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Delibes
y la España antiprotestante Vuelve a los escenarios españoles
la obra de teatro basada en el libro de Miguel Delibes, Cinco
horas con Mario. Veinticuatro años después de
su estreno, regresa a Madrid de la mano del mismo productor
(José Sámano), la misma directora (Josefina Molina),
y la misma actriz (Lola Herrera). En ella vemos a una mujer
española, Carmen Sotillo, que vela el cadáver
de su esposo una noche de 1965, inmersa en un largo monólogo
que desvela la incomprensión y mezquindad de la mentalidad
social que fomentó el Régimen impuesto tras la
contienda civil. Sus comentarios parten de los textos subrayados
en una Biblia que leía su marido. En ellos late el prejuicio
religioso de una España que desconoce la Escritura,
pero que odia todo lo que suene a protestantismo. Lola Herrera era ya una actriz famosa
cuando empezó a interpretar a esta mujer castellana
en 1979. Su carrera había empezado también en
Valladolid, como Delibes, donde nació y estudió en
un colegio de monjas, antes de venir a trabajar a Madrid en
las populares radionovelas de Sautier Casaseca, que tanto se
escucharon en la España de los años cincuenta.
Se dedica entonces al teatro de la mano de su futuro suegro,
Manuel Dicenta, para entrar luego en televisión. Pero
su reconocimiento pleno no viene hasta protagonizar esta obra
de Miguel Delibes, la segunda en adaptarse al teatro, tras
La guerra de nuestros antepasados, que hace poco volvió a
los escenarios españoles. Durante los años ochenta Herrera recorre España
y América con esta obra. En esa época hace
la película Función de noche, una curiosa radiografía
de su fracaso matrimonial, que la directora Josefina Molina
lleva a la pantalla de forma sobrecogedora. Es este estremecedor
documento, grabado en los camerinos del teatro donde representaba
Cinco horas con Mario, las miserias de su vida y relación
con Daniel Dicenta, salen a la luz con toda su crudeza, en
medio de los monólogos de la obra de Delibes. Su implicación
con el personaje es ya tan grande, que tiene que abandonar
los escenarios en 1989, a raíz de una crisis personal,
que la hunde en una profunda depresión. Ahora vuelve
a este soliloquio, que parece incapaz de separar de su vida. Una vez que la familia y las visitas se han retirado, esta
mujer descubre en este velatorio los entresijos de su matrimonio,
recordando su juventud, la guerra civil, y la monótona
vida de provincias de una clase media, sin aspiraciones ni
lujos. Cada escena se inicia con un texto de la Biblia que
leía su marido. Él “leía sobre
leído”, es decir “sólo lo señalado”,
ya que la Escritura, “decía que le fecundaba
y le serenaba”. Es con esos subrayados que Carmen pasa
las últimas horas con Mario, ya de cuerpo presente.
Y es entonces cuando le confiesa conocer el secreto de cómo
ha llegado a conocer la Biblia: “Una cosa, Mario, aquí para inter nos, que
no me he atrevido a decirte antes, escucha; yo no daré un
paso por informarme si es cierto lo que dice Higinio Oyarzun
de que te reunías los jueves con un grupo de protestantes
para rezar juntos”. Aunque le advierte: “Pero
si sin ir a buscarlo alguien me lo demostrase, aun sintiéndolo
mucho, hazte la idea de que no nos hemos conocido, de que
nuestros hijos no volverán a oírme una palabra
de ti, antes prefiero, fíjate bien, que piensen que
son hijos naturales, que con gusto tragaré ese cáliz,
que decirles que su padre era un renegado”. Para eso no tiene tolerancia: “Sí, Mario, estoy
llorando, pero bueno está lo bueno, que yo paso por
todo, ya lo sabes, que a comprensiva y generosa pocas me
ganarán, pero antes la muerte, fíjate bien,
la muerte, que rozarme con un judío o un protestante”.
Porque “si Cristo levantara la cabeza, ten por seguro”, dice Carmen, “que no vendría a rezar con los
protestantes”. Ya que a su personaje en realidad le
escandaliza la libertad religiosa: “¿Pues nos
salen ahora con que los protestantes van a abrir una capilla
aquí, en la esquina? Pero ¿es que estamos bien
de la cabeza, imagínate, con cinco criaturas? ¿Con
que tranquilidad les va una a dejar salir de casa? Es que
no quiero ni pensarlo, Mario, que esto nos pasa porque no
sois como debierais, la gente no medita ya en el Más
Allá, ni tiene principios ni nada que se le parezca”. Los intelectuales, dice esta señora, “con
sus ideas estrambóticas, son los que lo enredan todo,
que están todos medio chiflados. porque creen que
saben pero lo único que saben es incordiar, lo único,
fíjate bien, y sacar a los pobres de sus casillas
que el que no acaba rojo, acaba de protestante o algo peor”. Afirma
asombrada: “Si a estas alturas, también
va a resultar que los protestantes son buenos, acabaremos
por no saber dónde tenemos la mano derecha”. Ya
que “la Inquisición era bien buena porque
nos obligaba a todos a pensar en bueno, o sea en cristiano,
ya lo ves en España, todos católicos y católicos
a machamartillo, que hay que ver qué devoción,
no como esos extranjeros que ni se arrodillan para comulgar
ni nada, que yo sacerdote, y no hablo por hablar, pediría
al gobierno que los expulsase de España, date cuenta,
que no vienen aquí más que a enseñar
las patorras y a escandalizar”. Pero ¿qué relación ha tenido Delibes
con el protestantismo, para poder imaginar semejante influencia
en nuestro país?. Tenemos que darnos cuenta que este
libro, texto de lectura obligatoria ahora en todos los centros
de enseñanza secundaria, está dedicado al último
Premio Príncipe de Asturias, José Jiménez
Lozano. Este autor que se declara jansenista, no es sólo
probablemente uno de los pocos escritores verdaderamente
católicos que hay en nuestro país, sino también
el que ha mostrado más interés por el protestantismo.
Su amor por la Biblia le ha hecho escribir, desde su pueblo
de Valladolid, el mayor numero de libros inspirados por la
Escritura que podemos encontrar en la literatura española
contemporánea. Gran amigo de Delibes, su testimonio
ha hecho además que el escritor vallisoletano se enfrente
a sus dudas de fe tan seriamente, que se ha convertido en
una de las mayores preocupaciones de su vida. Decía Carmen Martín Gaite que “por esta
novela no pasan los años”. Ya que aunque
es cierto que el prejuicio antiprotestante no es tan virulento
como en aquella época, tenemos que entender que esa
ha sido la formación de muchas generaciones de españoles,
que se han educado viendo al protestantismo como algo extranjero
y pernicioso. No es extraño por lo tanto que muchos
califiquen a los evangélicos como sectas. Ya que en
nuestro país, o eres católico, o no eres nada. Pero lo más trágico, es que la lectura de la
Biblia no caracteriza ya a aquel sector disidente que representaba
Mario. Esta mujer, ni lee, ni entiende la Biblia. Puesto que
todo lo que dice a raíz de ella, está totalmente
fuera de contexto. Pero sus inquietudes son sobre todo de
un materialismo tal, que no tiene la menor curiosidad por
cuestiones espirituales. Esa es la España que hemos
heredado de nuestros padres, ignorante y consumista a grado
máximo. Pero ¿qué esperanza tenemos así
frente a la muerte?.
José de Segovia Barrón
es periodista, teólogo y pastor en Madrid.
© J. de Segovia, www.protestantedigital.com, 2003. |
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