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Número 08 - 24 de Octubre, 2003
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Sergio de Lys

Como una lluvia de piedras

Ben F. Stahl

¿La violencia es algo connatural al hombre? ¿Hemos de admitir como parte de nuestra herencia genética el impulso cainita? Creo que no, necesariamente, o en todo caso creo que puede controlarse –educarse- como casi todo lo que corresponde a nuestro carácter.

Recuerdo con especial cariño la reacción que tuve viendo una película en un cine, siendo todavía niño; mi madre me contó que en el momento en que el protagonista abrazaba a una mujer –seguramente, con pasión-, yo me levanté de repente y grité: ¡Déjala, bruto, que la haces daño…! El sofoco de mi madre y la carcajada general son fáciles de imaginar.

Aún en esta época, violenta en lo personal y en lo colectivo con las guerras, no ya sólo los cristianos, sino cualquiera que posea algo de sensibilidad debe sentir la mera noticia de una agesión (en prensa, televisión o radio) como algo que le agrede a él. Simplemente, esas películas en el televisor de casa- que uno puede estar ni siquiera viendo-, con sus expresiones amenazantes, los golpes, el ruido dominante son semejantes a una constante lluvia de piedras sobre ti.

En este contexto diario de violencia, recordaba a algunos poetas y su relación con ella. Recordaba a Federico –al que no dejaron, siquiera, que la guerra le matara de un disgusto, como a otros-. Y como aunando estrecha e inseparablemente libertad y violencia: adelantándose a su propio sino, hace decir a la heroína Mariana Pineda, poco antes de ser ajusticiada: “Amas la Libertad por encima de todo, pero yo soy la misma Libertad. Doy mi sangre, que es tu sangre y la sangre de todas las criaturas. ¡No se podrá comprar el corazón de nadie!”.

E inmediatamente surgía el nombre del querido Machado… que tan abrumado y triste debió morir en Colliure, que ni siquiera pudo hacer el supremo esfuerzo de acompañar y proteger a su anciana madre que estaba con él, tras la huida de ambos de la guerra española. Uno de sus más populares Proverbios y Canciones ya profetizaba, “Españolito que vienes/al mundo, te guarde Dios./Una de las dos Españas/ha de helarte el corazón” (LIII). No pudo resistir la monstruosidad de una guerra, como tampoco Pablo Neruda, que a los pocos días del levantamiento militar en su Chile natal, moría; y también había escrito sobre la violencia ciega que se ampara en ‘el bien común’, entendido por un dictador:

(…)
Entre los cocoteros las tumbas están llenas
de huesos demolidos, de estertores callados.
El delicado sátrapa conversa
con copas, cuellos y cordones de oro.
El pequeño palacio brilla como un reloj
y las rápidas risas enguantadas
atraviesan a veces los pasillos
y se reúnen a las voces muertas
y a las bocas azules frescamente enterradas.
De “Los dictadores” (“Canto general”).



Sergio de Lis
© revista Edificación Cristiana, nº 194. Resumido por el autor.

 
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