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Motivos
tras la guerra de Irak
Esta revista
ha publicado varios y buenos artículos sobre la
guerra en Irak. En notas editoriales y en trabajos de opinión
se ha tratado el tema con regularidad. El lector me va
a permitir que yo insista con dos artículos más,
esta semana y la próxima. Después, prometo
no ocuparme más de Irak, a menos que surja algo
totalmente fuera de lo normal.
Hasta donde yo sé, el último libro que se
ha publicado en España sobre la guerra en Irak es
el escrito por la profesora Gema Martín Muñoz,
titulado “Irak. Un fracaso de Occidente”. Lo
ha lanzado Tusquets Editores en Barcelona.
El libro de Gema
M. Muñoz, doctora en Estudios Árabes
e Islámicos, insiste en lo que ya se ha dicho por
otros cauces. Que Irak no tenía armas de destrucción
masiva. Que Estados Unidos y la Gran Bretaña lo sabían.
Que los motivos de la guerra han sido otros. Nada nuevo.
Leamos:
- David Krieger, presidente de Nuclear Age Peace Foundation
en Estados Unidos, en El País (13-7-2003): "Tras
otra brutal guerra en la que murieron miles de civiles inocentes,
el Gobierno de Bush no puede presentar pruebas de que Sadam
Husein poseyera armas de destrucción masiva".
- Inocencio Arias, Embajador de España ante
las Naciones Unidas, en El Mundo (8-8-2003): "Si finalmente
las armas no aparecieran, todo se pondría en tela
de juicio".
- Faiz Al Bercadar, exdirector científico de
la comisión Iraquí de Energía Atómica,
en El País (18-9-2003): "Ni han encontrado
armas de destrucción masiva ni las van a encontrar".
- Grupo
de Investigación de Irak, formado por
más de 1.400 personas repartidas entre científicos,
militares y expertos en espionajes de Estados Unidos y Gran
Bretaña, en El País (25-9-2003): "No existen
armas de destrucción masiva en Irak, ni indicios de
que hayan sido escondidas o destruidas". Definitivo.
¡Imposible creer que Bush y Blair desconocieran todo
esto! ¡Cuentan con los mejores servicios de espionaje
del mundo!
- Sigo: Editorial de El País (8-6-2003): "Se
libraba por otros motivos- la guerra -, tal como ahora reconocen
de forma indecente responsables de la Administración
de Bush, desde Rumsfeld hasta Wolfowitz, que tilda las armas
de destrucción masiva de mera excusa "burocrática".
¿Qué motivos? ¿Controlar el petróleo?
Luis
María Ansón, académico, inteligente,
informado, presidente del diario La Razón, señalaba
una pista el 9 de mayo de este año: Decía: "La
guerra de Iraq se ha hecho contra el terrorismo y por el
orgullo herido de Estados Unidos tras el 11-S. Se ha hecho
por el control de una zona petrolífera clave. Pero
se ha hecho, sobre todo, por exigencia de Sharon y el lobby
judío norteamericano. Jerusalén no está dispuesto
a que en su entorno exista un país árabe con
mayor potencia militar que Israel. Un Sadam Husein rearmado
y mesiánico hubiera jugado la carta de salvador de
Palestina para convertirse en el rais indiscutido del mundo árabe.
Por eso, el verano pasado Sharon le dijo a Bush: "O
atacas tú o ataco yo". Si hubieran atacado los
israelíes se habría encendido el mundo árabe
con grave riesgo internacional. Lo prudente es lo que se
ha hecho".
A la opinión de Luis María Ansón añado
la del prestigioso periodista José Vidal Beneyto.
En un artículo de El País (10-5-2003), escribía: "Detrás
de los nombres de Dick Cheney y de Donald Rumsfeld están
Richard Perle y Paul Wolfowitz, los dos pivotes esenciales
de la operación que tienen en común su incondicionalidad
con Israel y su amistad personal con Ariel Sharon que les
influyó decisivamente. El primero es al mismo tiempo
un profesional de la industria armamentista y del establishment
político de Washington. Fue nombrado por Ronald Reagan
adjunto al secretario de Defensa y eligió como su
más inmediato colaborador a Steven Bryen, que había
sido procesado por facilitar a Israel información
reservada. Conocido como El Príncipe de las Tinieblas
por su eficacia en el montaje de operaciones secretas y peligrosas,
ha sido un empleado de la sociedad israelí Soltam,
especializada en la fabricación de armamento de alta
tecnología".
Sin comentarios. Sólo destacar
que en Estados Unidos viven cinco millones de judíos
poderosos en las finanzas y en la política, decisivos
a la hora de elegir a un presidente de Estados Unidos.
Juan Antonio Monroy
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