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Número 10 - 4 de noviembre, 2003
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JOSÉ DE SEGOVIA

“El cielo raso” de A. Pombo

Álvaro Pombo es uno de los narradores más originales e interesantes que hay en nuestro país. Su último libro, El cielo raso, recibió el primer premio de la Fundación Lara, que han formado once editoriales para reconocer la mejor obra publicada en España durante ese año. Para celebrarlo Anagrama ha reeditado la novela en edición de bolsillo. En ella nos acercamos a los problemas de un joven que se debate entre la fe y la homosexualidad, hasta recibir la influencia de la teología de la liberación en la Universidad Centroamericana de El Salvador. Allí el jesuita español Ignacio Ellacuría le da una nueva visión del cristianismo, con la que intenta rehacer su vida en Madrid.

Nacido en Santander en 1939, Pombo ha vivido mucho tiempo en Londres, donde se desarrolla parte de esta novela. El autor continuó allí los estudios de filosofía que había empezado en Madrid. Y estaba todavía en Inglaterra, cuando comenzó a publicar poesía en 1973, siendo galardonado con el Premio El Bardo cuatro años después por su libro Variaciones. A partir de El héroe de las mansardas de Mansard ha publicado todas sus novelas en Anagrama, que le concedió el Premio Herralde en 1983. Los reconocimientos se multiplican desde entonces, sobre todo a raíz de recibir el Nacional de Narrativa por su obra Donde las mujeres en 1997. 

El interés de Pombo por la religión aparece ya en las inquietudes de la mujer protagonista de El metro de platino iridiado, que fue Premio de la Crítica en 1991. Al comenzar este nuevo milenio se introduce de lleno en la espiritualidad medieval de Bernardo de Claraval, con la historia de la decepción de un joven que sigue a este místico predicador en las Cruzadas del siglo XII, en La cuadratura del circulo, que fue Premio Fastenrath de la Real Academia Española el año 2001. Ahora se sumerge en el melodrama de El cielo raso, cuyo personaje atraviesa una continua realidad de contradicciones e insatisfacciones, que le llevan de su fe infantil a la homosexualidad, hasta que descubre la  teología de la liberación que enseñan los jesuitas españoles en El Salvador.

La pregunta que da inicio al libro es la que hacen los ángeles a los primeros cristianos en Galilea, tras la ascensión de Jesús, al principio de Hechos de los Apóstoles: “¿Qué hacéis ahí mirando al cielo?. De entrada el autor nos enfrenta de golpe a una explícita descripción de la iniciación homosexual de su protagonista con un primo suyo. Lo que provoca un sentimiento de vergüenza, pecado y culpa, que va a competir a partir de ahora con su fervor religioso. Ya que “la vergüenza se diferenciaba del pecado”, dice Pombo, “por su origen, que era, en el caso de Gabriel Arintero, familiar”. O sea, “que no era sólo una emoción desagradable, negativa, que le invadiría a él, caso de ser descubierto, sino que todos sus familiares y amigos, se avergonzarían de él si el asunto llegaba a saberse”.

“El pecado fue el gran tema de la adolescencia de Gabriel Arintero”. Pero “el otro gran tema era el del amor a la Santísima Virgen”. Por eso aunque “la gracia se veía mejor junto al pecado” (ya que citando al apóstol Pablo a los Romanos, “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”), es a María, a quien cantaba: “Madre afligida / de pena hondo mar / logradnos la gracia / de nunca pecar”. Eso le emocionaba, dice Pombo. Hacía entonces retiros espirituales con los jesuitas en un chalecito a las afueras de Valladolid. Cada chico tenía allí su cuartito, para realzar así la importancia del pecado, la gravedad de la situación, el examen de conciencia y el propósito de enmienda. Hacía penitencias y ayunos, pero durante años “vivió una vida de pecado, de confesiones y de gracia, y otra vez de pecado”. Pero “al ser su pecado contra natura, anormalidad, inversión, perversión, resultaba Gabriel mismo esencialmente impuro”.

El personaje de esta novela se considera cristiano al comenzar la Universidad, pero también más tarde, al irse de España, y abandonar por completo toda práctica religiosa. En el sentido de que “no se consideraba ateo, porque se sentía identificado con cualquiera de esas personas ignoradas y anónimas que se acuerdan de Jesús de Nazaret y que mencionan su nombre cuando se enamoran de un semejante”. Es una fe que parece algo sentimental por un lado, aunque por otro cree en “un Dios Padre omnipotente que había creado un mundo empecatado desde el origen, lo cual no le impedía juzgarlo severamente”. Pero “cuya acción benéfica y cuya gracia aparecían con ocasión del pecado”. Por lo que “sólo con abundante pecado había sobreabundante gracia”.

El narrador en un momento reconoce de hecho que “el recuerdo de Jesús -no obstante su claridad y su benevolente aceptación del amor humano- tenía para Gabriel una connotación fuertemente poética que no daba lugar a ninguna práctica concreta”. Ya que “no se podía hacer nada salvo recordarlo en su lejana e inerme belleza”. Por lo que “la vida de Jesús” no era para Gabriel sino “un sistema de imágenes latentes”, sin otro objeto que no sentirse excluido a causa de su homosexualidad”.

