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Linchamientos
y otros juicios
‘No juzguéis,
para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con
que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida
con que medís, os será medido.’ (Mateo
7:1-2)
Los recientes acontecimientos en
los pueblos malagueños de Coín y Mijas están
acaparando la atención de toda la sociedad española.
Los asesinatos de dos muchachas, separados en el tiempo aunque
apenas en el espacio, no cesan de ser fuentes de noticias
cada día, especialmente por la reciente autoinculpación
de un ciudadano británico como autor de ambos crímenes
y el consiguiente sobreseimiento de la causa contra la acusada
de uno de ellos. No cabe duda de que estamos frente a unos
sucesos que han puesto en entredicho a más de un estamento
y que son una radiografía de nuestra sociedad en conjunto.
Los medios de comunicación han sido puestos en evidencia
por haber fomentado juicios por adelantado y paralelos al
que se desarrolló dentro de la sala del tribunal hace
ahora un par de años. El sistema del jurado, de reciente
creación en España, ha quedado en descrédito
al haber condenado por asesinato a una persona inocente. El
trabajo de policía y jueces, lejos de ser objetivo,
estaba mediatizado por la presión social azuzada por
los voraces medios de comunicación. El pueblo puede
quedar retratado en la agitada masa (por usar una palabra
diplomática) que aguardaba a la acusada (ahora inocente)
a la puerta de su casa o de la comisaría de policía
para descargar toda su furia contra ella. Y en cuanto a la
parte acusadora ha quedado patente su odio por encima de toda
racionalidad. En fin ¡Una metedura de pata colectiva
que nos pone en el lugar que nos corresponde!
Sin embargo, y esto es lo más triste, no parece que
se hayan aprendido demasiadas lecciones: Al ahora presunto
asesino se le ha ido a esperar a la puerta de la comisaría
para darle una ‘bienvenida’ similar a la que se
le diera a la anterior acusada. Resulta un espectáculo
bochornoso ver, vez tras vez, a una turba de gente sujetada
por las fuerzas del orden y vociferando insultos e improperios
contra un acusado; es la antítesis del sistema democrático,
en el que una persona es inocente hasta que no se demuestre
lo contrario, siendo un tribunal de justicia el único
legalmente capacitado para demostrar su culpabilidad. Ahora
bien, la antítesis de la presunción de inocencia
tiene un nombre, un terrible nombre muy español: Inquisición.
Como es sabido, la nota característica de ese ‘tribunal
de justicia’ era que el acusado era culpable hasta que
no se demostrara lo contrario ¡y era asunto arduo demostrar
tal cosa!. Las monstruosidades que tal ‘principio jurídico’
originó son conocidas de todos. Y no obstante ¡cuánto
espíritu de Torquemada sigue habiendo hoy en día,
entre los de a pie y entre los de a caballo! Hasta es posible
que algunas de las personas en Coín y en Mijas que
formaban parte de la jauría humana contra la primera
acusada estuvieran también presentes en la orgía
de aullidos contra el segundo acusado.
Resulta desgarrador ver que el primer día que pasó
en la cárcel el ciudadano británico, ahora presuntamente
culpable de los asesinatos, fuera increpado con gritos de
¡Asesino! por reclusos desde las celdas contiguas; ahí
tenemos a personas, algunas de ellas ya condenadas con sentencia
firme, dictaminando sobre alguien que todavía no ha
sido juzgado por un tribunal. Es el culpable resolviendo sobre
el presuntamente culpable. Es el culpable sin un miligramo
de empatía hacia el presuntamente culpable. Y en cuanto
a los medios de comunicación el vuelco de los acontecimientos
les ha supuesto un filón que hay que explotar aunque
sea sobre la base de suposiciones, tergiversaciones, exageraciones
o hipótesis, siendo lo importante no la verdad, para
la cual hace falta tiempo, profundidad, desapasionamiento
y estudio, sino el impacto, es decir, lo que vende. Y de esa
comida-basura viven ellos y se alimenta el pueblo.
Pero no es por casualidad que esas actitudes se hayan generalizado;
más bien son la lógica consecuencia del terreno
que hemos ido preparando y que ahora nos da sus frutos. Las
cadenas de televisión dedican horas y horas diarias
de programación para entrometerse en la vida privada
de determinadas personas públicas, sacando sus trapos
sucios a la luz, y si no hay trapos sucios que alimenten nuestra
morbosidad, los inventan. Los juicios de valor superficiales,
difamatorios, parciales y escarnecedores sobre dichas personas
se multiplican, no quedando piedra por remover con tal de
hurgar en el estiércol y ver quién consigue
la exclusiva más escandalosa. Ahora bien, esa misma
filosofía no sólo se aplica para casos como
Fulanita se ha acostado con Menganito, sino en el tratamiento
de trágicos sucesos como los que ahora estamos viviendo.
Es la prostitución del periodismo que, sacrificando
la verdad, busca la rentabilidad. ¡Qué lejos
queda de la razón de ser (formar y entretener) de la
televisión esta deformación de las cosas y este
circo en el que han convertido la vida!
El pasaje bíblico arriba citado forma parte del Sermón
del Monte, en el que Jesús trata, entre otras cosas,
de algunas de las pasiones que mueven a los seres humanos:
El resentimiento hacia otros, el deseo sexual desordenado,
el hablar más de la cuenta, el tomar revancha, etc.
Concretamente en ese texto Jesús habla sobre una de
esas tendencias destructoras: la propensión que tenemos
a convertirnos en jueces de los demás. Se trata de
uno de los pecados más corrientes y universales, pero
no por ello menos vil. Por supuesto que hay un juzgar que
es necesario y que agrada a Dios: El que está hecho
con imparcialidad, con temor de Dios, con profundidad, con
verdad, con equidad y basado en el equilibrio, la reflexión
y la madurez. Después de todo el juicio es una capacidad
que Dios mismo nos ha otorgado y que nos distingue de otras
criaturas, no en vano expresiones como “estar en su
juicio” o “perder el juicio” indican racionalidad
o falta de ella. Pero así como hay un juzgar que complace
a Dios también hay un juzgar que aborrece: Es un juzgar
precipitado, de oídas, basado en prejuicios, parcial,
que encasilla a las personas en clichés o estereotipos,
que tiene su sede en un espíritu detractor y amigo
de la maledicencia.
¡De cuántas cosas vamos a tener que dar cuentas
en su día! Una de ellas va a ser sobre esta perniciosa
tendencia de convertirnos en jueces apresurados e implacables
de los demás y lo terrible de todo ello es que se nos
va aplicar el mismo criterio de rigor que nosotros hayamos
usado con otros. Por eso, ten cuidado con las valoraciones
y resoluciones que haces sobre los demás y antes de
hacerlas examínate a ti mismo no sea que quieras tirar
la piedra cuando tú mismo eres culpable.
Wenceslao Calvo es conferenciante
y pastor en una iglesia de Madrid.
© W. Calvo, 2003, Madrid, España.
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