| El
encanto de lugares y gentes Aún retengo con mucha frescura
los recuerdos de este último viaje que he realizado.
He pasado unos días en una preciosa ciudad de la
cual voy a omitir nombre y ubicación. Tenía
muchísimas ganas de conocerla, de perderme por entre
sus calles dejar pasar el tiempo observando con ese peculiar
placer con el cual se observa lo nuevo, con parsimonia
y asombro.
Llegué -como suelo llegar a cada lugar que visito-
con la mochila atestada de ganas por descubrir, y de dejar
que el lugar al cual me entrego sonsaque de mi algo nuevo
y desconocido. Es así como, tan desnuda de mi misma
y tan presta a dejarme enseñar, me he presentado ante
ella. Una ciudad plagada de encantos, de riquezas culturales,
con una mezcla bien conseguida de aromas a mestizaje. Me
he dejado envolver por las piedras que tanto han conocido,
que tantas conquistas han sufrido, acercándome hasta
ellas con ojos torpes de quien sólo conoce la historia
por lo que otros han escrito. He disfrutado calladamente de toda la belleza que cubre
sus rincones, de ese aire fresco que de mañana te
acaricia el rostro y te concede briznas de vitalidad. Sin embargo, he echado de menos algo, un toque que hubiese
conseguido que estas vacaciones fuesen perfectas. He echado
en falta la calidez de quienes habitan esa ciudad. Gente,
que por lo general me ha tratado de una forma fría,
con desdén y distanciamiento, consiguiendo hacerme
sentir turista en mi propio país. En las visitas que he efectuado a iglesias, museos o algún
lugar perteneciente al patrimonio cultural, he sido recibida
con una cordialidad muy dada en lugares como esos, sitios
frecuentados por miles de visitantes cada día. Sin
embargo, el ciudadano de a pie, el camarero, el dependiente
de una tienda, el chofer del autobús, el conserje
del hotel, la señora a la que le preguntas una dirección
concreta, ellos me han enseñado que la amabilidad
vende mucho. Me han demostrado que el encanto de una ciudad
depende mucho del trato que recibes cuando estás en
ella. Comento este hecho con algunos amigos que también
han visitado esta ciudad, y coinciden en lo mismo, haciéndome
ver que no son percepciones únicamente mías.
Esto me lleva a pensar, en la importancia que tiene el ser
buenos anfitriones. Los gestos y palabras cordiales hacen que te sientas cómodo
en un lugar que no es tu hábitat común; ofrecen
calidez al espacio en el cual estás. Una simple frase
grata o sencillamente una sonrisa entregada sin más,
otorgan un aire de complicidad a seres de diferentes pueblos,
ciudades, países... Siempre intento sonsacar lo bueno que posee todo aquello
que me acontece. Esta experiencia ha hecho que sienta la
necesidad de valorar aún mucho más si cabe,
este rincón del sur donde vivo; un sitio donde la
gracia y la cordialidad son tarjeta de presentación
continua, unas credenciales que me gustaría encontrar
en todos aquellos sitios a los que visito y que por desgracia
en estas vacaciones han brillado por su ausencia.
Yolanda Tamayo es colaboradora de
la revista Ventana Abierta (Asamblea Cristiana).
© Y. Tamayo, 2003, España |