| Laicismo
y Fundamentalismo Lo que nadie puede negar
es que la sociedad actual tiene un serio problema para ubicar
al hecho religioso. Primero fue a la inversa: la institución
religiosa puso su bota sobre las instituciones sociales. Tras
liberarse muchos siglos después, los gobiernos modernos,
especialmente Europa, creyeron relegar a lo íntimo y
cuasi supersticioso a lo relacionado con la religión.
Y hete aquí que ha sido como poner puertas al mar:
la sociedad no puede negar la fuerza social del hecho religioso. Esto se ve, por una parte, en la presencia de las sectas,
que ofrecen el refugio (y cárcel) a quienes buscan
más allá del vacío existencial de la
propia sociedad y, tristemente, de las iglesias vacías
que también existen. Muchas veces estas sectas se
amparan en su pertenencia a las propias confesiones oficiales
(desde la católica hasta la protestante), y a la
vez plantean el delicado problema de que no se puede entrar
en
una caza de brujas que queme en la hoguera a todo lo que
suene a diferente. Hacen falta expertos objetivos y que
sepan aplicar medidas proporcionales, sabias y ajustadas
a la realidad. Y esto último es la difícil cuestión.
Los expertos aconfesionales son generalmente fundamentalistas
laicos (y por lo tanto a menudo antirreligiosos) o bien confesionales
que no quieren arriesgarse a dirimir en cuestiones e intereses
internos. Y, unos por otros, la secta sin barrer y muchos
justos indefensos pagan por los pecadores sectarios. Otro aspecto que muestra el problema candente que causa
la religión a la sociedad moderna es el laicismo;
un principio indiscutible para el protestantismo (que por
desgracia no para todos los protestantes) que estalla en
situaciones imprevisibles. Por ejemplo, que un islámico
en Italia defienda la ausencia de crucifijos en las paredes
de la escuela pública. No hay mejor ocasión
que muestre que quien acusa con el índice tiene otros
cuatro dedos que le señalan a él: tiene mejores
motivos de lucha en los países islámicos para
defender la libertad religiosa. Sin embargo, sí es evidente que si queremos un laicismo
que separe lo confesional de lo público -al margen
de que perjudique o beneficie a una determinada confesión
o creencia- deberíamos aceptar que no haya signos
confesionales en los lugares que pertenecen a todos los ciudadanos,
salvo por una evidencia clara histórica o cultural
(no sería sensato quitar “El Cristo” de
Velázquez de los salones del Museo del Prado, o demoler
un monumento histórico por contener simbología
religiosa). Sin embargo, tampoco debe confundirse el laicismo con la
ausencia pública de lo religioso, especialmente en
lo que a la persona se refiere. La indumentaria (cruz en
el pecho, tonsura en la coronilla, o velo islámico
o de monja de clausura) es la expresión externa de
la propia personalidad, y si no que le pregunten a los rockeros
y demás estilos de vestir. Al margen de estar de acuerdo
o en contra con lo que la forma de vestir expresa, no justifica
el laicismo que se prohíba la expresión religiosa
en la propia imagen. Otra cuestión sería lo
ilegal, como las lesiones –violencia física,
ablación genital- que no sólo son condenables
sino que deben ser perseguidas y castigadas con la mayor
de las energías. En definitiva, que el auténtico laicismo es aquél
que es respetuoso con el hecho religioso (y a la inversa),
permitiendo cumplir la conocida máxima de Jesús: “Dad
al César lo que es del César y a Dios lo que
es de Dios”. Su vida es el mejor ejemplo de cómo
vivir este principio. Claro está que, por defenderlo,
romanos y fariseos lo asesinaron. Esperamos no haya que pagar
ese precio.
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