| “El
cielo raso” de A. Pombo Álvaro Pombo es uno de los narradores
más originales e interesantes que hay en nuestro país. Su último
libro, El cielo raso, recibió el primer premio de la Fundación Lara,
que han formado once editoriales para reconocer la mejor obra
publicada en España durante ese año. Para celebrarlo Anagrama ha
reeditado la novela en edición de bolsillo. En ella nos acercamos
a los problemas de un joven que se debate entre la fe y la
homosexualidad, hasta recibir la influencia de la teología
de la liberación en la Universidad Centroamericana de
El Salvador. Allí el jesuita español Ignacio Ellacuría le da
una nueva visión del cristianismo, con la que intenta rehacer
su vida en Madrid. Nacido en Santander en 1939, Pombo ha vivido mucho tiempo
en Londres, donde se desarrolla parte de esta novela. El
autor continuó allí los estudios de filosofía que había empezado
en Madrid. Y estaba todavía en Inglaterra, cuando comenzó a
publicar poesía en 1973, siendo galardonado con el Premio
El Bardo cuatro años después por su libro Variaciones.
A partir de El héroe de las mansardas de Mansard ha
publicado todas sus novelas en Anagrama, que le concedió el Premio
Herralde en 1983. Los reconocimientos se multiplican
desde entonces, sobre todo a raíz de recibir el Nacional
de Narrativa por su obra Donde las mujeres en
1997. El interés de Pombo por la religión aparece ya en las inquietudes
de la mujer protagonista de El metro de platino iridiado, que
fue Premio de la Crítica en 1991. Al comenzar este
nuevo milenio se introduce de lleno en la espiritualidad
medieval de Bernardo de Claraval, con la historia de la decepción
de un joven que sigue a este místico predicador en las Cruzadas
del siglo XII, en La cuadratura del circulo, que fue Premio
Fastenrath de la Real Academia Española el año 2001.
Ahora se sumerge en el melodrama de El cielo raso, cuyo
personaje atraviesa una continua realidad de contradicciones
e insatisfacciones, que le llevan de su fe infantil a la
homosexualidad, hasta que descubre la teología de la
liberación que enseñan los jesuitas españoles en El Salvador. La pregunta que da inicio al libro es la que hacen los ángeles
a los primeros cristianos en Galilea, tras la ascensión de
Jesús, al principio de Hechos de los Apóstoles: “¿Qué hacéis
ahí mirando al cielo?. De entrada el autor nos enfrenta de
golpe a una explícita descripción de la iniciación homosexual
de su protagonista con un primo suyo. Lo que provoca un sentimiento
de vergüenza, pecado y culpa, que va a competir a partir
de ahora con su fervor religioso. Ya que “la vergüenza se
diferenciaba del pecado”, dice Pombo, “por su origen, que
era, en el caso de Gabriel Arintero, familiar”. O sea, “que
no era sólo una emoción desagradable, negativa, que le invadiría
a él, caso de ser descubierto, sino que todos sus familiares
y amigos, se avergonzarían de él si el asunto llegaba a saberse”. “El pecado fue el gran tema de la adolescencia de Gabriel
Arintero”. Pero “el otro gran tema era el del amor a la Santísima
Virgen”. Por eso aunque “la gracia se veía mejor junto al
pecado” (ya que citando al apóstol Pablo a los Romanos, “donde
abundó el pecado, sobreabundó la gracia”), es a María, a
quien cantaba: “Madre afligida / de pena hondo mar / logradnos
la gracia / de nunca pecar”. Eso le emocionaba, dice Pombo.
Hacía entonces retiros espirituales con los jesuitas en un
chalecito a las afueras de Valladolid. Cada chico tenía allí su
cuartito, para realzar así la importancia del pecado, la
gravedad de la situación, el examen de conciencia y el propósito
de enmienda. Hacía penitencias y ayunos, pero durante años “vivió una
vida de pecado, de confesiones y de gracia, y otra vez de
pecado”. Pero “al ser su pecado contra natura, anormalidad,
inversión, perversión, resultaba Gabriel mismo esencialmente
impuro”. El personaje de esta novela se considera cristiano al comenzar
la Universidad, pero también más tarde, al irse de España,
y abandonar por completo toda práctica religiosa. En el sentido
de que “no se consideraba ateo, porque se sentía identificado
con cualquiera de esas personas ignoradas y anónimas que
se acuerdan de Jesús de Nazaret y que mencionan su nombre
cuando se enamoran de un semejante”. Es una fe que parece
algo sentimental por un lado, aunque por otro cree en “un
Dios Padre omnipotente que había creado un mundo empecatado
desde el origen, lo cual no le impedía juzgarlo severamente”.
