| Reforma:
Sola Scriptura Cuando en el siglo XVI se produjo
ese inmenso seísmo que de manera convencional denominamos
Reforma, la Historia cambió radicalmente. De la revolución
científica a la aparición de la democracia moderna,
de la economía de mercado al principio de libertad de
conciencia, de los sistemas educativos avanzados a la reforma
penitenciaria, aquel movimiento fue dando una serie de frutos
de cuya bondad nos aprovechamos hoy en día a la vez
que, generalmente, olvidamos o ignoramos su origen. Sin embargo,
la Reforma revistió un especial interés no por
su proyección económica, política o social
sino, fundamentalmente, por su contenido espiritual. Nacida de un deseo extraordinario
de devolver al cristianismo su pureza original se vio frustrada
en buena medida por las instituciones que deseaba cambiar y
sería el propio Juan de Valdés el que en sus últimas
cartas manifestaría un profundo pesar porque el papa
estaba preparando un concilio – el de Trento – en
el que no habría reforma alguna de la iglesia sino un,
como diría Lampedusa, “cambiar todo para dejar
todo igual”. La Reforma llegaría así a
una parte sólo de Europa y eso de manera diversa, fragmentada
e independiente porque nunca fue un movimiento centralizado
sino una serie de explosiones provocadas por la lectura de
la Palabra de Dios. Con todo, y a pesar de su diversidad, esa Reforma se centraría
en torno a una serie de “Solos” que, derivados
de la Biblia, mostraban el camino para liberar al cristianismo
de entonces de sus excrecencias y corruptelas para devolverlo
a su estado original. Tengo la convicción personal
de que la iglesia de hoy en día necesita una nueva
reforma y que esa reforma sólo puede articularse en
tono a esos mismos “solos”. I. Sola Scriptura. El primero de ellos es el principio de Sola Scriptura, es
decir, la convicción - y actuación en consecuencia – de
que la Biblia es la única regla de fe y conducta para
un cristiano por encima de cualquier tradición, moda
o confesión. No me cabe la menor duda de que cuando
me convertí a Cristo hace más de un cuarto
de siglo las iglesias evangélicas, con todos sus muchos
matices y defectos, actuaban así de manera mayoritaria.
A la vez no alimento la menor duda de que esa conducta ha
dejado patéticamente de ser verdad en buena parte
del mundo protestante en el curso de las últimas décadas.
Me explico. Es cierto que cada vez se editan más biblias
distintas (Dios mío, ¿cómo pudo sobrevivir
el pueblo de Dios durante siglos sin esa profusión
de versiones?). Es cierto también que se siguen utilizando
en momentos diversos del culto. Sin embargo, a la vez, me
resulta difícil no percibir que la Biblia ha ido perdiendo
peso en muchas congregaciones de una manera que intentaré analizar
en las próximas semanas. La primera forma en que lo
ha hecho ha sido en su papel de única revelación. Me consta que en la práctica muy pocos se atreverían
a negar que la Biblia es la única fuente de revelación
pero esa confesión de fe, plenamente cierta, es desmentida
vez tras vez desde nuestros púlpitos y nuestras congregaciones.
Históricamente, la existencia de una tradición
ha asfixiado no pocas veces el sonido limpio de la Palabra
de Dios y la diferencia entre la tradición de siglos
o las costumbres emanadas del último pastor (o del
consejo eclesial que controlaba al último pastor)
no es tan considerable como podría parecer a primera
vista. Sin embargo, lo que necesitamos no es tanto seguir
transitando los trillados caminos tradicionales como, humildemente,
volver nuestros oídos a la predicación de la
Palabra y plegarnos a ella. ¿Predicación de la Palabra dije? Es ese un
tema que abordaré un día de éstos pero
del que ahora tengo que hacer mención porque, al lado
de la tradición, la Biblia se encuentra oprimida en
la actualidad, de manera creciente, injustificada y desconsiderada,
por el subjetivismo extrabíblico. Hace unos meses
asistí a una iglesia un domingo por la mañana.
Tras la ración más o menos habitual de himnos
y cánticos, subió al púlpito un hombre
que estuvo obsequiándonos a lo largo de una hora con
su vida de las últimas semanas. Es verdad que leyó un
versículo antes de empezar su predicación pero
luego no sé cómo se las arregló para
no mencionar ni una sola vez a Jesús y sí,
mostrarnos sus extraordinarias aventuras a este lado del
Atlántico (no quiero pensar cómo serían
allende los mares). Seguramente estaba guiado por la mejor intención
pero en lugar de canalizar hacia nosotros el saber de la
Palabra de Dios se había convertido en el centro del
culto cuando ese centro sólo puede ocuparlo Cristo.
Y a fin de cuentas, este hombre pretendía contar algo
de Dios... Otra de las memorables predicaciones a las que he asistido
en la pasada temporada – y me consta que en ningún
caso son excepciones - consistió, también tras
un versículo inicial, en el comentario pesado y espeso
de un documento abstruso sobre el subdesarrollo y la justicia
en el mundo. A pesar de que el protagonista del evento ha
dado señas en más de una ocasión de
poder tragarse determinadas teorías – ya rancias
y ni siquiera de moda – con auténtico apetito,
hubiera sido de agradecer que escogiera otro foro para difundirlas
distinto del púlpito de una iglesia y a una hora diferente
de la predicación dominical. Lamentablemente, tanto un episodio como otro son muy comunes
y, al menos yo, no puedo dejar de sentir escalofríos
cuando en lugar de escuchar una predicación sustentada
en la Biblia me veo forzado a oír otra derivada de
una supuesta revelación espiritual o de una presunta
revelación humana. “Sola Scriptura”. Ésa
es la carta de Dios para nosotros y cuando nos desviamos
de ella desbarramos lamentablemente. Pero sobre ello volveremos,
Dios mediante, la semana que viene... (Continuará… Sola gratia, Sola fide)
César Vidal Manzanares
es un conocido escritor, historiador y teólogo.
© C. Vidal, 2003, España.
|