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Número 04 - 23 de septiembre de 2003
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JUan simarro

Ecoética: ética ecológica

Los cristianos deben tomar partido, comprometerse y hacer una profunda reflexión ética, sobre la relación que existe entre toda actividad humana y su relación con el medio ambiente. Deben replantearse, de forma responsable, si la relación del hombre con la tierra a lo largo de los siglos ha sido la correcta; si no hemos hecho una teología demasiado antropocentrista con desprecio del resto del cosmos; si el mandato de Dios en la Biblia de “dominar la tierra” no lo hemos tomado en un sentido utilitarista y de despojo como si los recursos naturales no tuvieran límites; si los cristianos no nos hemos considerado más cerca de los seres celestiales o de los ángeles, separándonos y despreciando al resto de la creación y del cosmos en un antropocentrismo que infravalora el resto de la creación; si el ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, no ha abusado de esa corresponsabilidad que Dios le ha dado en ese dominio de la tierra que la ha despojado, contaminado, empobrecido y depredado.

Y hablo de los cristianos y no del hombre en general, porque esta es una acusación que se hace al cristianismo desde una ecología radical, desde la llamada Deep Ecology, que va a acusar al pensamiento cristiano de haber puesto en marcha la degradación del medio ambiente y el despojo utilitarista de la tierra, debido a la filosofía que encierra el texto del Génesis que dice: “Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra”. Para la Deep Ecology aquí estaría la desgracia de la degradación del medio ambiente y del deterioro de la naturaleza por causa del hombre. Este texto bíblico, desde el punto de vista de esta ecología radical, daría las claves teológicas o filosóficas para la degradación del medio ambiente.

Lógicamente los cristianos no podemos estar de acuerdo con esta acusación de la Deep Ecology, ya que este texto, en el contexto de criaturas a imagen y semejanza de Dios, debería reinterpretarse en clave de responsabilidad ética o moral al presentarse el hombre como un colaborador de Dios en la propia creación. Mas bien se debería interpretar como la posibilidad que tiene el hombre de colaborar con Dios en el cuidado, mimo y relación respetuosa del hombre con la creación. Dominar y dominarse, sojuzgar y sojuzgarse considerándose él mismo como parte de la creación de Dios. El hombre no está excluido de la biosfera en general y, viceversa, la biosfera perdería una gran parte de su significado si de ella se separara el hombre, toda la antroposfera. Hombre y naturaleza caminan juntos y corren el mismo destino.

Se ha hablado de que el grito de la tierra es el grito de los hombres. Y así es. Hay una correlación entre la depredación de la tierra y el deterioro del medio ambiente con la anulación de las posibilidades del hombre, con la pobreza, con la infravida de la exclusión social de los pueblos pobres. El medio ambiente contaminado y muerto, imposibilita todo tipo de actividad humana digna. Si el medio ambiente se deteriora y grita, el hombre también. Ese es el círculo vicioso de lo contaminado y de los contaminadores. Así, el hombre, por egoísmo propio, debería reflexionar más en una ética ecológica que acabara beneficiando al cosmos.

Así, desde un punto de vista cristiano podríamos proponer una triple relación dentro de una ecoética que salvara al cosmos y a los hombres, que aliviara tanto a la biosfera en general como a toda la antroposfera, al hombre y a la mujer.

En un primer lugar deberíamos hacer una reflexión de la relación del hombre con lo que no es hombre, con aquella materia con la que a veces no queremos identificarnos, con lo que no consideramos propiamente humano, con lo otro: la tierra, los mares, la atmósfera, el medio ambiente, buscar tomar de la tierra sólo aquello imprescindible para un desarrollo sostenible de la humanidad. Las soluciones aquí ya no vendrían solamente de la aplicación de nuevas tecnologías, sino de la creación de nuevos valores ecoéticos de solidaridad, hermanamiento entre los hombres erradicando las acumulaciones egoístas. La Ética Ecológica debe situarse por encima de la técnica. Y la filosofía que más podría aportar en el nacimiento de esta ecoética, sería claramente el cristianismo que enseña a amar y a valorar tanto a los hombres como a la creación. La misma figura de Jesús debería verse desde aspectos menos antropológicos y más cósmicos. Un Jesús preocupado por la tierra, por las semillas, por los lirios del campo y por las aves del cielo. Quizás las antropologías deberían ser menos antropológicas y mostrar más al Cristo Cósmico.

En segundo lugar la actividad humana se debería enfocar como colaboración con el hombre siguiendo el sentido de projimidad de Jesús y no como egoísmos, enriquecimientos y acumulaciones que eliminan esa práctica de la projimidad. Si esto fuera así, quizás no se caería en las explotaciones agresivas de alto rendimiento que agotan la naturaleza y empobrecen al hombre. Aquí, en esta parte de una ecoética, el cristianismo es una opción privilegiada que puede aportar los estilos de vida y las prioridades de Jesús que podrían ir conformando los necesarios valores ecoéticos.

En tercer lugar, una ecoética auténtica necesita potenciar la relación de lo creado con el Creador. Centrarnos en el auténtico Dios y rechazar al dios Mammón, al dios de las riquezas y del consumo desmedido. Este antidios, Mammón, el dios del consumo y del dinero, es el realmente culpable del deterioro y degradación de la tierra, de toda la ecología, del cosmos... Lo que pasa es que, a veces, los llamados cristianos, también le seguimos. Pero la culpa no es del texto bíblico, sino de la inclinación del hombre al pecado. La ecoética necesita de una profunda conversión del hombre.

Juan Simarro Fernández, licenciado en Filosofía,
escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid.
© J. Simarro, 2003, Madrid, España.
  

 
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