| Orden
y caos
Hace unas semanas terminé de leer
un libro, "El nombre de la rosa", de Humberto
Eco. La obra es muy conocida, a lo que colaboró su
adaptación al cine, pero es bastante probable que
en nuestra memoria hayan quedado las imágenes cinematográficas
en detrimento de las literarias, con lo que se perdería
la gran riqueza que encierra. Lo cierto es que las situaciones
que relata Eco, nos dejan un regusto amargo a confusión,
maldad, a un caos insoportable y horrible. En sus páginas
late el desesperado esfuerzo de un hombre por combatir,
por no aceptar ese desorden.
Comienza narrando la llegada en 1327 de un fraile franciscano,
Guillermo de Baskerville, a una abadía benedictina.
Y casi al final, en una habitación poco iluminada
-hasta entonces oculta-, de la última planta del
edificio, un anciano fraile y el franciscano se encuentran,
separados por una mesa con un gran libro sobre ella:
(...) -Pero ahora dime –dice Guillermo-, ¿por
qué? ¿Por qué quisiste proteger
este libro más que tantos otros? (…)¿Por
qué éste te infundía tanto miedo?
-Porque era del Filósofo [Aristóteles].
Cada libro escrito por ese hombre ha destruido una parte
del saber que la cristiandad había acumulado a
lo largo de los siglos. Los padres habían dicho
lo que había que saber sobre el poder del Verbo
y bastó con que Boecio comentase al Filósofo
para que el misterio divino del Verbo se transformara
en la parodia humana de las categorías y del silogismo.
El libro del Génesis dice lo que hay que saber
sobre la composición del cosmos, y bastó con
que se redescubriesen los libros físicos del Filósofo
para que el universo se reinterpretara en términos
de materia sorda y viscosa, y para que el árabe
Averroes estuviese a punto de convencer a todos de la
eternidad del mundo.(...) Pero aún no había
llegado a trastocar la imagen de Dios. Si este libro
llegara... si hubiese llegado a ser objeto de pública
interpretación, habríamos dado ese último
paso.
-Pero, ¿por qué temes tanto a este discurso
sobre la risa? No eliminas la risa eliminando este libro.
-No, sin duda. La risa es la debilidad, la corrupción,
la insipidez de nuestra carne. Es la distracción
del campesino, la licencia del borracho. Incluso la iglesia,
en su sabiduría, ha permitido el momento de la
fiesta, del carnaval, de la feria, esa polución
diurna que permite descargar los humores y evita que
se ceda a otros deseos y a otras ambiciones... Pero de
esta manera la risa sigue siendo algo inferior, amparo
de los simples, misterio vaciado de sacralidad para la
plebe. Ya lo decía el apóstol: en vez de
arder, casaos. En vez de rebelaros contra el orden querido
por Dios, reíd y divertíos con vuestras
inmundas parodias del orden... al final de la comida,
después de haber vaciado las jarras y botellas.
Elegid al rey de los tontos, perdeos en la liturgia del
asno y del cerdo, jugad a representar vuestras saturnales
cabeza abajo... Pero aquí, aquí... -y el
anciano golpeaba la mesa con el dedo, cerca del libro
que Guillermo había estado hojeando-, aquí se
invierte la función de la risa, se la eleva a
arte, se le abren las puertas del mundo de los doctos,
se la convierte en objeto de filosofía, y de pérfida
teología... ".
© revista Edificación
Cristiana, nº 207. Resumido por el autor.
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