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Ecoética: ética
ecológica
Los cristianos deben tomar partido,
comprometerse y hacer una profunda reflexión ética,
sobre la relación que existe entre toda actividad humana
y su relación con el medio ambiente. Deben replantearse,
de forma responsable, si la relación del hombre con
la tierra a lo largo de los siglos ha sido la correcta; si
no hemos hecho una teología demasiado antropocentrista
con desprecio del resto del cosmos; si el mandato de Dios en
la Biblia de “dominar la tierra” no lo hemos tomado
en un sentido utilitarista y de despojo como si los recursos
naturales no tuvieran límites; si los cristianos no
nos hemos considerado más cerca de los seres celestiales
o de los ángeles, separándonos y despreciando
al resto de la creación y del cosmos en un antropocentrismo
que infravalora el resto de la creación; si el ser humano,
creado a imagen y semejanza de Dios, no ha abusado de esa corresponsabilidad
que Dios le ha dado en ese dominio de la tierra que la ha despojado,
contaminado, empobrecido y depredado.
Y hablo de los cristianos y no
del hombre en general, porque esta es una acusación
que se hace al cristianismo desde una ecología radical,
desde la llamada Deep Ecology, que va a acusar al pensamiento
cristiano de haber puesto en marcha la degradación del
medio ambiente y el despojo utilitarista de la tierra, debido
a la filosofía que encierra el texto del Génesis
que dice: “Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra
y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las
aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre
la tierra”. Para la Deep Ecology aquí estaría
la desgracia de la degradación del medio ambiente y
del deterioro de la naturaleza por causa del hombre. Este texto
bíblico, desde el punto de vista de esta ecología
radical, daría las claves teológicas o filosóficas
para la degradación del medio ambiente.
Lógicamente los cristianos no podemos estar de acuerdo
con esta acusación de la Deep Ecology, ya que este
texto, en el contexto de criaturas a imagen y semejanza de
Dios, debería reinterpretarse en clave de responsabilidad ética
o moral al presentarse el hombre como un colaborador de Dios
en la propia creación. Mas bien se debería
interpretar como la posibilidad que tiene el hombre de colaborar
con Dios en el cuidado, mimo y relación respetuosa
del hombre con la creación. Dominar y dominarse, sojuzgar
y sojuzgarse considerándose él mismo como parte
de la creación de Dios. El hombre no está excluido
de la biosfera en general y, viceversa, la biosfera perdería
una gran parte de su significado si de ella se separara el
hombre, toda la antroposfera. Hombre y naturaleza caminan
juntos y corren el mismo destino.
Se ha hablado de que el grito de la tierra es el grito de
los hombres. Y así es. Hay una correlación
entre la depredación de la tierra y el deterioro del
medio ambiente con la anulación de las posibilidades
del hombre, con la pobreza, con la infravida de la exclusión
social de los pueblos pobres. El medio ambiente contaminado
y muerto, imposibilita todo tipo de actividad humana digna.
Si el medio ambiente se deteriora y grita, el hombre también.
Ese es el círculo vicioso de lo contaminado y de los
contaminadores. Así, el hombre, por egoísmo
propio, debería reflexionar más en una ética
ecológica que acabara beneficiando al cosmos.
Así, desde un punto de vista cristiano podríamos
proponer una triple relación dentro de una ecoética
que salvara al cosmos y a los hombres, que aliviara tanto
a la biosfera en general como a toda la antroposfera, al
hombre y a la mujer.
En un primer lugar deberíamos hacer una reflexión
de la relación del hombre con lo que no es hombre,
con aquella materia con la que a veces no queremos identificarnos,
con lo que no consideramos propiamente humano, con lo otro:
la tierra, los mares, la atmósfera, el medio ambiente,
buscar tomar de la tierra sólo aquello imprescindible
para un desarrollo sostenible de la humanidad. Las soluciones
aquí ya no vendrían solamente de la aplicación
de nuevas tecnologías, sino de la creación
de nuevos valores ecoéticos de solidaridad, hermanamiento
entre los hombres erradicando las acumulaciones egoístas.
La Ética Ecológica debe situarse por encima
de la técnica. Y la filosofía que más
podría aportar en el nacimiento de esta ecoética,
sería claramente el cristianismo que enseña
a amar y a valorar tanto a los hombres como a la creación.
La misma figura de Jesús debería verse desde
aspectos menos antropológicos y más cósmicos.
Un Jesús preocupado por la tierra, por las semillas,
por los lirios del campo y por las aves del cielo. Quizás
las antropologías deberían ser menos antropológicas
y mostrar más al Cristo Cósmico.
En segundo lugar la actividad humana se debería enfocar
como colaboración con el hombre siguiendo el sentido
de projimidad de Jesús y no como egoísmos,
enriquecimientos y acumulaciones que eliminan esa práctica
de la projimidad. Si esto fuera así, quizás
no se caería en las explotaciones agresivas de alto
rendimiento que agotan la naturaleza y empobrecen al hombre.
Aquí, en esta parte de una ecoética, el cristianismo
es una opción privilegiada que puede aportar los estilos
de vida y las prioridades de Jesús que podrían
ir conformando los necesarios valores ecoéticos.
En tercer lugar, una ecoética auténtica necesita
potenciar la relación de lo creado con el Creador.
Centrarnos en el auténtico Dios y rechazar al dios
Mammón, al dios de las riquezas y del consumo desmedido.
Este antidios, Mammón, el dios del consumo y del dinero,
es el realmente culpable del deterioro y degradación
de la tierra, de toda la ecología, del cosmos... Lo
que pasa es que, a veces, los llamados cristianos, también
le seguimos. Pero la culpa no es del texto bíblico,
sino de la inclinación del hombre al pecado. La ecoética
necesita de una profunda conversión del hombre.
Juan Simarro Fernández,
licenciado en Filosofía,
escritor y director de Misión Evangélica Urbana
de Madrid.
© J. Simarro, 2003, Madrid, España.
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