| Camino
del cielo (Mayorga) Juan Mayorga es alguien raro en
el teatro español.
Formado en el campo de las matemáticas y la filosofía, hace un teatro de ideas,
más propio de los países centroeuropeos que del nuestro. Su última obra, Camino
del cielo, ha ganado el prestigioso Premio Enrique Llovet de
este año. El montaje que acaba de
dirigir Javier Rivera en Málaga, nos lleva a un tema tan poco habitual en el
pensamiento español como esel Holocausto. Su protagonista es un
trabajador de la Cruz Roja que participa de la manipulación de
la Historia, al
ocultar la verdad de lo realmente ocurrido a los judíos en un campo de
concentración nazi. Este autor nacido en Madrid en 1965, se hizo conocido al
recibir el Premio Born de teatro por sus famosas Cartas
de amor a Stalin, con las que logró estrenar en el Centro
Dramático Nacional. Su obra sorprendió a muchos por su
feroz crítica al comunismo, pero también por su carácter
de tesis, en un momento en el que sólo parece predominar
el espectáculo. Esa atención por la palabra ha hecho también
que sea uno de los autores dramáticos que más ha publicado
estos últimos años. Primero El jardín quemado, luego El
traductor de Blumemberg, o El sueño de Ginebra, que ha
sido muy representada en circuitos alternativos, así como Animales
nocturnos, las tres actualmente reeditadas por La
Avispa. Desde entonces Mayorga no ha dejado de ganar premios, entre
ellos el Calderón de 1997 por su obra Más ceniza. La
editorial Anthropos ha publicado ahora también la
tesis de filosofía que hizo en Alemania, Revolución conservadora
y conservación revolucionaria, política y memoria en Walter
Benjamin. Tras hacer algunas incursiones en la comedia
con El Gordo y el Flaco o La boda de Alejandro
y Ana, ha estrenado este mes en Cádiz su recreación personal
de la poesía de Alberti. La ha dirigido Helena Pimenta, conocida
por sus adaptaciones de Shakespeare, para la Sociedad
Estatal de Conmemoraciones Culturales. El montaje está basado
en uno de los libros menos conocidos de Alberti, Sobre
los ángeles, escrito entre 1927 y 1928, en medio de una
honda crisis personal. El espectáculo que ha hecho Mayorga sobre Alberti lleva
el título de Sonámbulo. Quiere reflejar no sólo su
crisis personal, sino también la de toda una generación y
una época. El ángel se convierte así en toda una alegoría
de la desesperanza, una imagen del desencanto y del desarraigo,
que se da en otros autores como Rilke. Camino del cielo es
para él sin embargo algo más que una obra histórica, ya que
aunque trata de un asunto tan concreto como el Holocausto,
es una indagación en algo tan importante como el problema
de la verdad. De hecho, se refiere a “la actualidad, independientemente
de que sea una ficción en torno a un acontecimiento localizable
en el tiempo”, dice Mayorga. Para el autor, “la representación que una época hace de
la historia del pasado, es la representación más intensa
de esa época presente”. O sea que para Mayorga, “el teatro
histórico nunca nos informa o nos da una imagen del pasado”.
Por eso Los persas es una obra sobre el tiempo de
Esquilo, no sobre los persas. Lo que habla es de la arrogancia
del poder que traspasa sus limites, pero al desafiar a Dios,
es castigado por ello. Eso es al fin y al cabo lo que hace
Buero en nuestro país en algunas de las obras que escribió durante
el franquismo. Camino del cielo presenta a un trabajador de la Cruz
Roja que quiere ayudar a la gente. Pero al entrar en
un campo de concentración, aunque siente que algo extrañó está ocurriendo
allí, da un informe positivo sobre lo que ha visto. La
clave está en torno a una rampa, que tiene al final una
especie de hangar. A él le dicen que eso es la enfermería,
pero los judíos lo llaman el Camino del cielo. Si
se hubiese atrevido a subir por esa rampa, y abrir esa
puerta, se hubiera dado cuenta de la gran mentira que ocultaban
los nazis. Mayorga se identifica con ese personaje, que
quiere ayudar, pero no se atreve a abrir puertas. Confía
en lo que le dicen y en lo que le muestran. Por eso no
descubre que el camino del cielo es un camino al infierno. El personaje de esta obra está en una permanente encrucijada.
