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Iglesia
y vida
En su diaria
sección del periódico El Mundo, Antonio Gala
escribió el otro día una frase bellísima,
evangélica cien por cien. El famoso novelista, poeta
y dramaturgo comentaba un documento emitido por el Papa
Juan Pablo XXIII en 1962. Este hombre –¡quién
lo iba a decir!– al que llamaba el Papa bueno, prohibía
a los obispos de la Iglesia católica que denunciaran
cualquier abuso sexual por parte de los sacerdotes. Y lo
prohibía bajo pena de excomunión. Aquí viene
la frase de Gala. Metido en el delicado terreno de las
comparaciones, el celebrado escritor dice: “Jesús
era otra cosa. Según se ve, no ha tenido buenos
sucesores. O quizás es que Él jamás
proyectó la creación de una Iglesia ensimismada
y asativa, sino una forma luminosa de vida”.
Esto mismo creo yo. Que en el pensamiento de Cristo nunca
estuvo la creación de una Iglesia tal como la presenta
el catolicismo ni como la concibe el protestantismo. En las
cuatro biografías divinamente inspiradas que conocemos
de Cristo, la palabra Iglesia aparece sólo en dos
ocasiones. Una tiene que ver con las rencillas entre sus
miembros, las humanas miserias. La segunda se refiere al
establecimiento de la Iglesia, a partir de la proclamación
que Pedro hizo de su divinidad.
Ahora bien: Si Cristo hubiese
vivido treinta años
más; si Pablo no hubiese abrazado la fe cristiana,
procedente del judaísmo radical, ¿cómo
habría sido la Iglesia fundada y desarrollada por
Cristo? ¿Habría tenido el amor una mayor preeminencia
sobre la Ley? Una cosa es segura: esta hipotética
Iglesia no habría dado lugar a siglos de discusiones
y excomuniones en torno a puntos doctrinales mínimos
que nosotros convertimos en montañas inaccesibles.
Para volver al origen puede que sea
demasiado tarde. Sacudir el edificio del cristianismo y levantar
estructuras nuevas es tarea de gigantes, y a todos se nos
han agotado las fuerzas.
Juan Antonio Monroy
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