| Ciencia
vs Biblia
El progreso contra la cerrazón,
la verdad contra la superstición... En definitiva, la
ciencia contra la fe. Un mito triunfador que cuenta con un
sinfín de mentes seducidas en su curriculum vitae y
que se configura en un extraño trofeo para un duelo
que nunca se produce. Existen los apostantes, pero no combatientes.
Y los cienciobiblistas tienen gran, grandísima parte
de responsabilidad. Me refiero al género de apologistas
que siempre han estado con nosotros, que nunca han faltado
a la cita del desgarbado paseo por los púlpitos y librerías
religiosas. Son aquellos que ven en la Biblia un libro de geología,
antropología, astronomía, física, química
e incluso matemáticas.
Y
sobre éstos, nada nuevo
bajo el Sol, pues como botón de muestra ya en el siglo
VI nos encontramos al religioso egipcio Cosmas, quien escribiría
un libro con pretensiones científicas titulado “Topografía
Cristiana”. Sí, como si hubiese una topografía
animista, otra islámicas, otra de los Hare Krishna y
así hasta llegar a la topografía al chilindrón.
Pero como era de esperar, el Universo-Caja de las interpretaciones
bíblicas de Cosmas poco tenía que ver con
la realidad.
Desde entonces y hasta ahora no han
faltado voces influyentes que desde los altavoces parroquiales
nos han descrito infinidad
de teorías seudocientíficas, las cuales, dicen,
están en la Biblia. Son las mismas voces que condenan
sin reparos cualquier descubrimiento o tesis que no encaje
con sus particularísimas interpretaciones científicas
(sic) de la Palabra de Dios. Estos/nosotros, son/somos los
que han/hemos, creado un infructuoso enfrentamiento alimentado
a base de premisas de pies de barro (o de sopa primigenia
que dirían otros). Es un error que ciega muchos ojos,
pero nos lo hemos buscado y ahora hay que arreglarlo si de
verdad nos importa que los prejuicios de los seducidos rompan
en un lloro de desencanto.
Como nos han contado algunos científicos como Pablo
de Felipe, el libro del Génesis (carta fundamental
en esta partida) no es un catálogo de eras geológicas
ni de taxonomía. Todo eso es un problema moderno que
importaba un carajo a las asediadas tribus hebreas de la época.
Un pequeño grupo humano que vivía rodeado de
superpotencias como Egipto o Babilonia y que irremisiblemente
necesitaban una respuesta ante las inquietantes cosmogonías
de sus inmutables vecinos.
La Biblia recoge cómo los Babilonios leían
en la fiesta de año nuevo un relato sobre como la
lucha entre Tiamat y Marduk terminaba en despojos que formaban
el Universo conocido y donde los elementos armadores del
paisaje eran dioses a los que los paganos adoraban... ¿Y
qué tenía que decir Yavé al respecto?
En
medio de este desconcierto existencial surge la respuesta
del Dios hebreo. El libro del Génesis ha llegado,
y sus primeros capítulos ofrecen claves para un problema
cuya magnitud se escapa a nuestra percepción moderna.
Un mensaje único, provocador,... pero sobre todo liberador.
Un sólo ejemplo: “Y creó Dios la lámpara
del día el Sol, y la lámpara de la noche la
Luna”. Hoy lo leemos como una frase propia de niños
de Escuela Dominical que han de recortar los sonrientes y
coloreados astros de estilo Mortadelo para luego pegarlos
en la pizarra. Pero en los tiempos de todo el Antiguo Testamento
este versículo suponía un escándalo
a todas luces. Los imponentes dioses lunares babilonios,
como Sin, quedaban reducidos a la categoría taxonómica
de cosas. La Luna no era el Gran Sin sino una lámpara
creada por Yavé. Ahí es nada. ¿Y Egipto?
El gran Ra, el Faraón Hijo del Gran Dios Sol... ¿hijo
de quién?, o mejor dicho... ¿de qué?
Y es que tampoco es ninguna coincidencia que las clásicas
divinidades paganas (los grandes mamíferos, aves,
monstruos marinos...) constituyan los elementos básicos
de los seis días de la creación bíblica.
¿Días literales? Aunque huele a que no, tampoco
es ese el debate. Quizás jamás se sepa a ciencia
cierta –nunca mejor dicho- cuanto duró el proceso
de creación cósmica.
El Génesis cuenta un relato
del que ya no percibimos su trascendencia, pues gracias a él
se descubriría
que ya no había que someterse a la esclavitud por
miedo a la ira de los dioses de la naturaleza. No existen.
Se les acabó el chollo a los sacerdotes explotadores.
Los hijos de Yavé sabían ahora que las cosas
eran cosas... y punto.
Grandiosa respuesta a problemas ajenos
a los debates acerca del Arqueopterix y de la radiación de fondo como apoyo
a la teoría del Big Bang.
Y es que el acercamiento a Las Escrituras
no impide el coherente devenir de la ciencia, sino más
bien contribuye a una actitud escrutadora en pro del avance
científico dentro de una ética sublime. Y si
no, basta mencionar a Kepler, Boyle, Faraday, Maxwell, Newton,
Leibnitz... creyentes que aplicaron el mandato divino de:
“Conocer y sojuzgar la Tierra” e hicieron ciencia
como Dios manda. Sí... a pesar de las muchas y extrañas
tesis que corren entre nosotros, la inspiración divina
del Génesis no deja de abrumarnos. Y eso que es sólo
El Principio.
Luis Marián trabaja en Madrid
como documentalista en la Universidad Carlos III,
y Coordinador de la Biblioteca Protestante de Madrid. Es estudiante
de periodismo y cofundador
de www.delirante.org
un portal juvenil cristiano enfocado al diálogo con
los no creyentes. |