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RadiKles “Estos que trastornan
el mundo entero también han venido acá.” (Hechos
17:6) Recientemente Jon Juaristi, Director
del Instituto Cervantes, expresaba su satisfacción ante
el Patronato de dicho Instituto por el aumento de la difusión
de la lengua española en todo el mundo, pero ponía
una nota de amargor en su informe al constatar el empobrecimiento
general de la lengua oral. Resulta ser este un fenómeno
cuyas causas pueden ser múltiples y motivo de análisis
para sociólogos, pero sin duda una de los motivos tiene
que ver con la disminución de la lectura y el aumento,
en la misma escala, de las horas pasadas frente al televisor.
Al ser la lengua expresión del pensamiento y el pensamiento,
a su vez, del espíritu de la persona, resulta que el
denunciado empobrecimiento de la lengua es algo más
que una anécdota: Es revelador de todo un estado de
cosas al que nos hemos entregado pasivamente al dejar que la
pantalla absorba nuestros cerebros y los deje yertos cual plantas
muertas. Si la lengua es la verdadera patria del alma, entonces
no parece que nuestro patriotismo sea muy rico y profundo sino
uno cada vez más superficial y vulgar, sin importar
aquí banderas ni enseñas nacionales.
También Fernando Lázaro Carreter, de la Real
Academia, ha escrito algunas páginas inspiradoras, “El
dardo en la palabra”, que merecen ser consideradas por
su gracia y acierto acerca del lenguaje empleado en la radio,
la televisión y la prensa.
Pero el problema ya no es solamente el empobrecimiento de
la lengua, sino la distorsión de la misma, es decir,
el mal uso de términos cuyo significado no se corresponde
con la aplicación que se les quiere dar, tomando en
consecuencia un sesgo definitivamente desviado y corrompiendo
la acepción del concepto. Si esto se repite una y
mil veces con la misma palabra, el resultado final será el
desajuste semántico e ideológico que hay detrás
del término. Una de tales palabras, trastocada cada
día en los medios de comunicación, es “radical”.
Si se habla de seguidores violentos de un equipo de fútbol
se dice que son “radicales”, si se menciona a
nacionalistas que queman autobuses o provocan algaradas callejeras
se les nombra como “radicales”, si se alude a
militantes de organizaciones cuyos fines son la destrucción
de Estados se les denomina “radicales” o si un
grupo anti-sistema la emprende en brutales altercados se
le titula “radical”. ¡A este paso también
se podrá decir que la violencia doméstica es
generada por cónyuges o parejas “radicales”,
o que los ajustes de cuentas entre mafias son producto de “radicales” existentes
en su seno!. De esta manera, la palabra “radical” lleva
camino de convertirse en calificativo genérico para
definir a cualquier desalmado, canalla o granuja; es decir,
que estamos ante toda una profanación del lenguaje
y concretamente de esta preciosa palabra. Porque excelente
es el significado que la misma tiene, al proceder de la palabra
latina “radix” que es “raíz” en
castellano y aludir, por consiguiente, a algo profundo y
esencial, como es la raíz para la vida de la planta.
Por lo tanto, lo radical nada tiene que ver con métodos
y formas en cuyo germen hay más destrucción
y violencia que otra cosa, cometiéndose una doble
injusticia al emplearla de forma equivocada: Una, contra
la palabra misma al tergiversarla, y otra porque aquellos
a quienes se aplica están en las antípodas
de su verdadero significado. Es sabido la importancia que tienen las palabras en determinadas
ramas del saber, como derecho o teología y cualquiera
que haya estudiado una de esas materias conoce la exactitud
y precisión necesarias en el uso del lenguaje, especialmente
cuando se trata de definir conceptos. La ambigüedad
y la ambivalencia semánticas son mortales enemigas
de esas y otras ramas del saber que, por su misma naturaleza,
exigen el mayor cuidado para decir lo que se quiere decir
y no decir lo que no se quiere decir. Por supuesto que un
periodista no es un notario ni un abogado ni un teólogo,
y sería injusto exigirle la pulcritud de la que ellos
deben hacer gala, pero en virtud de su incidencia sobre las
masas la deficiencia o la desvirtuación de su lenguaje
pueden ser desastrosas. Después de todo, algunas de
las monstruosidades de la Historia han sido producto directo
de tergiversaciones de palabras, como el vocablo “raza”,
por ejemplo. Sí, hay que reivindicar, recuperar, rescatar y purificar
la palabra “radical”: Es demasiado importante
como para dejarla en manos de los medios de comunicación.
De hecho, es tan importante que sería una de las palabras
con las cuales podríamos definir a Jesús, quien
es radical en el sentido pleno de la palabra:
- Radical en su vida. Vida vivida bajo la complacencia
perfecta de Dios, en sintonía y armonía
total con su voluntad, como nadie ha vivido ni vivirá en
esta tierra.
- Radical en su mensaje. Como se desprende
de su enseñanza
en el Sermón del Monte y en el tratamiento de
los asuntos trascendentales y cotidianos de nuestra existencia.
- Radical
en sus milagros. Que no son meramente portentos sino
señales, es decir, signos que hablan de algo
mucho más profundo que el mero prodigio.
- Radical
en su obra. A diferencia de la filosofía,
la religión o la psicología, que no van
más
allá de tratar con los síntomas externos
del problema humano, Jesús va a la raíz,
es decir, al corazón.
También es la palabra con la que se nos debería
definir a los cristianos, tal y como por aproximación
se dijo de los de Tesalónica en el texto bíblico
arriba citado. Radical... puesta en la óptica correcta ¡qué palabra
repleta de buen significado! Ojalá me puedan y te
puedan catalogar de esa manera.
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Wenceslao Calvo es conferenciante
y pastor en una iglesia de Madrid.
© W. Calvo, 2003, Madrid, España.
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