| El
espectáculo de Dios Vivimos la época del espectáculo.
Desde los grandes magos de la televisión, y las escenas
virtuales de las modernas películas, hasta la vida falsa
que ofrece la nueva generación de telebasura, en forma
de vivencias ajenas que hacen creer a los espectadores que
son también suyas: ellos/as ríen y lloran, se
pelean e insultan, mientras los ojos televidentes creen estar
asistiendo a la vida real en estas escenas mitad pagadas y
mitad superficiales. Vida de salón para los grandes
hermanos y los grandes primos que los contemplan. Vida fácil,
de meros espectadores, que sólo tienen que apretar un
botón o hacer una llamada, sin compromiso alguno, para
decidir sobre la vida de quienes juegan el papel de fichas. La religión no es ajena a
esta puesta en escena. Emociones y dinero son a veces, tristemente,
el fin último de quienes se creen poseedores de una
fe, pero en realidad asisten a las emociones que otros les
fabrican y les cobran a precio de oro et laboro. Emociones
que sólo viven de más emociones, derrumbándose
ante las primeras contrariedades. Frente a esta droga para evadirnos de nuestra propia superficialidad
existencial y cómoda, nos llega la persecución
reconocida en Chiapas: niños que no tienen acceso
a su derecho a ser educados, porque sus padres son reos del
terrible delito de su fe protestante. Padres que pierden
sus tierras, que son expulsados, a veces golpeados, en alguna
ocasión asesinados. Nada que ver con el espectáculo,
dura realidad. Dice Rojas Marcos que hemos cambiado la Biblia por las revistas
del corazón, y es cierto y mucho más. Hemos
cambiado el amor por sexo, la responsabilidad por la huida
hacia delante (o hacia atrás), el placer sencillo
por la adicción al nirvana del bienestar social y
existencial… También hemos cambiado las verdades
de la Biblia por la religión del éxito, los
tesoros en el cielo por el oro en los suelos, la fe del riesgo
de creer en Dios por la dependencia segura de nuestras instituciones. Los judíos pedían señales y los griegos
sabiduría en los comienzos del cristianismo. El sumo
espectáculo de los sentimientos y de la razón.
Pero la respuesta es la locura de la cruz. Locura porque los
sentimientos gimen con tal de lograr las metas que el alma
sabe que ansía, aunque duelan. Locura porque hay recompensa
y victoria para quien se atreve a soñar en Cristo,
incluso más allá del poder de la muerte de cada
día de y de la muerte eterna. La cruz injusta, torturadora,
simple y ruin, pero vacía, es el verdadero espectáculo
de Dios.
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