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Número 05 - 30 de septiembre, 2003
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JUan simarro

¿Implicaciones sociopolíticas de la fe?

Uno de los peligros del cristianismo, incluidos los movimientos protestantes, ha sido el centrarse en una ética de tipo individualista, que mira a uno mismo y su relación con Dios, olvidándose de las implicaciones sociales y políticas de la fe. El cristianismo contiene valores que pueden ser un revulsivo que tienda a transformar la sociedad, a la promoción social de los hombres, a su dignificación y al mejoramiento de las condiciones sociales del hombre en el mundo. El vivir el cristianismo de espaldas al dolor de los hombres, a su dignificación y a los fenómenos tan fuertes que hoy existen en cuanto a la pobreza y la exclusión social, hace que los valores cristianos se vayan debilitando, permitiendo que tanto en la Iglesia, como en la vivencia de la fe de los cristianos, se vayan introduciendo valores antibíblicos que hacen que vivamos una ética individualista y de consumo en choque cultural con los valores cristianos que tienden a la práctica de la projimidad, de la preocupación por el otro, de la búsqueda de la justicia, incluyendo de forma ineludible la justicia social.

Es por eso que, en muchos de los contextos políticos, sociales y culturales, no se ve al cristianismo como alternativa y, además, se sospecha y se duda de la fuerza de los valores cristianos. Así, cuando uno mira las naciones cristianas de occidente, no se ve que se destaquen en la búsqueda de la justicia social en el mundo, ni por la lucha contra el hambre y la miseria buscando la dignificación de las personas. En muchos de los grandes países en donde el cristianismo es la base religiosa del pueblo, se siguen aplicando políticas que aumentan la separación entre ricos muy ricos y pobres muy pobres. Hay grandes focos de marginación y de pobreza que conforman el llamado Cuarto Mundo Urbano. Muchas veces, las naciones cristianas permanecen calladas e inactivas ante el hambre en el mundo, la exclusión, los desequilibrios económicos y las injusticias sociales.

Es verdad que, a nivel teórico, sí se puede hablar de Derechos Humanos, de Justicia Social y de igualdad entre los hombres. Hay encíclicas y escritos cristianos que abogan por la eliminación de la pobreza. Es verdad que la Teología de la Liberación, la Doctrina Social de la Iglesia y otros escritos cristianos, mantienen los conceptos claves de la dignificación de los hombres, de la igualdad, de la promoción humana y de la libertad. Pero a nivel práctico, cualquiera que contemplara el mundo en su globalidad, viera a más de medio mundo en la miseria, comprobara el despojo de países y de personas y viera el abandono de tantos coetáneos prójimos nuestros, contemporáneos que van en el mismo barco de la vida con nosotros, se daría cuenta que los esfuerzos de los cristianos no han sido suficientes. Hay que eliminar dolor, arreglar injusticias, reparar los entuertos realizados, ser más activos en la práctica del amor y de la justicia y pensar en una mayor solidaridad y compromiso de cara al futuro.

Lo que sí es cierto es que los principios evangélicos, los valores del Reino, permanecen inmutables y son valores que podrían cambiar el mundo hacia un lugar más justo e igualitario. El problema no es de los valores del Evangelio, sino de los cristianos que no viven la radicalidad de los principios y del compromiso evangélico, siguiendo a Jesús, sus estilos de vida, sus denuncias y sus prioridades.

El Evangelio se ha vivido de una forma demasiado intimista e individualista. Se necesita más compromiso y esfuerzos en la puesta en marcha o en la conquista de algo que es esencial al cristianismo y que se ha quedado como rezagado: la justicia social y la dignificación de las personas. Un cristianismo vivido de cara al sufrimiento de los hombres, solidario y de práctica de la solidaridad.

Hoy casi nadie considera al cristianismo ni a la iglesia cristiana como relevantes en la lucha por la justicia y por la eliminación de la pobreza y desigualdad sociales. Comportando el mensaje cristiano unos valores claves en cuanto a la vivencia de una ética social, cuya práctica redundaría en la transformación de la sociedad, en línea de una consecución de una convivencia en justicia, paz y amor entre los hombres, nos hemos quedado bloqueados por la falta de compromiso y la asunción de valores consumistas antibíblicos, en contracultura con los valores del Reino. Ojalá que la iglesia, poco a poco, vaya asumiendo la búsqueda y la práctica de estos valores cuyo olvido redundan en la mutilación del auténtico Evangelio de la Gracia y de la Misericordia de Dios.

Juan Simarro Fernández, licenciado en Filosofía,
escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid.
© J. Simarro, 2003, Madrid, España.
  

 
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