| No
resulta fácil Amar a quien te ama, ayudar al que
te brinda su ayuda, sonreír al amigo, ofrecer cariño
al que antes te lo ha dado. Tareas fáciles todas estas.
La dificultad comienza cuando ese amor hay que otorgárselo
a quien no se ama, cuando esa ayuda ha de ser ofrecida a alguien
incapaz de socorrernos.
No resulta fácil desprendernos de nuestro orgullo y despertar
en otros el asombro que suele provocar lo inusual. Extender
la mano hacia alguien que nunca supo ofrecerla y encontrar en
el receptor una muestra de perplejidad e incomodo. Sería
ingrato por nuestra parte, mantener las manos en los bolsillos,
cuando hay necesidad de cooperación, de solidarizarnos
con aquel que se muestra poco solícito hacia el favor.
No resulta fácil dar amor al enemigo, sonreír
al recio que malhumorado expresa su descontento sin razón
aparente. No resulta fácil pasar página cuando
no consigues asimilar que el capítulo se ha acabado.
Tampoco es fácil decir que no a ese gran proyecto,
porque comprendes que no es de la voluntad de Dios. Abnegar nuestros deseos, para poder satisfacer los de otros,
sigue siendo una asignatura pendiente, un peldaño costoso
de subir. La recompensa a esa abnegación no la hemos
de esperar en el agradecimiento ajeno -una gratitud que a
veces no llega- sino en saber que todo lo que hacemos por
el bien de otros, es del agrado de Dios. Y ello, ha de ser
razón más que suficiente para sentirnos comprometidos
en la tarea de amar, labor nada sencilla. La pasada semana, en el culto dominical, nuestro pastor basó
la predicación en el conocidísimo pasaje de
Lucas 10:25-37. En dicho texto se nos relata un acto de amor
de un hombre hacia otro hombre, un desprendimiento que deja
impresa una lección a poner en práctica. Una
vez más esa parábola me golpeó en el
corazón, instándome a permanecer firme ante
esa egoísta voz, que a veces me intenta seducir para
que siga los cánones de comportamiento de esta sociedad
cada vez más hedonista. Soy prójimo, por ello he de mostrarme hermano con
los prójimos amigos y con aquellos que no lo son. Sigue
sin resultar fácil, pero nadie nos dijo que esta aventura
iba a serlo. Por ello, enarbolando una vez más una
bandera de amor, intento derramar con mis palabras ese ingrediente;
cada vez más escaso, con el cual sazonar la tierra.
Ya saben a que ingrediente me refiero. Utilícenlo a
diario para espolvorear este mundo, de seguro, con la aportación
de cada uno de nosotros, este gran cocido nos será
mas deleitoso de gustar.
Yolanda Tamayo es colaboradora de
la revista Ventana Abierta (Asamblea Cristiana).
© Y. Tamayo, 2003, España
|