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Número 05 - 03 de octubre, 2003
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A corazón abierto...
JUAN ANTONIO MONROY

Iglesia y vida

En su diaria sección del periódico El Mundo, Antonio Gala escribió el otro día una frase bellísima, evangélica cien por cien. El famoso novelista, poeta y dramaturgo comentaba un documento emitido por el Papa Juan Pablo XXIII en 1962. Este hombre –¡quién lo iba a decir!– al que llamaba el Papa bueno, prohibía a los obispos de la Iglesia católica que denunciaran cualquier abuso sexual por parte de los sacerdotes. Y lo prohibía bajo pena de excomunión. Aquí viene la frase de Gala. Metido en el delicado terreno de las comparaciones, el celebrado escritor dice: “Jesús era otra cosa. Según se ve, no ha tenido buenos sucesores. O quizás es que Él jamás proyectó la creación de una Iglesia ensimismada y asativa, sino una forma luminosa de vida”.

Esto mismo creo yo. Que en el pensamiento de Cristo nunca estuvo la creación de una Iglesia tal como la presenta el catolicismo ni como la concibe el protestantismo. En las cuatro biografías divinamente inspiradas que conocemos de Cristo, la palabra Iglesia aparece sólo en dos ocasiones. Una tiene que ver con las rencillas entre sus miembros, las humanas miserias. La segunda se refiere al establecimiento de la Iglesia, a partir de la proclamación que Pedro hizo de su divinidad.

Ahora bien: Si Cristo hubiese vivido treinta años más; si Pablo no hubiese abrazado la fe cristiana, procedente del judaísmo radical, ¿cómo habría sido la Iglesia fundada y desarrollada por Cristo? ¿Habría tenido el amor una mayor preeminencia sobre la Ley? Una cosa es segura: esta hipotética Iglesia no habría dado lugar a siglos de discusiones y excomuniones en torno a puntos doctrinales mínimos que nosotros convertimos en montañas inaccesibles.

Para volver al origen puede que sea demasiado tarde. Sacudir el edificio del cristianismo y levantar estructuras nuevas es tarea de gigantes, y a todos se nos han agotado las fuerzas.

Juan Antonio Monroy

 
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