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El
mes de los muertos
El 1 de noviembre
celebra la Iglesia católica la festividad de Todos
los Santos, y el día 2 la conmemoración de
los Fieles Difuntos, que para el común del pueblo
es, sencillamente, “el día de los muertos” ¡Los
muertos! Gente fría y muy estirada, los llamó Jardiel
Poncela. Y añadió: “No saben lo que
es morir ni los muertos”.
La costumbre de orar por los muertos
tiene raíces paganas. En el antiguo “Libro Egipcio
de los Muertos”, libro extraño, fantástico,
en el que la religión se mezcla con la epopeya, el
difunto podía revivir en otro mundo merced a los oraciones
y los ritos de sus parientes en la tierra.
En la Iglesia católica la práctica de orar
por los muertos procede del siglo X, iniciada por un monje
francés llamado Odilón. La gente empezó a
acudir a los conventos franceses, primero a orar por los
muertos, más tarde llevar flores a los cementerios,
y pronto la costumbre se hizo ley. Con lo cual, reconoce
el escritor católico Eusebio García Luengo, “ya
sabemos que en nuestras costumbres se mezclan la muy decisiva
tradición y culturas cristianas y los oscurísimos
y remotísimos que nos dejaron otras civilizaciones
paganas”.
Queriéndolo o sin querer, se nos ha metido una mentalidad
pagana al hablar de los muertos y de la muerte. Miramos sólo
el aspecto terrorífico y macabro, la corrupción
del sepulcro, el abandono de todos, la suciedad de la tumba.
El
religioso Casimiro Sánchez Almeida, quien fue
Catedrático en la Universidad Pontificia de Salamanca,
agrega que “a las concepciones paganas del Renacimiento
se unió el espíritu morboso del Romanticismo
y la poca imaginación de los agentes de pompas fúnebres,
y entre todos han llenado los cementerios, cuando no las
Iglesias, de calaveras y tibias entrelazadas, esqueletos
con guadañas, cítaras y columnas rotas... Esa
iconografía es ridícula y tiene muy poco de
cristiana”.
¿Por qué y para qué dedicar un día
a los muertos, si los muertos nos dominan? Son mayoría.
Están presentes todos los días, a todas horas,
cada minuto de nuestra existencia pertenece a los muertos.
Nos dominan desde el fondo de sus tumbas. Son nuestros señores.
Son superiores. Para librarnos de ellos tendríamos
que volver a matarlos.
En el Día de los Muertos, más que perder el
tiempo en arreglar flores y lavar tumbas, deberíamos
meditar en el sentido cristiano de la muerte, considerada
como el tránsito de la vida terrena a la celestial,
del tiempo caduco a la eternidad bienaventurada.
¿Orar el 2 de noviembre por los
muertos? Más bien orar todos los días; y no
por los muertos, a los que no tenemos acceso, sino por los
vivos, por ti y por mí.
Juan Antonio Monroy
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