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Un
tesoro en mi casa
En
mi casa tenemos un tesoro: una hoja suelta de una biblia
inglesa muy antigua;
la hemos enmarcado con todo respeto y amor. Esta biblia fue
editada entre 1560 y 1644 en Ginebra, en el exilio, como
la de Casiodoro de Reina y por las mismas razones. Sabemos
que
nuestra hoja vino de Estados Unidos, por lo que pertenecía
a una biblia que se llevaron puritanos ingleses en su emigración
a las nuevas colonias.
Hace tiempo tenía un concepto
miserable de los puritanos, el de una gente severa, rigurosa,
triste, desconocedora de la libertad cristiana, ahogada en
mil formalismos, aislada del mundo, fanática, reprimida
y represora. Hace tiempo mi única información
sobre ellos era lo que decían los demás –especialmente
los hermanos creyentes que me parecían más
progresistas– y la imagen ridícula que nos ofrecían
las películas. Hace tiempo no sabía absolutamente
nada de los puritanos, sólo lo que otros maldecían
de ellos.
Cuando leí por mí mismo algo de los puritanos,
descubrí su espléndida visión del mundo,
su profunda convicción, su realismo pragmático,
sus conquistas en la ciencia, la economía, la literatura
o la política. Descubrí que fueron los primeros
en proclamar que “todos los hombres son creados iguales
y el Creador les ha dotado de derechos inalienables, como
la vida o la libertad” o que “los gobiernos obtienen
sus poderes del consentimiento de los gobernados y el pueblo
tiene el derecho de abolir o cambiar cualquier forma de gobierno
que destruya estos fines” y esto varios siglos antes
de que nosotros tuviéramos la menor idea de lo que
significaba “democracia”. Conquistaron libertad
cuando nosotros tragábamos absolutismo. Pero, sobre
todo, descubrí que se tomaron totalmente en serio
lo que creían y no se contentaron con aplicarlo a
sus cultos del domingo, sino a todas las áreas de
la vida.
Me sentí miserable por mis prejuicios sobre ellos
y aprendí a pensar por mi cabeza, no por los prejuicios
y clichés de los demás. Hay términos
que sólo pronunciarlos disparan el fervor condenatorio
inquisitorial irreflexivo e ignorante, aunque se vista de
progresista: muchos se presignan –y yo estaba entre
ellos– con sólo oír “puritanismo” (sin
haber leído a Baxter), “calvinismo” (sin
haber leído a Calvino) o “fundamentalismo” (sin
tener idea de qué fueron los Fundamentals). Yo creía
que “puritano” era igual a “retrógrado”,
pero descubrí que nuestros hermanos puritanos revolucionaron
la sociedad en la que vivieron y muchísimos avances
absolutamente progresistas se deben sólo a ellos.
No les paró ni un minuto la pobre imagen que muchos
tenían de ellos: no miraron a su alrededor, miraron
adentro, a su corazón, y arriba, a su soberano Dios;
sus conquistas se fundamentaron en su convicción.
De ellos aprendí también algo: empieza a preocuparme
poco la imagen progre o retrógrada que los demás
tengan de mí, empieza a preocuparme menos que algunos
liberales me acusen de “fundamentalista” o algunos
conservadores de “mundano”: no quiero gastar
mucha energía en obsesionarme con eso; quiero volver
cada día a la centralidad de Cristo y al valor absoluto
de la Escritura, aunque a algunos les parezca poco avanzado;
quiero ser cada vez más consecuente con mi fe, aplicarla
a todas las áreas de mi vida sin exclusión;
quiero así ayudar a cambiar mi sociedad.
La hoja que
guardamos en mi casa contiene el texto de Josué 24.15: “Y
si mal os parece servir a Jehová, escogeos hoy a quién
sirváis; si a los dioses a quienes sirvieron vuestros
padres, cuando estuvieron al otro lado del río, o
a los dioses de los amorreos en cuya tierra habitáis;
pero yo y mi casa serviremos a Jehová”, y al
margen, se lee un comentario: “Esto nos enseña
que, aunque todo el mundo se quiera apartar de Dios, con
todo y eso cada uno de nosotros personalmente está vinculado
de forma inseparable a Él”.
Manuel Suárez es médico
y miembro
de la Junta Directiva del Consell Evanxélico Galego.
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