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Número 04 - 26 de septiembre de 20033
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Linchamientos y otros juicios

‘No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido.’ (Mateo 7:1-2)

Los recientes acontecimientos en los pueblos malagueños de Coín y Mijas están acaparando la atención de toda la sociedad española. Los asesinatos de dos muchachas, separados en el tiempo aunque apenas en el espacio, no cesan de ser fuentes de noticias cada día, especialmente por la reciente autoinculpación de un ciudadano británico como autor de ambos crímenes y el consiguiente sobreseimiento de la causa contra la acusada de uno de ellos. No cabe duda de que estamos frente a unos sucesos que han puesto en entredicho a más de un estamento y que son una radiografía de nuestra sociedad en conjunto. Los medios de comunicación han sido puestos en evidencia por haber fomentado juicios por adelantado y paralelos al que se desarrolló dentro de la sala del tribunal hace ahora un par de años. El sistema del jurado, de reciente creación en España, ha quedado en descrédito al haber condenado por asesinato a una persona inocente. El trabajo de policía y jueces, lejos de ser objetivo, estaba mediatizado por la presión social azuzada por los voraces medios de comunicación. El pueblo puede quedar retratado en la agitada masa (por usar una palabra diplomática) que aguardaba a la acusada (ahora inocente) a la puerta de su casa o de la comisaría de policía para descargar toda su furia contra ella. Y en cuanto a la parte acusadora ha quedado patente su odio por encima de toda racionalidad. En fin ¡Una metedura de pata colectiva que nos pone en el lugar que nos corresponde!

Sin embargo, y esto es lo más triste, no parece que se hayan aprendido demasiadas lecciones: Al ahora presunto asesino se le ha ido a esperar a la puerta de la comisaría para darle una ‘bienvenida’ similar a la que se le diera a la anterior acusada. Resulta un espectáculo bochornoso ver, vez tras vez, a una turba de gente sujetada por las fuerzas del orden y vociferando insultos e improperios contra un acusado; es la antítesis del sistema democrático, en el que una persona es inocente hasta que no se demuestre lo contrario, siendo un tribunal de justicia el único legalmente capacitado para demostrar su culpabilidad. Ahora bien, la antítesis de la presunción de inocencia tiene un nombre, un terrible nombre muy español: Inquisición. Como es sabido, la nota característica de ese ‘tribunal de justicia’ era que el acusado era culpable hasta que no se demostrara lo contrario ¡y era asunto arduo demostrar tal cosa!. Las monstruosidades que tal ‘principio jurídico’ originó son conocidas de todos. Y no obstante ¡cuánto espíritu de Torquemada sigue habiendo hoy en día, entre los de a pie y entre los de a caballo! Hasta es posible que algunas de las personas en Coín y en Mijas que formaban parte de la jauría humana contra la primera acusada estuvieran también presentes en la orgía de aullidos contra el segundo acusado.

Resulta desgarrador ver que el primer día que pasó en la cárcel el ciudadano británico, ahora presuntamente culpable de los asesinatos, fuera increpado con gritos de ¡Asesino! por reclusos desde las celdas contiguas; ahí tenemos a personas, algunas de ellas ya condenadas con sentencia firme, dictaminando sobre alguien que todavía no ha sido juzgado por un tribunal. Es el culpable resolviendo sobre el presuntamente culpable. Es el culpable sin un miligramo de empatía hacia el presuntamente culpable. Y en cuanto a los medios de comunicación el vuelco de los acontecimientos les ha supuesto un filón que hay que explotar aunque sea sobre la base de suposiciones, tergiversaciones, exageraciones o hipótesis, siendo lo importante no la verdad, para la cual hace falta tiempo, profundidad, desapasionamiento y estudio, sino el impacto, es decir, lo que vende. Y de esa comida-basura viven ellos y se alimenta el pueblo.

Pero no es por casualidad que esas actitudes se hayan generalizado; más bien son la lógica consecuencia del terreno que hemos ido preparando y que ahora nos da sus frutos. Las cadenas de televisión dedican horas y horas diarias de programación para entrometerse en la vida privada de determinadas personas públicas, sacando sus trapos sucios a la luz, y si no hay trapos sucios que alimenten nuestra morbosidad, los inventan. Los juicios de valor superficiales, difamatorios, parciales y escarnecedores sobre dichas personas se multiplican, no quedando piedra por remover con tal de hurgar en el estiércol y ver quién consigue la exclusiva más escandalosa. Ahora bien, esa misma filosofía no sólo se aplica para casos como Fulanita se ha acostado con Menganito, sino en el tratamiento de trágicos sucesos como los que ahora estamos viviendo. Es la prostitución del periodismo que, sacrificando la verdad, busca la rentabilidad. ¡Qué lejos queda de la razón de ser (formar y entretener) de la televisión esta deformación de las cosas y este circo en el que han convertido la vida!

El pasaje bíblico arriba citado forma parte del Sermón del Monte, en el que Jesús trata, entre otras cosas, de algunas de las pasiones que mueven a los seres humanos: El resentimiento hacia otros, el deseo sexual desordenado, el hablar más de la cuenta, el tomar revancha, etc. Concretamente en ese texto Jesús habla sobre una de esas tendencias destructoras: la propensión que tenemos a convertirnos en jueces de los demás. Se trata de uno de los pecados más corrientes y universales, pero no por ello menos vil. Por supuesto que hay un juzgar que es necesario y que agrada a Dios: El que está hecho con imparcialidad, con temor de Dios, con profundidad, con verdad, con equidad y basado en el equilibrio, la reflexión y la madurez. Después de todo el juicio es una capacidad que Dios mismo nos ha otorgado y que nos distingue de otras criaturas, no en vano expresiones como “estar en su juicio” o “perder el juicio” indican racionalidad o falta de ella. Pero así como hay un juzgar que complace a Dios también hay un juzgar que aborrece: Es un juzgar precipitado, de oídas, basado en prejuicios, parcial, que encasilla a las personas en clichés o estereotipos, que tiene su sede en un espíritu detractor y amigo de la maledicencia.

¡De cuántas cosas vamos a tener que dar cuentas en su día! Una de ellas va a ser sobre esta perniciosa tendencia de convertirnos en jueces apresurados e implacables de los demás y lo terrible de todo ello es que se nos va aplicar el mismo criterio de rigor que nosotros hayamos usado con otros. Por eso, ten cuidado con las valoraciones y resoluciones que haces sobre los demás y antes de hacerlas examínate a ti mismo no sea que quieras tirar la piedra cuando tú mismo eres culpable.

Wenceslao Calvo es conferenciante y pastor en una iglesia de Madrid.
© W. Calvo, 2003, Madrid, España.

 
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