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Número 10 - 4 de noviembre, 2003
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JUan simarro

La mujer en la Biblia

Es muy curioso que, hablando la Biblia de una forma tan clara, en muchos de sus relatos, entre la igualdad del hombre y de la mujer, se haya puesto más atención a aquellos otros en los que pareciera que debe existir una desigualdad, una dependencia o un sometimiento. Así se puede ver una corriente patriarcalista y androcéntrica que cruza toda la línea veterotestamentaria, que se refleja también en tradiciones neotestamentarias, afectando a las concepciones antropológicas que vendrán después y que pasan hasta nuestros días.

En los relatos del Génesis, se dan dos tradiciones que se conocen con el nombre de tradición sacerdotal y el de tradición yahvista. Según el relato sacerdotal Dios crea al ser humano a su imagen y semejanza, varón y hembra: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó”. Aquí se ve al hombre, entendido como ser humano, creado por Dios directamente como hombre y mujer. Se da una igualdad real desde el origen, desde la forma de la creación. El ser humano era hombre y mujer. Sin embargo en el relato yahvista, aparece la creación del hombre solamente como varón. Dios lo ve en soledad, reconoce que no era bueno que el hombre estuviera sólo y quiere hacerle una ayuda. Así, en una narración de tipo mítica – entendiendo por mito una forma de hablar preconceptual y que usa constelaciones de símbolos – Dios toma una de las costillas del hombre y le hace una mujer. Así, queda la mujer como hecha de una costilla del hombre y comienza a tenerse una concepción del ser humano en clave androcéntrica. Por tanto, de entre las dos tradiciones del Génesis, la sacerdotal y la yahvista, permanece esta última que perjudica a la igualdad de la mujer.

En la teología paulina, al ver Pablo tanto al hombre como a la mujer revestidos de Cristo, ve a todos uno en Cristo Jesús y exclama: “no hay varón ni mujer” (Gálatas 3:28). Esta frase que debería ser un punto de referencia para la igualdad del hombre y de la mujer en la iglesia, queda supeditada a otras concepciones propias de la época paulina, como era el hecho de que las mujeres no hablaran en las congregaciones y se les negaba la posibilidad de enseñanza. Predominarán después estos conceptos paulinos frente a la rica y reveladora frase del apóstol Pablo que eliminaba distinciones entre hombre y mujer. Una vez más se va optando por un androcentrismo que también recorre la teología neotestamentaria y que deja a la mujer en una situación secundaria en la iglesia.

Cuando alguien define a la madre de Jesús como un vientre fecundo y unos pechos para amamantar: “Bienaventurado el vientre que te trajo y los pechos que mamaste” (Lc. 11:27), el Maestro rechaza esta concepción y no permite que se reduzca a la mujer al hecho de la fecundidad. Y, aunque Jesús rechaza esa bienaventuranza, que es malaventuranza para él si se practica ese simple reduccionismo, las épocas posteriores siguieron queriendo relegar a la mujer a esas funciones.

Aunque Jesús rechaza el hecho de que a la mujer se le reduzca a ser la criada del hogar y reprende a Marta por centrarse en ese papel y, en un ambiente en que la mujer no estudiaba la Torah, pide a Marta que se ponga junto a María para escuchar las enseñanzas del Maestro, siguió tratándose a la mujer en la iglesia como si fuese, desde el punto de vista psicológico, de inteligencia o biológico, inferior al hombre. Jesús destruye en el episodio de Marta y María la imagen de la mujer relegada a las tareas del hogar. Pueden o deben aprender igual que los hombres y, por ende, pueden enseñar y ministrar al mismo nivel.

Es posible que algunos piensen que estas reflexiones ya no son necesarias, que ya están superadas, pero aún vemos que aún falta mucho para la integración de la mujer en la iglesia en igualdad total con el hombre y que aún hay muchas funciones a las que no accede la mujer, o accede sólo en raras excepciones. Jesús contempló a la mujer, en el momento histórico en que él anduvo entre nosotros, como incluida en el grupo de los marginados y excluidos. Se pone de su lado y, aunque en aquella época el testimonio de la mujer no tenía ninguna relevancia ni valor frente al de los hombre varones, el mayor mensaje y la mayor noticia de la cristiandad y de nuestra historia de la salvación, Dios se la comunica a la mujer y la hace el testigo que debe comunicar esa grata noticia: la de la resurrección. ¿Nos atreveremos nosotros a frenar la enseñanza o ministerio de la mujer en todos los órdenes, después de haber sido elegidas por Dios para la comunicación de la mayor noticia para el cristianismo?

Juan Simarro Fernández, licenciado en Filosofía,
escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid.
© J. Simarro, 2003, Madrid, España.
  

 
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