| El
evangelio según los Simpsons Cuando el creador de Los Simpsons,
Matt Groening, era boy-scout, cuenta en una entrevista que
robó una Biblia de Los Gedeones de la habitación
de un hotel, y subrayó todo aquello que le parecía
sucio. Cuando lo descubrió su jefe de exploradores,
Groening dijo que para aplacar su furia le contó que
había orado a Dios, y le había dicho "sé que
me perdonarás por no creer en Tí". Esta
actitud irreverente, al borde siempre de la blasfemia, está todavía
presente en esta serie de animación que se ha convertido
en el programa de televisión más popular del
mundo. Pero ¿por qué van los Simpsons a la
iglesia?, ¿qué nos
dicen sus oraciones, y cómo citan la Biblia?. Este
es el tema de un curioso libro en EE.UU.
La imagen rebelde y corruptora
de menores de Bart Simpson ha hecho que muchos conservadores,
George Bush entre ellos, vean este espectáculo como
un signo claro de la decadencia moral americana desde 1989.
Pero para entender el evangelio según los Simpsons hay
que darse cuenta que abarca desde la sanidad por fe hasta las
misiones, pasando por el unitarismo o los parques de atracciones
cristianos. Esta curiosa mezcla de fascinación y sospecha
está muy bien reflejada en los dos personajes que representan
más claramente la religión en la serie: Ned
Flanders y el Reverendo Lovejoy. Flanders es un irritante evangélico
que vive al lado de los Simpsons. Algo reprimido (“dí cualquier
cosa, que no lo habré hecho”), y a menudo
fanático
(“yo guardo hasta la comida kosher, por si acaso”),
Ned sin embargo es un verdadero cristiano, que muestra
su fe por sus obras. Homer le describió una vez
como alguien “más
santo que Jesús”. El Reverendo Lovejoy es
sin embargo un pastor que representa casi todas las denominaciones
en su Primera Iglesia de Springfield, donde
van los Flanders, los Simpsons, y casi todo el pueblo.
Tiene el aspecto pomposo
y sedante de un tele-evangelista del valium. Su fundamentalismo
es a veces incendiario (“la ciencia ha fracasado
de nuevo ante las aplastantes evidencias de la religión”),
pero otras frío y profesional (“hago lo
que puedo con un material como éste”). Homer
le ha descrito en una ocasión como “el tipo
que da esos sermones en la iglesia, capitán cómo-se-llame”. Cuando Flanders, por razones
que no vienen aquí al caso,
tiene que adoptar a los hijos de los Simpsons, descubre que
todavía no han sido bautizados, por lo que llama angustiado
al Reverendo. Éste irritado por haber sido molestado
cuando estaba disfrutando de su afición a los trenes
en miniatura, responde con desprecio: “Ned, ¿has
pensado en alguna de las otras principales religiones? Son
prácticamente lo mismo”. Inmediatamente su tren
se estrella, soltando humo. Ned coloca un cartel entonces en
la puerta que dice “nos hemos ido a bautizar”,
y se dirige al río. Allí los niños son
finalmente “rescatados” por Homer, que logra evitar
que el agua caiga de un cáliz dorado. Aunque el intento
de Ned de un bautismo forzado es poco admirable, sin embargo
es interesante que su sinceridad nunca se pone en cuestión.
Es una persona auténtica, que a veces se muestra fuerte,
pero también tiene debilidades. El Reverendo Lovejoy sin embargo
es un claro representante de lo peor de la religión organizada. Su fe es algo
nominal y vacío. Se enorgullece de haber vuelto a poner
la maqueta en el vestíbulo de la iglesia, como uno de
sus grandes actos de fe. Y cuando un cometa amenaza destruir
Springfield, Homer se lamenta diciendo: “En momentos
así me gustaría que fuera un hombre religioso”.
Pero el Reverendo corre histérico por la calle, gritando: “¡Se
acaba todo!, ¡ya no hay más rezos!”. Sin
embargo Ned ha construido un refugio al que invita a todo el
pueblo. Y cuando está tan lleno que no se puede cerrar
la puerta, se ofrece como mártir. Le dice entonces a
su hijo: “Si me vuelvo loco de miedo, quiero que dispares
a papá si intenta volver adentro”. La gente sale
entonces avergonzada, y lo único que destruye
el cometa es el refugio. Pero no debemos entusiasmarnos
demasiado con San Flanders, ya que uno de los autores de
Los Simpsons,
Steve Tompkins,
ha dicho: “Creo que la calidad del humor está en
proporción indirecta con las verdaderas creencias de
la persona”. Ya que “cuánto más se
muestren, menos divertido resulta”. Su papel es provocar,
dice. Mark Pinsky ha escrito todo un libro sobre la vida espiritual
de esta familia animada. Para ello ha grabado todos los episodios
de la serie y mantenido entrevistas con varios de sus autores.
Uno de ellos, Al Jean, dice que se considera “alguien
que cree en las enseñanzas de Jesucristo, pero no es
un gran aficionado de la religión organizada”. Él
comenzó a trabajar en la serie en 1989, por lo que ha
escrito con Reiss más de doscientos episodios. “Desde
muy temprano mostramos a los personajes yendo a la iglesia”,
dice. Pero “la gente es muy sensible con estas cosas”,
por lo que evitan siempre las imágenes de Cristo,
sobre todo en la cruz. Marge es tal vez el miembro
más fiel de los Simpsons.
Ella es la que dice a los niños que deben ir a la iglesia
para “aprender moral y decencia”. Así sabrán “cómo
amar a su prójimo”. Pero la escena siguiente muestra
al Reverendo en el púlpito con una cita apócrifa
del Antiguo Testamento, llena de violencia sangrienta. Ya que
el evangelio según los Simpsons es eso: la necesidad
de vivir en paz y amor con tus vecinos. Pero la realidad es
otra. Y es ahí de donde parte el verdadero Evangelio.
No de bonitos deseos, y buenas obras, sino de la impotencia
del hecho de que no podemos vivir como debiéramos. El
cristianismo no consiste por lo tanto en los sacrificios de
Flanders, ni en la vida cómoda del Reverendo, sino en
el sacrificio que Cristo hizo una vez y para siempre. Esa es
la única buena obra que nos salva. Por lo que no se
trata se ser buenos, sino nuevos. Y eso es algo que sólo
el Espíritu de Dios puede hacer por medio de nuestra
confianza en la justicia de otro, Cristo Jesús, que
llevó nuestras contradicciones bajo el
peso de esa cruz que no pueden mostrar Los Simpsons,
porque su mensaje
sigue
siendo demasiado ofensivo.
José de Segovia Barrón
es periodista, teólogo y pastor en Madrid.
© J. de Segova, I+CP, 2003. I+CP (www.ICP-e.org) |