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Temores ‘Y me serán
por pueblo, y yo seré a ellos por Dios. Y les daré
un corazón, y un camino, para que me teman perpetuamente,
para que tengan bien ellos, y sus hijos después de
ellos. Y haré con ellos pacto eterno, que no me volveré
atrás de hacerles bien, y pondré mi temor en
el corazón de ellos, para que no se aparten de mí.’
(Jeremías 32:38-40) En nuestro tránsito por este
mundo todos los seres humanos tenemos una serie de compañeros
de viaje que nos acompañan a lo largo del recorrido;
algunos de ellos son de nuestra elección pero otros
forman parte intrínseca de nuestra existencia sin que
tengamos capacidad de elección al respecto. Algunos
hacen nuestra vida más llevadera pero otros la convierten
en algo más difícil de sobrellevar; unos tienen
una cara amable y otros se presentan con un rostro espantoso.
Uno de los más comunes compañeros de viaje que
todos los humanos tenemos es el temor Ya hace su acto de presencia
en la cuna del bebé, presentándose de manera
inopinada y probablemente siendo el origen de no pocos llantos
que a los padres les parecen incomprensibles. Incluso es posible
que podamos retrasar la aparición del temor hasta las
primeras etapas de nuestra existencia, cuando todavía
estamos en el vientre de nuestra madre. Las imágenes
que recientemente se difundían por televisión
acerca del médico británico inventor de un escáner
de alta resolución y capaz de captar nítidamente
a la criatura en el útero, incluyendo sus reacciones
de sonrisa, desagrado o llanto, tal vez son la prueba de que
tales aludidos compañeros de viaje ya están
incluso allí. Pero en cualquier caso ¿Quién,
cuando era niño, no ha buscado en la cama de sus padres
el refugio y el antídoto para escapar de los temores
nocturnos que querían apoderarse de él? ¿Quién
no ha llorado cuando su mente infantil se ha poblado de figuras
e imágenes deformadas que querían perturbar
la paz de su sueño? ¿Quién no ha tenido
miedo ante la creencia de que en la oscuridad de la habitación
estaba escondido un hombre desconocido para llevarte con él?
Si tuviéramos que hacer una lista de temores su número
se alargaría considerablemente, pero algunos de los
más comunes serían los siguientes:
- Temor al futuro, cuyas manifestaciones suelen ser el
afán y la ansiedad que sumen a la persona en angustia
y zozobra.
- Temor a la muerte, por el cual hay personas que no sólo
no pueden soportar la idea de su propia muerte sino la idea
de la muerte en sí, hasta el punto de no poder estar
en presencia de un moribundo ni en la sala donde hay un
cadáver.
- Temor al qué dirán, que suele ser uno de
los grandes obstáculos para que alguien rompa determinados
patrones culturales, religiosos o sociales, aunque en su
fuero interno esté convencido de su inutilidad o
perversidad.
- Temor al fracaso, cuyo exponente máximo se manifiesta
en nuestras competitivas sociedades occidentales, donde
el listón es el éxito profesional y no hay
lugar para los perdedores.
- Temor a la enfermedad, que se manifiesta en una desmesurada
atención sobre sí mismo y, por consiguiente,
en suponer como reales enfermedades que sólo son
imaginarias.
- Fobias, que consisten en temores irracionales sobre objetos
o situaciones. Hay un sinfín de las tales: acrofobia
o temor a lugares altos, agorafobia o temor a lugares abiertos,
claustrofobia o temor a lugares cerrados, zoofobia o temor
a ciertos animales, xenofobia o temor a los extranjeros,
aerofobia o temor a volar, etc.
- Temor a la desgracia, por el que la persona se convierte
en un supersticioso que ve presagios y augurios por doquier:
gatos negros, número 13, viernes y 13, etc.
Para conjurar o controlar estos temores se recurre a toda
una serie de remedios populares, algunos de los cuales son
tan viejos como la misma Humanidad. Por ejemplo, para eliminar
el temor al futuro se echa mano del ocultismo en alguna de
sus innumerables ramas. Si el ocultismo está tan presente
en las sociedades desarrolladas (en Francia hay más
personas que viven de eso que ministros de la religión)
es porque en las mismas hay latente un miedo al mañana,
siendo una forma de conjurarlo el acudir al echador de cartas
para que nos revele lo que nos depara el futuro, o al curandero
para que nos libre de aquel mal. Innumerables son las formas
de solicitar la presencia de la suerte (la buena) en nuestra
vida y ahuyentar la mala: talismanes, amuletos, numerología,
signos astrales, etc. En resumen, los miedos y temores no
son exclusiva de las sociedades atrasadas tecnológicamente
sino patrimonio de todas por igual.
Un temor es destructivo cuando se dan estas tres características:
- Dominante. Es decir, si afecta a toda mi personalidad,
si me envuelve completamente.
- Obsesivo. Si es una constante y no meramente una cuestión
muy esporádica.
- Determinante. Si es capaz de alterar mis creencias y/o
mi conducta de forma fundamental.
Ahora bien ¿Hay alguna solución real que no
sea como las anteriormente mencionadas, las cuales más
que remediar suelen añadir una dosis letal al ya de
por sí nocivo temor? Hay un principio en medicina que
afirma que lo semejante se cura con lo semejante; por ejemplo,
la mordedura venenosa de una culebra se cura con un preparado
procedente del veneno de esa misma culebra. Si aplicamos este
principio al asunto de los temores resultará que el
temor se cura con el temor, y aquí es donde entra en
escena un temor totalmente saludable pero desgraciadamente
muy escaso: El temor de Dios. Si yo tuviera que dar una sencilla
definición del temor de Dios diría que tener
temor de Dios es tomar a Dios en serio. El pasaje bíblico arriba citado habla de ese temor;
un temor cuyo propósito es nuestro bien y el de nuestros
hijos, por lo tanto es un temor beneficioso; un temor que
es la piedra de toque para conocer si alguien pertenece o
no al pueblo de Dios; un temor que es parte esencial del pacto
con Dios; un temor que es la garantía de permanencia
en sus caminos. Seguramente vivimos aprisionados y atosigados por tantos
temores porque nos falta el único necesario y terapéutico;
el único temor que, lejos de encadenar, libera: el
temor de Dios.
Wenceslao Calvo es conferenciante
y pastor en una iglesia de Madrid.
© W. Calvo, 2003, Madrid, España.
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