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Carta
anónima con nombre propio
Despliego mis alas, vuelo hacia
tí envuelta en tiernos recuerdos de infancia. Toda
la estancia se llena de olores cuando desempolvo un viejo
álbum de recuerdos y apareces en alguna de ellas laureada
de ayer. El tiempo se viste de pasado, retorna al presente
e inventa una melodía para hacerte cercana con la cadencia
de los ausentes abrazos, que hoy rememoro con nostalgia.
Sé que más de una vez hemos querido hacer un
alto en el camino y apoderarnos de aquella amistad justamente
en el punto en la cual la abandonamos, cuando absorbidas por
tareas comunes permitimos que se nos escapasen momentos importantes,
citas especiales a las que renunciamos quitándoles
la importancia que sabemos poseían.
Hoy te escribo desde la lejanía, y aunque la distancia
en kilómetros sigue siendo la misma, el corazón
ha creado a base de ausencias una extensión aún
superior a la que hace años existía.
Te escribo con la siempre omnipresente nostalgia, con esa
desazón de saberte ausente, de mirar fotos y sentir
oquedades donde sin ser invitadas se cuela la desgana y el
desasosiego.
Hoy no sólo quiero que leas mis palabras, quiero que
las escudriñes, y compruebes cómo detrás
de cada frase existe un deseo implícito por volver
a retomar un conversación que en su día dejamos
sin concluir. Palabras que emiten la música que existe
en mi interior y que tú tan bien conoces.
Extiendo mi mirada hasta la distancia adecuada para poder
ver todo aquello que nos hizo ser cómplices de una
historia cuyo final no deseo que llegue aún. Y allí
veo los rastros que han quedado de nuestra unión, los
posos en las tazas de té, vacías tazas que aguardan
tu vuelta.
Me gustaría que echaras en falta las mismas cosas
que yo, simples y aparentemente insignificantes, pero plagadas
de una delicada esencia a pasado que las impregna de calidad
y valor. Aquí aparentemente todo sigue igual, la misma
gente, la misma rutina, el mismo caudal rítmico de
voces y risas. A menudo, muy a menudo echo muy en falta tu
voz entre las demás, tu risa entre las otras risas.
Hoy cuando leas esto, seguirás lejos, pero yo sin
mucho esfuerzo me habré acercado un poquito más
hacia ti.
No ha sido tan difícil, para hacer realidad ese acercamiento
tan sólo necesitamos poner nuestros corazones cerca
de Dios, él se encargará de hacer que la extensión
de silencio que nos separa se acorte por momentos, que se
rasgue el margen que delimita nuestros caminos y que volvamos
a disfrutar del mismo terreno sembrado de imperecedera amistad..
Yolanda Tamayo es colaboradora de
la revista Ventana Abierta (Asamblea Cristiana).
© Y. Tamayo, 2003, España
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