| Sectas
(I): La manipulación sectaria
Los métodos coercitivos de manipulación
sectaria que persiguen el cambio de una persona a través
de una acción inducida desde el exterior se denominan
comúnmente lavado de cerebro. El lavado de cerebro
combina persuasión y castigo, es utilizado para
captar y mantener dentro del grupo a los adeptos y tiene
como fin último su explotación emocional,
sexual y/o económica, dejando un terrible rastro
de secuelas psicopatológicas que penetran todas
las dimensiones de la personalidad del individuo, afectando
todas las áreas de funcionamiento.
Para entender
adecuadamente estas secuelas es necesario así mismo
entender cómo una persona puede llegar a convertirse
en sectario por efecto de la manipulación. En efecto,
los métodos de lavado de cerebro persiguen la anulación
de las funciones intelectuales críticas del individuo,
la persuasión de la voluntad mediante la repetición
sugerente de los mismos mensajes basados en argumentos
de un líder percibido como autoridad absoluta así como
el aislamiento del entorno familiar y social, impidiendo
de esta forma el contraste de opiniones y la división
de lealtades. El individuo se convierte así en adepto
sectario, configurando un mundo maniqueo del bien y del
mal en el que el grupo es depositario de todas las virtudes
y el mundo exterior se percibe como algo degradado y amenazante.
La persona captada es presionada a romper con todos los
lazos afectivos con el exterior.
De esta forma, el ahora adepto va configurando unas
representaciones mentales del mundo cada vez más
alejadas de la realidad, en términos simplistas
de todo o nada. La gama de grises desaparece y los matices
personales de dudas, críticas y sugerencias de
cambio son interpretados por el líder como síntoma
de que algo no va bien en la cabeza del adepto y deslealtad
hacia los postulados básicos del grupo. En el
caso de críticas externas de otros hacia el adepto,
cuando estas provienen del mundo exterior al grupo, se
interpretan como señal de integridad moral propia,
justificando estas críticas como un ataque a dichos
postulados básicos.
Por otro lado, el grupo sectario presta en un primer
momento seguridad y apoyo incondicional a la persona
que ingresa en él, lo cual es muy significativo
si esta persona pasa por una situación de crisis.
Con el ingreso recibe cariño por parte de personas
desconocidas que le dan refugio en el que sentirse protegido,
haciéndole sentir especial, escuchado en su soledad,
querido, salvado y revestido de dones espirituales, elegido
para una misión salvífica trascendente.
En estas condiciones, la persona captada y mantenida en un
grupo sectario mediante métodos coercitivos de manipulación
se deshumaniza, pierde el contacto con la realidad de quién
es, de su valor intrínseco como persona como alguien
que puede pensar, sentir y decidir por sí mismo, devaluándose
en su propia autoestima de tal forma que nunca va a reconocer
su propia necesidad de ayuda para salir de dicha situación.
El adepto deja así de pensar por sí mismo, lo
cuál supone un beneficio de comodidad, ya que no tiene
que reflexionar ni sentirse responsable de sus propias decisiones,
sino solo seguir las directrices del líder reforzadas
por la cohesión monolítica del grupo.
F. Gómez Moreno es Licenciado en Psicología
y Psicoterapeuta en ejercicio, así como Profesor de
Consejería del Centro de Estudios Teológicos
CET-CARISMA de la Comunidad Bautista de Madrid.
© Francisco
Gómez Moreno. 2003
|