| Ese
olor grato Venías de muy lejos, todos te
esperaban. Los postigos abiertos, las cortinas apartadas, las
hojas de las puertas desplegadas en forma de bienvenida. La
calle, envuelta en vítores, se estremecía al sentir
cómo el soldado volvía al hogar. Cuando una delgada silueta apareció
por el horizonte, no supe si eras realmente tú o una
débil sombra de lo que fuiste. Sólo cuando cayó
la noche y los vecinos lograron dejarnos a solas, pude comprobar,
entre tiernos abrazos, que ese frágil hombre era el hombre
que yo esperaba, y es que jamás he conocido a nadie que
porte un aroma como el tuyo... Si pudiera cual perfumista, guardar en un frasco todos los
aromas que me agradan, admito que este contendría grandes
dosis de cariño. Una esencia que debiéramos
propagar todos y que resulta inapreciable en determinadas
personas. Nos preocupamos por oler bien, difundir ese olor que nos
gusta y que deseamos sea exhalado por los demás. Acicalamos
nuestro cuerpo y como toque generoso, lo alegramos con esencias
que ofrecen pinceladas aromáticas a nuestra persona.
Pero olvidamos que el perfume más agradable no es aquel
que con maestría se ha logrado destilar en un alambique.
El olor que cada cual ha de portar debiera ser esa fragancia
que se obtiene cuando nos acercamos a Dios y somos rociados
por su misericordia. El olor grato del que nos habla la palabra, es un aroma que
hemos de expandir por ser hijos del Rey soberano y que aquellos
que desconocen nuestra moral cristiana, nuestros principios
éticos, han de recibir como aire fresco y perfumado
de gente a la que quizá no conocen casi nada, pero
en las cuales aprecian una fragancia distinta. Yo, soy fiel al perfume que utilizo, llevo años oliendo
de la misma manera. Me gusta que cuando me acerco a alguien,
me diga que le gusta como huelo. Mis amigos dicen, que ese
olor peculiar que tengo me hace única y que a veces,
cuando abandono un lugar, el sitio donde he estado sigue oliendo
a mi. Quiero trasladar esa misma fidelidad hacia la fragancia que
merece la pena expandir, es por ello que lucho a diario por
mantenerme cerca del jardín de Dios, sólo de
esa manera, cual flor cercana a él, lograré
difundir el perfume de su amor.
Yolanda Tamayo es colaboradora
de la revista Ventana Abierta (Asamblea Cristiana).
© Y. Tamayo, 2003, España
|