| Prohibido
prohibir
“He cometido el peor pecado
que uno puede cometer. No he sido feliz”
José Luis
Borges
Un querido amigo definía
el cristianismo como un cúmulo de prohibiciones
que nos coartan la libertad y nos reprimen. Desde su postura
no podía comprenderse aquello de “si Jesucristo
os libertare seréis verdaderamente libres”.
Para mi colega se trataba de una contradictoria frase hecha.
Percepciones aparte, hay que decir
que es un dato objetivo el hecho de afirmar que la fe cristiana
contiene prohibiciones. No nos engañemos. Aunque la
esencia del mensaje evangélico sea la gracia, el perdón
y la liberación, también existen abundantes
e indiscutibles mandatos inherentes a la práctica
cristiana ¿Y cuales son esas actitudes tan perniciosas
que se nos prohiben? Pues muchas, desde luego. El poeta Pablo
Neruda enumera algunas de ellas:
“Queda prohibido llorar sin aprender, levantarte
un día sin saber que hacer, tener miedo a tus recuerdos.
Queda prohibido no luchar por lo que quieres, abandonarlo
todo por miedo, queda prohibido no demostrar tu amor, hacer
que alguien pague tus dudas. Queda prohibido dejar a tus
amigos. Olvidar a toda la gente que te quiere. Queda prohibido
tener miedo a la vida y a sus compromisos, no pensar en que
podemos ser mejores. Queda prohibido no creer en Dios y dejar
de darle las gracias por nuestra vida...” y así como
si de un Index Librorum Prohibitorum se tratara, se podrían
añadir más y más prohibiciones de esta
fe llamada originalmente El Camino (Hechos 19, 9). Un camino
de sentido único y lleno de señales circulares
de borde rojo y fondo blanco.
Pero como si quisiese exponer
el eslogan de un nuevo coche, dudo si mi amigo decía represión cuando más
bien quería decir dominio y control. Y es que el lenguaje
es a veces traicionero. Pero la verdad es que sí que
tenemos prohibiciones, y a fin de cuentas, lo que prohibe
el evangelio es morir en vida. Prohibe inventarnos dependencias
que nos anulen. Esa es la censura bíblica; crear frustraciones
inútiles, dar cabida al veneno del rencor y la amargura.
Dios no nos deja ser ancianos de espíritu. Se nos
tiene vetado al igual que ocurre con la servidumbre a la
Grandiosa (escríbase también como “gran
diosa”) Madre Indiferencia.
El conformismo y la dispersión de esfuerzos misioneros
son manzanas edénicas que nos miran con ojos inyectados
en sangre... ¡qué miedo!, y es que ahora ya
no está permitido abdicar en la lucha contra el ego,
ni contra la hipocresía, ni...
Pues sí, sí que mi amigo
tenía parte de razón en su argumentación.
Tenemos contundentes e inflexibles restricciones. Pero claro,
quien no quiera participar de ellas... ¡puede hacerlo!
Desde luego, no será Dios quien se lo prohiba..
Luis Marián trabaja en Madrid
como documentalista en la Universidad Carlos III,
y Coordinador de la Biblioteca Protestante de Madrid. Es estudiante
de periodismo y cofundador
de www.delirante.org
un portal juvenil cristiano enfocado al diálogo con
los no creyentes.
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