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La
mujer en la Biblia Es muy curioso que, hablando la Biblia
de una forma tan clara, en muchos de sus relatos, entre la
igualdad del hombre y de la mujer, se haya puesto más
atención a aquellos otros en los que pareciera que debe
existir una desigualdad, una dependencia o un sometimiento.
Así se puede ver una corriente patriarcalista y androcéntrica
que cruza toda la línea veterotestamentaria, que se
refleja también en tradiciones neotestamentarias, afectando
a las concepciones antropológicas que vendrán
después y que pasan hasta nuestros días. En los relatos del Génesis,
se dan dos tradiciones que se conocen con el nombre de tradición
sacerdotal y el de tradición yahvista. Según
el relato sacerdotal Dios crea al ser humano a su imagen y
semejanza, varón y hembra: “Y creó Dios
al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón
y hembra los creó”. Aquí se ve al hombre,
entendido como ser humano, creado por Dios directamente como
hombre y mujer. Se da una igualdad real desde el origen, desde
la forma de la creación. El ser humano era hombre y
mujer. Sin embargo en el relato yahvista, aparece la creación
del hombre solamente como varón. Dios lo ve en soledad,
reconoce que no era bueno que el hombre estuviera sólo
y quiere hacerle una ayuda. Así, en una narración
de tipo mítica – entendiendo por mito una forma
de hablar preconceptual y que usa constelaciones de símbolos – Dios
toma una de las costillas del hombre y le hace una mujer. Así,
queda la mujer como hecha de una costilla del hombre y comienza
a tenerse una concepción del ser humano en clave androcéntrica.
Por tanto, de entre las dos tradiciones del Génesis,
la sacerdotal y la yahvista, permanece esta última que
perjudica a la igualdad de la mujer. En la teología paulina, al ver Pablo tanto al hombre
como a la mujer revestidos de Cristo, ve a todos uno en Cristo
Jesús y exclama: “no hay varón ni mujer” (Gálatas
3:28). Esta frase que debería ser un punto de referencia
para la igualdad del hombre y de la mujer en la iglesia,
queda supeditada a otras concepciones propias de la época
paulina, como era el hecho de que las mujeres no hablaran
en las congregaciones y se les negaba la posibilidad de enseñanza.
Predominarán después estos conceptos paulinos
frente a la rica y reveladora frase del apóstol Pablo
que eliminaba distinciones entre hombre y mujer. Una vez
más se va optando por un androcentrismo que también
recorre la teología neotestamentaria y que deja a
la mujer en una situación secundaria en la iglesia. Cuando alguien define a la madre de Jesús como un
vientre fecundo y unos pechos para amamantar: “Bienaventurado
el vientre que te trajo y los pechos que mamaste” (Lc.
11:27), el Maestro rechaza esta concepción y no permite
que se reduzca a la mujer al hecho de la fecundidad. Y, aunque
Jesús rechaza esa bienaventuranza, que es malaventuranza
para él si se practica ese simple reduccionismo, las épocas
posteriores siguieron queriendo relegar a la mujer a esas
funciones. Aunque Jesús rechaza el hecho de que a la mujer se
le reduzca a ser la criada del hogar y reprende a Marta por
centrarse en ese papel y, en un ambiente en que la mujer
no estudiaba la Torah, pide a Marta que se ponga junto a
María para escuchar las enseñanzas del Maestro,
siguió tratándose a la mujer en la iglesia
como si fuese, desde el punto de vista psicológico,
de inteligencia o biológico, inferior al hombre. Jesús
destruye en el episodio de Marta y María la imagen
de la mujer relegada a las tareas del hogar. Pueden o deben
aprender igual que los hombres y, por ende, pueden enseñar
y ministrar al mismo nivel. Es posible que algunos piensen que estas reflexiones ya no
son necesarias, que ya están superadas, pero aún
vemos que aún falta mucho para la integración
de la mujer en la iglesia en igualdad total con el hombre
y que aún hay muchas funciones a las que no accede
la mujer, o accede sólo en raras excepciones. Jesús
contempló a la mujer, en el momento histórico
en que él anduvo entre nosotros, como incluida en el
grupo de los marginados y excluidos. Se pone de su lado y,
aunque en aquella época el testimonio de la mujer no
tenía ninguna relevancia ni valor frente al de los
hombre varones, el mayor mensaje y la mayor noticia de la
cristiandad y de nuestra historia de la salvación,
Dios se la comunica a la mujer y la hace el testigo que debe
comunicar esa grata noticia: la de la resurrección.
¿Nos atreveremos nosotros a frenar la enseñanza
o ministerio de la mujer en todos los órdenes, después
de haber sido elegidas por Dios para la comunicación
de la mayor noticia para el cristianismo?
Juan Simarro Fernández,
licenciado en Filosofía,
escritor y director de Misión Evangélica Urbana
de Madrid.
© J. Simarro, 2003, Madrid, España.
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