| Como
una lluvia de piedras
¿La violencia es algo connatural al hombre? ¿Hemos
de admitir como parte de nuestra herencia genética
el impulso cainita? Creo que no, necesariamente, o en
todo caso creo que puede controlarse –educarse-
como casi todo lo que corresponde a nuestro carácter.
Recuerdo con especial cariño la reacción
que tuve viendo una película en un cine, siendo
todavía niño; mi madre me contó que
en el momento en que el protagonista abrazaba a una mujer –seguramente,
con pasión-, yo me levanté de repente y
grité: ¡Déjala, bruto, que la haces
daño…! El sofoco de mi madre y la carcajada
general son fáciles de imaginar.
Aún en esta época, violenta en lo personal
y en lo colectivo con las guerras, no ya sólo
los cristianos, sino cualquiera que posea algo de sensibilidad
debe sentir la mera noticia de una agesión (en
prensa, televisión o radio) como algo que le agrede
a él. Simplemente, esas películas en el
televisor de casa- que uno puede estar ni siquiera viendo-,
con sus expresiones amenazantes, los golpes, el ruido
dominante son semejantes a una constante lluvia de piedras
sobre ti.
En este contexto diario de violencia, recordaba a algunos
poetas y su relación con ella. Recordaba a Federico –al
que no dejaron, siquiera, que la guerra le matara de
un disgusto, como a otros-. Y como aunando estrecha e
inseparablemente libertad y violencia: adelantándose
a su propio sino, hace decir a la heroína Mariana
Pineda, poco antes de ser ajusticiada: “Amas la
Libertad por encima de todo, pero yo soy la misma Libertad.
Doy mi sangre, que es tu sangre y la sangre de todas
las criaturas. ¡No se podrá comprar el corazón
de nadie!”.
E inmediatamente surgía el nombre del querido
Machado… que tan abrumado y triste debió morir
en Colliure, que ni siquiera pudo hacer el supremo esfuerzo
de acompañar y proteger a su anciana madre que
estaba con él, tras la huida de ambos de la guerra
española. Uno de sus más populares Proverbios
y Canciones ya profetizaba, “Españolito
que vienes/al mundo, te guarde Dios./Una de las dos Españas/ha
de helarte el corazón” (LIII). No pudo resistir
la monstruosidad de una guerra, como tampoco Pablo Neruda,
que a los pocos días del levantamiento militar
en su Chile natal, moría; y también había
escrito sobre la violencia ciega que se ampara en ‘el
bien común’, entendido por un dictador:
(…)
Entre los cocoteros las tumbas están llenas
de huesos demolidos, de estertores callados.
El delicado sátrapa conversa
con copas, cuellos y cordones de oro.
El pequeño palacio brilla como un reloj
y las rápidas risas enguantadas
atraviesan a veces los pasillos
y se reúnen a las voces muertas
y a las bocas azules frescamente enterradas.
De “Los dictadores” (“Canto general”).
Sergio de Lis
© revista Edificación Cristiana, nº 194.
Resumido por el autor.
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