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Número 10 - 7 de noviembre, 2003
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dLirios y troyanos
LUIS MARIÁN

Prohibido prohibir

“He cometido el peor pecado que uno puede cometer. No he sido feliz”
José Luis Borges

Un querido amigo definía el cristianismo como un cúmulo de prohibiciones que nos coartan la libertad y nos reprimen. Desde su postura no podía comprenderse aquello de “si Jesucristo os libertare seréis verdaderamente libres”. Para mi colega se trataba de una contradictoria frase hecha.

Percepciones aparte, hay que decir que es un dato objetivo el hecho de afirmar que la fe cristiana contiene prohibiciones. No nos engañemos. Aunque la esencia del mensaje evangélico sea la gracia, el perdón y la liberación, también existen abundantes e indiscutibles mandatos inherentes a la práctica cristiana ¿Y cuales son esas actitudes tan perniciosas que se nos prohiben? Pues muchas, desde luego. El poeta Pablo Neruda enumera algunas de ellas:

“Queda prohibido llorar sin aprender, levantarte un día sin saber que hacer, tener miedo a tus recuerdos. Queda prohibido no luchar por lo que quieres, abandonarlo todo por miedo, queda prohibido no demostrar tu amor, hacer que alguien pague tus dudas. Queda prohibido dejar a tus amigos. Olvidar a toda la gente que te quiere. Queda prohibido tener miedo a la vida y a sus compromisos, no pensar en que podemos ser mejores. Queda prohibido no creer en Dios y dejar de darle las gracias por nuestra vida...” y así como si de un Index Librorum Prohibitorum se tratara, se podrían añadir más y más prohibiciones de esta fe llamada originalmente El Camino (Hechos 19, 9). Un camino de sentido único y lleno de señales circulares de borde rojo y fondo blanco.

Pero como si quisiese exponer el eslogan de un nuevo coche, dudo si mi amigo decía represión cuando más bien quería decir dominio y control. Y es que el lenguaje es a veces traicionero. Pero la verdad es que sí que tenemos prohibiciones, y a fin de cuentas, lo que prohibe el evangelio es morir en vida. Prohibe inventarnos dependencias que nos anulen. Esa es la censura bíblica; crear frustraciones inútiles, dar cabida al veneno del rencor y la amargura. Dios no nos deja ser ancianos de espíritu. Se nos tiene vetado al igual que ocurre con la servidumbre a la Grandiosa (escríbase también como “gran diosa”) Madre Indiferencia.

El conformismo y la dispersión de esfuerzos misioneros son manzanas edénicas que nos miran con ojos inyectados en sangre... ¡qué miedo!, y es que ahora ya no está permitido abdicar en la lucha contra el ego, ni contra la hipocresía, ni...

Pues sí, sí que mi amigo tenía parte de razón en su argumentación. Tenemos contundentes e inflexibles restricciones. Pero claro, quien no quiera participar de ellas... ¡puede hacerlo! Desde luego, no será Dios quien se lo prohiba..

Luis Marián trabaja en Madrid como documentalista en la Universidad Carlos III,
y Coordinador de la Biblioteca Protestante de Madrid. Es estudiante de periodismo y cofundador
de www.delirante.org un portal juvenil cristiano enfocado al diálogo con los no creyentes.

 
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