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¿Implicaciones
sociopolíticas de la fe? Uno de los peligros del cristianismo,
incluidos los movimientos protestantes, ha sido el centrarse
en una ética de tipo individualista, que mira a uno mismo
y su relación con Dios, olvidándose de las implicaciones
sociales y políticas de la fe. El cristianismo contiene
valores que pueden ser un revulsivo que tienda a transformar
la sociedad, a la promoción social de los hombres, a
su dignificación y al mejoramiento de las condiciones
sociales del hombre en el mundo. El vivir el cristianismo de
espaldas al dolor de los hombres, a su dignificación
y a los fenómenos tan fuertes que hoy existen en cuanto
a la pobreza y la exclusión social, hace que los valores
cristianos se vayan debilitando, permitiendo que tanto en la
Iglesia, como en la vivencia de la fe de los cristianos, se
vayan introduciendo valores antibíblicos que hacen que
vivamos una ética individualista y de consumo en choque
cultural con los valores cristianos que tienden a la práctica
de la projimidad, de la preocupación por el otro, de
la búsqueda de la justicia, incluyendo de forma ineludible
la justicia social. Es por eso que, en muchos de los
contextos políticos, sociales y culturales, no se ve
al cristianismo como alternativa y, además, se sospecha
y se duda de la fuerza de los valores cristianos. Así,
cuando uno mira las naciones cristianas de occidente, no se
ve que se destaquen en la búsqueda de la justicia social
en el mundo, ni por la lucha contra el hambre y la miseria buscando
la dignificación de las personas. En muchos de los grandes
países en donde el cristianismo es la base religiosa
del pueblo, se siguen aplicando políticas que aumentan
la separación entre ricos muy ricos y pobres muy pobres.
Hay grandes focos de marginación y de pobreza que conforman
el llamado Cuarto Mundo Urbano. Muchas veces, las naciones cristianas
permanecen calladas e inactivas ante el hambre en el mundo,
la exclusión, los desequilibrios económicos y
las injusticias sociales. Es verdad que, a nivel teórico, sí se puede
hablar de Derechos Humanos, de Justicia Social y de igualdad
entre los hombres. Hay encíclicas y escritos cristianos
que abogan por la eliminación de la pobreza. Es verdad
que la Teología de la Liberación, la Doctrina
Social de la Iglesia y otros escritos cristianos, mantienen
los conceptos claves de la dignificación de los hombres,
de la igualdad, de la promoción humana y de la libertad.
Pero a nivel práctico, cualquiera que contemplara el
mundo en su globalidad, viera a más de medio mundo
en la miseria, comprobara el despojo de países y de
personas y viera el abandono de tantos coetáneos prójimos
nuestros, contemporáneos que van en el mismo barco
de la vida con nosotros, se daría cuenta que los esfuerzos
de los cristianos no han sido suficientes. Hay que eliminar
dolor, arreglar injusticias, reparar los entuertos realizados,
ser más activos en la práctica del amor y de
la justicia y pensar en una mayor solidaridad y compromiso
de cara al futuro. Lo que sí es cierto es que los principios evangélicos,
los valores del Reino, permanecen inmutables y son valores
que podrían cambiar el mundo hacia un lugar más
justo e igualitario. El problema no es de los valores del
Evangelio, sino de los cristianos que no viven la radicalidad
de los principios y del compromiso evangélico, siguiendo
a Jesús, sus estilos de vida, sus denuncias y sus prioridades. El Evangelio se ha vivido de una forma demasiado intimista
e individualista. Se necesita más compromiso y esfuerzos
en la puesta en marcha o en la conquista de algo que es esencial
al cristianismo y que se ha quedado como rezagado: la justicia
social y la dignificación de las personas. Un cristianismo
vivido de cara al sufrimiento de los hombres, solidario y
de práctica de la solidaridad. Hoy casi nadie considera al cristianismo ni a la iglesia
cristiana como relevantes en la lucha por la justicia y por
la eliminación de la pobreza y desigualdad sociales.
Comportando el mensaje cristiano unos valores claves en cuanto
a la vivencia de una ética social, cuya práctica
redundaría en la transformación de la sociedad,
en línea de una consecución de una convivencia
en justicia, paz y amor entre los hombres, nos hemos quedado
bloqueados por la falta de compromiso y la asunción
de valores consumistas antibíblicos, en contracultura
con los valores del Reino. Ojalá que la iglesia, poco
a poco, vaya asumiendo la búsqueda y la práctica
de estos valores cuyo olvido redundan en la mutilación
del auténtico Evangelio de la Gracia y de la Misericordia
de Dios.
Juan Simarro Fernández,
licenciado en Filosofía,
escritor y director de Misión Evangélica Urbana
de Madrid.
© J. Simarro, 2003, Madrid, España.
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