebasura, en forma de vivencias ajenas que hacen creer a los espectadores que son también suyas: ellos/as ríen y lloran, se pelean e insultan, mientras los ojos televidentes creen estar asistiendo a la vida real en estas escenas mitad pagadas y mitad superficiales. Vida de salón para los grandes hermanos y los grandes primos que los contemplan. Vida fácil, de meros espectadores, que sólo tienen que apretar un botón o hacer una llamada, sin compromiso alguno, para decidir sobre la vida de quienes juegan el papel de fichas.

La religión no es ajena a esta puesta en escena. Emociones y dinero son a veces, tristemente, el fin último de quienes se creen poseedores de una fe, pero en realidad asisten a las emociones que otros les fabrican y les cobran a precio de oro et laboro. Emociones que sólo viven de más emociones, derrumbándose ante las primeras contrariedades.

Frente a esta droga para evadirnos de nuestra propia superficialidad existencial y cómoda, nos llega la persecución reconocida en Chiapas: niños que no tienen acceso a su derecho a ser educados, porque sus padres son reos del terrible delito de su fe protestante. Padres que pierden sus tierras, que son expulsados, a veces golpeados, en alguna ocasión asesinados. Nada que ver con el espectáculo, dura realidad.

Dice Rojas Marcos que hemos cambiado la Biblia por las revistas del corazón, y es cierto y mucho más. Hemos cambiado el amor por sexo, la responsabilidad por la huida hacia delante (o hacia atrás), el placer sencillo por la adicción al nirvana del bienestar social y existencial… También hemos cambiado las verdades de la Biblia por la religión del éxito, los tesoros en el cielo por el oro en los suelos, la fe del riesgo de creer en Dios por la dependencia segura de nuestras instituciones.

Los judíos pedían señales y los griegos sabiduría en los comienzos del cristianismo. El sumo espectáculo de los sentimientos y de la razón. Pero la respuesta es la locura de la cruz. Locura porque los sentimientos gimen con tal de lograr las metas que el alma sabe que ansía, aunque duelan. Locura porque hay recompensa y victoria para quien se atreve a soñar en Cristo, incluso más allá del poder de la muerte de cada día de y de la muerte eterna. La cruz injusta, torturadora, simple y ruin, pero vacía, es el verdadero espectáculo de Dios.


 
mARTEs
JOSÉ DE SEGOVIA
De par en par
JUAN SIMARRO
Orbayu
MANUEL LEÓN
dLirios
Luis Marián
Letra pequeña
MANUEL LÓPEZ
La voz
CESAR VIDAL
Claves
WENCESLAO CALVO
Íntimo
YOLANDA TAMAYO
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