| Rasgar
el silencio La primera vez que le oí, supe
que esa voz formaría parte de la banda sonora de mi
vida. Suenan en mi cabeza las notas de su guitarra , rozando
con leves y sutiles acordes mis oídos ávidos
de caricias. Llegan hasta mi sus frases escritas con ardor,
concentradas en sones que templan levemente mi interior, haciendo
que me estremezca ante una voz tan cargada de dulzura.
Es el único músico que ha conseguido que acuda
sola a un concierto y que acompañada por desconocidos
me emocione sin sentir pudor.
Sonsaco, tras las historias que canta, una realidad sobrecogedora.
Vidas de seres que existen cerca de cada uno de nosotros
y que descritas por él parecen más hermosas,
o más trágicas, logrando que me entristezca
al oír la nostalgia que siente un "Gitano en
Nueva York", o me conmueva al pensar en la solitaria
vida de una mujer que busca incasablemente "La rosa
azul de Alejandría"... Me acompaña a diario en las cosas que hago, atravieso
las calles con su voz pegada a mis oídos, presa de
su melodía. Lo admiro como profesional, pues hace
que la música sea un buen canal por el cual llegar
al corazón de la gente. Para mi, sigue siendo un caudal
de inagotable inspiración, pues al oír su música
se me despliega el deseo goloso de volar hacia los lugares
que él narra. En estas mañanas frías que comienzan a despeinarnos
los recuerdos del verano, me detengo sin prisas a escuchar
su voz, dejándome raptar con facilidad , para ser
llevada hacia el muelle de un puerto donde un día
conocí a "La reina de África". Y así, con la cabeza desocupada , alejo de mi el
acelero y la premura, para descansar atendiendo al rumor
de su voz, que siempre me ha concedido el placer de sentir
que la vida es más hermosa cuando posee una melodía
de fondo. A Javier Ruibal , gracias.
Yolanda Tamayo es colaboradora
de la revista Ventana Abierta (Asamblea Cristiana).
© Y. Tamayo, 2003, España |