Ya que para Mayorga, “el arte debe abrir puertas, mirar a
los ojos”. Y en este sentido el arte y la filosofía coinciden
en sus objetivo, su misión es la verdad. Por eso decía Paul
Klee que el arte no imita a la realidad, sino que la desvela.
La realidad no es algo evidente, sino que hay que hacer un
esfuerzo para mirarla. Pero ¿cómo llegamos a descubrir esa
verdad?. El comandante nazi de Camino del cielo es un hombre
culto, que lee a Calderón y a Shakespeare. Es “el ingenuo
sueño ilustrado”, dice Mayorga, “de que la cultura ajardinaría
esta selva y eliminaría lo bestial del ser humano”. Pero
la realidad es que “se convirtió en una pesadilla, y nos
hemos dado cuenta de que cultura y barbarie son compatibles,
e incluso una determinada cultura puede estar incubando la
barbarie”. Es la pregunta que se hace Adorno, ¿cómo se puede
escuchar a Mahler por la mañana y torturar por la noche?.
Por eso este autor busca una cultura crítica, que desconfía
hasta de sí misma. Ya que trata de educar en la pregunta
y en la sospecha. Mayorga es miembro del grupo que dirige el filósofo Reyes
Mate, El judaísmo, una tradición olvidada, que se
interesa no sólo por la mirada judía del mundo, sino por
el sentido de la filosofía después del Holocausto. La cosmovisión
bíblica en la que se basa el pensamiento judeocristiano no
es hoy especialmente popular, ya que parte de una concepción
radical de la maldad del hombre. Pero es el sueño de la Ilustración
sobre la bondad innata del ser humano el que nos ha llevado
a esta pesadilla que representa el Holocausto. Nuestro
problema no es falta de ciencia, ni conocimiento, como pensaban
los ilustrados, sino que no queremos enfrentar a la
realidad de esa perversión que habita en nuestro corazón. Esa depravación total es a lo que la Biblia llama pecado.
Y ese es nuestro principal problema, aunque intentamos excusarnos
una y otra vez, echando la culpa a otros, o a nuestras circunstancias.
Porque no queremos vernos cómo realmente somos. Es por eso
que reprimimos todo sentimiento de culpa, imaginando que
no somos tan malos al fin y al cabo. ¡En comparación con
otros, tampoco somos tan malas personas!. Pero nuestro problema
no es una realidad superficial, como una suciedad que arrastremos.
Es algo de lo que no nos podemos separar, una corrupción
que nos acompaña desde que venimos a este mundo y que afecta
a toda nuestra vida. Pero para eso vino Jesús al mundo: para salvar a pecadores
como nosotros, de los cuales, dice Pablo, yo soy el primero
(1 Timoteo 1:15). El pecado es algo real y objetivo,
que está entre yo y mi Creador. El Dios que gobierna este
universo no es una energía impersonal. Es un Ser moral, un
Juez santo, al que hemos ofendido. ¿Qué vamos a hacer entonces
con nuestra culpa?, ¿vamos a seguir escondiéndola hipócritamente?.
La Biblia nos enseña un camino mejor, que es enfrentarla.
¡Vayamos a Dios, tal y como somos?. “Si decimos que no tenemos
pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está
en nosotros”. Pero “si confesamos nuestros pecados, Él es
fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de
toda maldad” (1 Juan 1:8-9). Su amor y compasión nunca
fallan.
José de Segovia Barrón
es periodista, teólogo y pastor en Madrid.
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