| Marketing
y evangelización La iglesia no es una empresa ni
el mundo un mercado. Ni el marketing, ni la emotividad sublimada,
ni la propaganda pueden ser atajo para conseguir un fin, en
ocasiones rápido, inmediato, pero de corta duración.
No hay fórmulas “de crecimiento de iglesia”
que con un márheting disciplinado produzca creyentes,
tenga éxito y pueda ser modelo para otras. Los resultados,
de quienes buscan una expansión rápida, suelen
tener consecuencias trágicas y dañinas. Suelen
crear cristianos sin conocimiento doctrinal, vital y práctico
que caen rápidamente en supersticiones extrabíblicas.
Alguno dirá o estará
pensando ahora: bueno, una cosa es la conversión y
otra la formación, el crecimiento. Primero evangelicemos,
trabajemos por nuevas conversiones y luego formemos, equipemos
al creyente. Esto es verdad, pero no todos
los contextos son iguales. Pablo, en un mes o dos, plantó
varias iglesias. Sin embargo, el conocimiento religioso de
la mayoría constituyente de esas iglesias de Pablo,
tenía un alto grado de preparación para entender
el mensaje profético y entregarse a los pies de Cristo.
No es lo mismo en la sociedad de hoy, cuyas tradiciones y
cultura cristiana es muy deficiente. No tener esto en cuenta,
puede provocar manipulación de conciencias y a la larga,
un rechazo social y religioso perdurable. La educación y formación
cristiana es un trabajo lento, sin resultados inmediatos en
la mayoría de los casos. Es lo opuesto al máketing,
a la venta, a la propaganda, a la emotividad. Exige un esfuerzo
constante, un estudio razonado de las cosas de Dios y después
será el individuo el que dé una respuesta al
mensaje profético. El entendimiento tiene que ser conquistado
por una razón trascendental y antes de que el evangelista
busque conversiones en el momento, es necesario que haya habido
un educador, un maestro que haya tenido en cuenta la personalidad
del individuo, ensanchando su imaginación y el poder
de buscar la verdad mediante el discernimiento. Porque la fe viene por el oír
y esta es un don de Dios, es necesario que lo que el individuo
oiga sea trascendente y eterno. No podemos ofrecer un Evangelio
de gente que se cae de espaldas por arte del sugestionador
de turno que con su música, su espectáculo,
su propaganda de curaciones y una vida en prosperidad, puede
convulsionar el corazón por unos momentos, pero no
la mente para buscar la verdad. En este contexto de la búsqueda
de conversiones rápidas a través de la emotividad
de las masas, parecería improcedente la extensión
del Evangelio por iglesias pequeñas y aisladas. En
las llamadas “mega-iglesias” centros congregacionales
de cientos y miles de miembros, muchas veces se busca el estímulo
que precede a la creencia, agigantado este estímulo
por la emoción colectiva que se produce, pero quizás
falta el poder del Espíritu mediante la Palabra de
Dios.
No tenemos que escandalizarnos de ser “manada pequeña”,
ni avergonzarnos de pertenecer a pequeñas iglesias.
La extensión del Evangelio nace del poder de Dios y
en la debilidad del hombre, nunca al revés. KAR BARTH dice: “El
mensaje del hombre nuevo tiene que ser anunciado por el hombre.
Mas no serán los hombres quienes le hagan triunfar,
sino su propia fuerza. El valor que se nos exige, es el valor
de la confianza en su fuerza intrínseca”.
Es pues la fuerza de la Palabra
la que tiene poder y no es la fuerza de las grandes iglesias
o de quienes proyectan atracciones de espectáculo,
de show para sustituir el culto, de medios de última
hora para sustituir el mensaje o de superhombres para sustituir
a Dios. La iglesia en expansión
crece, replegándose en si misma. Esto es, se concentra,
se recoge y, paradójicamente, se expande. La iglesia
primitiva experimentó este sistema. La persecución
no solo diezmó las iglesias y esparció a sus
líderes, sino que tener dones y puestos de dirección
era peligroso. Las dificultades e impedimentos, sorprendentemente
hicieron crecer y expandir la iglesia como una plaga, al decir
de sus enemigos. No solo sobrevivió sino que creció
en fuerza y número. ¿Cómo fue posible? Aunque haya razones de orden
sociológico y religioso, lo fundamental de este hecho
fue la concentración en si misma. Muchas iglesias viven,
hoy en día, en compartimentos estancos, independientes
y libres pero sin conexión, descentradas y sin motivación
a cualquier esfuerzo unido. Viven como si la independencia,
fuese el vivir como el “llanero solitario”, ajenos
a las vicisitudes de los miembros del cuerpo de Cristo quien
se entregó por ella. La iglesia primitiva veló
por su credo, por el bienestar de sus miembros, creó
una atmósfera de ilusión capaz de irradiar y
atraer por la fuerza de su propio dinamismo interno (Mirad-
se decía- cómo se aman) y la fuerza espiritual
de sus vidas. No buscaban los cristianos a la gente, sino
la gente a los cristianos. Su vida atraía, porque a
todos les preocupaba lo de los demás y no les era indiferente
la suerte de los que le rodeaban. Una iglesia recogida en espíritu
delante del Señor expresa una actitud de fe y confianza
que transmite. A veces la actividad mas enérgica es
quedarse quietos, no para holgazanear, para olvidar la misión,
para olvidar a los demás, sino para mirar al Señor
y descubrir la dirección de la mirada, el soplo del
Espíritu. "En descanso y en reposo seréis
salvos; en quietud y en confianza será vuestra fortaleza"(Isa.30:15).
Manuel de León es pastor,
Presidente del Consejo Evangélico de Asturias, ha dirigido
la Revista "Asturias Evangélica" y ha publicado
“ORBAYU" una revista de investigación histórica,
cultural y sociológica del protestantismo en Asturias
© M. de León, 2003, Asturias, España. |