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Número 07 - 17 de octubre, 2003
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yolanda tamayo

Ese olor grato

Venías de muy lejos, todos te esperaban. Los postigos abiertos, las cortinas apartadas, las hojas de las puertas desplegadas en forma de bienvenida. La calle, envuelta en vítores, se estremecía al sentir cómo el soldado volvía al hogar.

Cuando una delgada silueta apareció por el horizonte, no supe si eras realmente tú o una débil sombra de lo que fuiste. Sólo cuando cayó la noche y los vecinos lograron dejarnos a solas, pude comprobar, entre tiernos abrazos, que ese frágil hombre era el hombre que yo esperaba, y es que jamás he conocido a nadie que porte un aroma como el tuyo...

Si pudiera cual perfumista, guardar en un frasco todos los aromas que me agradan, admito que este contendría grandes dosis de cariño. Una esencia que debiéramos propagar todos y que resulta inapreciable en determinadas personas.

Nos preocupamos por oler bien, difundir ese olor que nos gusta y que deseamos sea exhalado por los demás. Acicalamos nuestro cuerpo y como toque generoso, lo alegramos con esencias que ofrecen pinceladas aromáticas a nuestra persona. Pero olvidamos que el perfume más agradable no es aquel que con maestría se ha logrado destilar en un alambique. El olor que cada cual ha de portar debiera ser esa fragancia que se obtiene cuando nos acercamos a Dios y somos rociados por su misericordia.

El olor grato del que nos habla la palabra, es un aroma que hemos de expandir por ser hijos del Rey soberano y que aquellos que desconocen nuestra moral cristiana, nuestros principios éticos, han de recibir como aire fresco y perfumado de gente a la que quizá no conocen casi nada, pero en las cuales aprecian una fragancia distinta.

Yo, soy fiel al perfume que utilizo, llevo años oliendo de la misma manera. Me gusta que cuando me acerco a alguien, me diga que le gusta como huelo. Mis amigos dicen, que ese olor peculiar que tengo me hace única y que a veces, cuando abandono un lugar, el sitio donde he estado sigue oliendo a mi.

Quiero trasladar esa misma fidelidad hacia la fragancia que merece la pena expandir, es por ello que lucho a diario por mantenerme cerca del jardín de Dios, sólo de esa manera, cual flor cercana a él, lograré difundir el perfume de su amor.

Yolanda Tamayo es colaboradora de la revista Ventana Abierta (Asamblea Cristiana).
© Y. Tamayo, 2003, España
  

 
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