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Número 06 - 10 de octubre, 2003
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yolanda tamayo

Cambio de planes

En las agendas de hoy, llenas de citas importantísimas, se cuelan muy de vez en cuando alguna nota a pie de página, donde con letra casi ilegible se escribe el nombre de los padres a quienes hay que visitar. Cuando esa visita se convierte en una obligación, o en un mero protocolo para poder seguir durmiendo tranquilos los meses venideros, el cariño toma un autobús y hace una parada en una estación desconsolada y gris.

La tristeza comienza a ser protagonista de unas escenas donde los actores son esos seres que nos dieron la vida y a los cuales se les van dando razones, nada razonables, para poderles hacer entender que en nuestro ajetreo diario no tenemos mucho tiempo que dedicarles.

Resulta penoso advertir cómo algunos padres se resignan a ver a sus hijos en contadas ocasiones e intentan disimular su descontento haciéndose creer que, en efecto, las razones que sus hijos les dan son más que suficientes.

Ellos, que durante años renunciaron a realizar muchos de sus sueños por cumplir los de su prole se sienten desplazados por reuniones, citas “importantes” y demás asuntos, quedando relegados a un segundo plano, junto a esos proyectos aún sin concluir.

Cuando Dios en uno de sus mandamientos nos encomienda el honrar a nuestros padres, no se refiere a una honra simbólica, a un recordarlos de vez en cuando. Ese mandamiento nos exige lealtad, amor, un desprendernos de nosotros mismos y entregarnos a ellos, un sentimiento que va mas allá del que podamos tener hacia cualquier otro ser.

Ahora que he dejado el hogar paterno para emprender una nueva aventura valoro muchas de las cosas que tenía en casa, ese ritmo candente que se respiraba junto a mis padres y que ahora, cuando voy a verlos vuelvo a exhalar con precoz nostalgia. Esa calma que a menudo que pasa el tiempo, se convierte en la melodía del hogar, un hogar al que ellos han dedicado toda su vida y que con la ausencia de “inquilinos” comienza a quedárseles grande.

En mi agenda nunca están ellos; sería un insulto poner a mis padres en el mismo papel donde pongo el horario de visita al dentista. Ellos están inscritos en mi corazón, con la cálida escritura del gran amor que les tengo. Los visito con mucha frecuencia, sin dejar que el tiempo cree demasiadas cosas que contar. Quiero cada día llenarme de sus triviales asuntos, de sus achaques físicos, de ese sin fin de cosillas que les suceden y que para mi siguen siendo importantísimas, mucho mas que cualquier otro asunto por muy urgente que este parezca.

Yolanda Tamayo es colaboradora de la revista Ventana Abierta (Asamblea Cristiana).
© Y. Tamayo, 2003, España
  

 
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