| Cambio
de planes En las agendas de hoy, llenas de citas
importantísimas, se cuelan muy de vez en cuando alguna
nota a pie de página, donde con letra casi ilegible
se escribe el nombre de los padres a quienes hay que visitar.
Cuando esa visita se convierte en una obligación, o
en un mero protocolo para poder seguir durmiendo tranquilos
los meses venideros, el cariño toma un autobús
y hace una parada en una estación desconsolada y gris. La tristeza comienza a ser protagonista
de unas escenas donde los actores son esos seres que nos dieron
la vida y a los cuales se les van dando razones, nada razonables,
para poderles hacer entender que en nuestro ajetreo diario
no tenemos mucho tiempo que dedicarles. Resulta penoso advertir cómo algunos padres se resignan
a ver a sus hijos en contadas ocasiones e intentan disimular
su descontento haciéndose creer que, en efecto, las
razones que sus hijos les dan son más que suficientes. Ellos,
que durante años renunciaron a realizar muchos
de sus sueños por cumplir los de su prole se sienten
desplazados por reuniones, citas “importantes” y
demás asuntos, quedando relegados a un segundo plano,
junto a esos proyectos aún sin concluir. Cuando Dios
en uno de sus mandamientos nos encomienda el honrar a nuestros
padres, no se refiere a una honra simbólica,
a un recordarlos de vez en cuando. Ese mandamiento nos exige
lealtad, amor, un desprendernos de nosotros mismos y entregarnos
a ellos, un sentimiento que va mas allá del que podamos
tener hacia cualquier otro ser. Ahora que he dejado el hogar
paterno para emprender una nueva aventura valoro muchas de
las cosas que tenía
en casa, ese ritmo candente que se respiraba junto a mis
padres y que ahora, cuando voy a verlos vuelvo a exhalar
con precoz nostalgia. Esa calma que a menudo que pasa el
tiempo, se convierte en la melodía del hogar, un hogar
al que ellos han dedicado toda su vida y que con la ausencia
de “inquilinos” comienza a quedárseles
grande. En mi agenda nunca están ellos; sería un insulto
poner a mis padres en el mismo papel donde pongo el horario
de visita al dentista. Ellos están inscritos en mi
corazón, con la cálida escritura del gran amor
que les tengo. Los visito con mucha frecuencia, sin dejar
que el tiempo cree demasiadas cosas que contar. Quiero cada
día llenarme de sus triviales asuntos, de sus achaques
físicos, de ese sin fin de cosillas que les suceden
y que para mi siguen siendo importantísimas, mucho
mas que cualquier otro asunto por muy urgente que este parezca.
Yolanda Tamayo es colaboradora
de la revista Ventana Abierta (Asamblea Cristiana).
© Y. Tamayo, 2003, España
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