A pesar de la relación de amor que tiene con su prima Carolina, una estudiosa atea de la historia de las religiones, Arintero opta por “querer ser homosexual”. Hace entonces de esa voluntad “el centro de sí mismo, el punto de inflexión que reducía a cero toda otra variante o posibilidad, incluida, muy especialmente, la posibilidad de ser feliz”. A partir de ese momento “sintió que su vida pasada, sus intentos de castidad, sus inhibiciones y su aparente austeridad eran frutos desabridos del miedo al pecado y de la vergüenza a la figura social de la homosexualidad que no había conseguido vencer en el interior de su corazón”.

La aceptación que hace Gabriel en Londres de su homosexualidad ya no tiene que ver con las experiencias de placer de su infancia y adolescencia. Es más incluso que “un rechazo de los prejuicios sociales, morales o religiosos de España”. Es un acto de voluntad, por el que “la homosexualidad como proyecto satisfacía el romanticismo incurable de Arintero, su clandestinidad, su inseguridad, su imposible sociabilidad”. El problema es que “todo eso tan romántico se volvía detestable y odioso al convertirse, en la práctica, en dificultades y reservas que Gabriel Arintero, como todos los homosexuales de esa generación habían internalizado”.   

La compulsividad y discontinuidad de esos encuentros le llevan a descubrir que “el remordimiento es autorreflexivo y compatible con toda suerte de reincidencias y caídas”. Se siente aislado e insatisfecho. Pero “ahora no podía naturalmente culpar de su frustración a la moral vigente ni a la noción de pecado: sólo podía culparse a sí mismo”. El cuadro de la homosexualidad que nos da aquí Pombo, se aparta así de las historias rosas del movimiento gay, para enfrentarnos a una realidad gris como la niebla londinense. Su opción por la homosexualidad no le ha dado finalmente la felicidad. Es por eso que piensa que su vida necesita un cambio profundo. Y es entonces cuando se marcha a El Salvador.

Arintero estudia filosofía con el jesuita español Ignacio Ellacuría en la Universidad Centro Americana. Allí descubre el mensaje de “salvación”, por el que “el reino de Dios predicado por Jesús de Nazaret como liberación del pueblo judío estaba teniendo lugar ahora aquí, en El Salvador”. Y encuentra que “hay un abismo entre esta teología liberadora, y la teología ratonera de los pecados originales y las culpas y las culpabilizaciones del catolicismo de mi niñez y juventud”. Conoce entonces a su amigo y amante Osvaldo, que le enseña que “quizá no haya un abismo entre el cristianismo que predican Ellacuría y los demás jesuitas y el cristianismo del Jesús de Nazaret de mi infancia”. Ya que “se trata sólo de lo mismo, enunciado con las palabras poderosas de la acción, liberado de la ropavejería eclesiástica, a salvo de la trapacería de clérigos acobardados”. Finalmente descubre un “cristianismo valiente y nuevo” que les incluye a los dos en su amor, “en un único abrazo cristiano”.

Una vez en Madrid, el personaje busca una organización de rehabilitación de ex convictos, a la que le dirige Jon Sobrino, otro de los personajes reales que aparece en la novela. Entonces se encuentra de nuevo a Carolina, no sabe ya nada de Osvaldo, y se ve de nuevo confuso ante la realidad de su vida. “Vosotros sois la sal de la tierra”, le recuerda su primo Leopoldo. Pero “la sensación de paladear algo sin sabor, su propia vida, no es en sí misma indiferente, sino que ocupa su conciencia como una acusación que le hace sentirse desdichado sin saber por qué”. Es como si “su vida debería tener un sabor específico, mucho sabor, y le sabe a poco, le sabe a nada”. El problema es que “no logra acusarse de ninguna falta en concreto, de ningún pecado en concreto: sólo su vida insípida”.

El personaje de Pombo “se acusa a sí mismo de falta de sabor, ¿es eso un pecado?”. La verdad es que “se siente desasosegado, pero con una angustia escondida, disfrazada, que Leopoldo atribuye al aburrimiento”. Ya que “los días se le echan encima unos de otros, como en una página se encadenan las frases sin signos de puntuación, de tal manera que al tratar de leerlas, uno acaba dejándolo porque carece de sentido”. Puesto que “la falta de sentido y de sabor de la propia vida viene a ser como una somnolencia”.

Pero la verdad del conjunto de nuestra vida no se hace por sí sola. El personaje de Pombo dice que “si ahora mismo contemplara el conjunto de mi vida sería incapaz de decir qué significa todo ello”. Pero la verdad es que ha tomado toda una serie de decisiones que le han llevado precisamente hasta esa situación. Ya que nuestra identidad no puede venir por una opción como la homosexualidad o la lucha revolucionaria. El problema es que tenemos que vernos a nosotros mismos como Dios nos ve.

Si leemos el manual de instrucciones de nuestro Creador vemos que hay una culpa más allá de todo sentimiento, por la que Cristo ha pagado en la cruz (Romanos 3:21-16). Es por Él que podemos llegar a conocer a Dios. No por María, como esperaba Gabriel. Sólo Dios puede darnos verdadero amor. Y sin Él no hay más que soledad, falta de dirección y propósito. Toda otra esperanza es una ilusión. Arintero cree que encontrará la felicidad al lado de Osvaldo en Madrid. Pero será otro sueño más que se desvanecerá, dejándole solo, dolido e inseguro. El que nos ha formado (Salmo 139:13-16), es el único que puede colmar todos nuestros anhelos y necesidades.             

http://www.epdlp.com/pombo.html

José de Segovia Barrón es periodista, teólogo y pastor en Madrid.
© J. de Segova, I+CP, 2003. I+CP (www.ICP-e.org)

 
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