Pero “cuya acción benéfica y cuya gracia aparecían con ocasión
del pecado”. Por lo que “sólo con abundante pecado había
sobreabundante gracia”. El narrador en un momento reconoce de hecho que “el recuerdo
de Jesús -no obstante su claridad y su benevolente aceptación
del amor humano- tenía para Gabriel una connotación fuertemente
poética que no daba lugar a ninguna práctica concreta”. Ya
que “no se podía hacer nada salvo recordarlo en su lejana
e inerme belleza”. Por lo que “la vida de Jesús” no era para
Gabriel sino “un sistema de imágenes latentes”, sin otro
objeto que no sentirse excluido a causa de su homosexualidad”. A pesar de la relación de amor que tiene con su prima Carolina,
una estudiosa atea de la historia de las religiones, Arintero
opta por “querer ser homosexual”. Hace entonces de esa voluntad “el
centro de sí mismo, el punto de inflexión que reducía a cero
toda otra variante o posibilidad, incluida, muy especialmente,
la posibilidad de ser feliz”. A partir de ese momento “sintió que
su vida pasada, sus intentos de castidad, sus inhibiciones
y su aparente austeridad eran frutos desabridos del miedo
al pecado y de la vergüenza a la figura social de la homosexualidad
que no había conseguido vencer en el interior de su corazón”. La aceptación que hace Gabriel en Londres de su homosexualidad
ya no tiene que ver con las experiencias de placer de su
infancia y adolescencia. Es más incluso que “un rechazo de
los prejuicios sociales, morales o religiosos de España”.
Es un acto de voluntad, por el que “la homosexualidad como
proyecto satisfacía el romanticismo incurable de Arintero,
su clandestinidad, su inseguridad, su imposible sociabilidad”.
El problema es que “todo eso tan romántico se volvía detestable
y odioso al convertirse, en la práctica, en dificultades
y reservas que Gabriel Arintero, como todos los homosexuales
de esa generación habían internalizado”. La compulsividad y discontinuidad de esos encuentros le
llevan a descubrir que “el remordimiento es autorreflexivo
y compatible con toda suerte de reincidencias y caídas”.
Se siente aislado e insatisfecho. Pero “ahora no podía naturalmente
culpar de su frustración a la moral vigente ni a la noción
de pecado: sólo podía culparse a sí mismo”. El cuadro de
la homosexualidad que nos da aquí Pombo, se aparta así de
las historias rosas del movimiento gay, para
enfrentarnos a una realidad gris como la niebla londinense.
Su opción por la homosexualidad no le ha dado finalmente
la felicidad. Es por eso que piensa que su vida necesita
un cambio profundo. Y es entonces cuando se marcha a El Salvador. Arintero estudia filosofía con el jesuita español Ignacio
Ellacuría en la Universidad Centro Americana. Allí descubre
el mensaje de “salvación”, por el que “el reino de Dios predicado
por Jesús de Nazaret como liberación del pueblo judío estaba
teniendo lugar ahora aquí, en El Salvador”. Y encuentra que “hay
un abismo entre esta teología liberadora, y la teología ratonera
de los pecados originales y las culpas y las culpabilizaciones
del catolicismo de mi niñez y juventud”. Conoce entonces
a su amigo y amante Osvaldo, que le enseña que “quizá no
haya un abismo entre el cristianismo que predican Ellacuría
y los demás jesuitas y el cristianismo del Jesús de Nazaret
de mi infancia”. Ya que “se trata sólo de lo mismo, enunciado
con las palabras poderosas de la acción, liberado de la ropavejería
eclesiástica, a salvo de la trapacería de clérigos acobardados”.
Finalmente descubre un “cristianismo valiente y nuevo” que
les incluye a los dos en su amor, “en un único abrazo cristiano”. Una vez en Madrid, el personaje busca una organización de
rehabilitación de ex convictos, a la que le dirige Jon Sobrino,
otro de los personajes reales que aparece en la novela. Entonces
se encuentra de nuevo a Carolina, no sabe ya nada de Osvaldo,
y se ve de nuevo confuso ante la realidad de su vida. “Vosotros
sois la sal de la tierra”, le recuerda su primo Leopoldo.
Pero “la sensación de paladear algo sin sabor, su propia
vida, no es en sí misma indiferente, sino que ocupa su conciencia
como una acusación que le hace sentirse desdichado sin saber
por qué”. Es como si “su vida debería tener un sabor específico,
mucho sabor, y le sabe a poco, le sabe a nada”. El problema
es que “no logra acusarse de ninguna falta en concreto, de
ningún pecado en concreto: sólo su vida insípida”. El personaje de Pombo “se acusa a sí mismo de falta de sabor, ¿es
eso un pecado?”. La verdad es que “se siente desasosegado,
pero con una angustia escondida, disfrazada, que Leopoldo
atribuye al aburrimiento”. Ya que “los días se le echan encima
unos de otros, como en una página se encadenan las frases
sin signos de puntuación, de tal manera que al tratar de
leerlas, uno acaba dejándolo porque carece de sentido”. Puesto
que “la falta de sentido y de sabor de la propia vida viene
a ser como una somnolencia”. Pero la verdad del conjunto de nuestra vida no se hace por
sí sola. El personaje de Pombo dice que “si ahora mismo contemplara
el conjunto de mi vida sería incapaz de decir qué significa
todo ello”. Pero la verdad es que ha tomado toda una serie
de decisiones que le han llevado precisamente hasta esa situación.
Ya que nuestra identidad no puede venir por una opción como
la homosexualidad o la lucha revolucionaria. El problema
es que tenemos que vernos a nosotros mismos como Dios nos
ve. Si leemos el manual de instrucciones de nuestro Creador
vemos que hay una culpa más allá de todo sentimiento, por
la que Cristo ha pagado en la cruz (Romanos 3:21-16).
Es por Él que podemos llegar a conocer a Dios. No por María,
como esperaba Gabriel. Sólo Dios puede darnos verdadero amor.
Y sin Él no hay más que soledad, falta de dirección y propósito.
Toda otra esperanza es una ilusión. Arintero cree que encontrará la
felicidad al lado de Osvaldo en Madrid. Pero será otro sueño
más que se desvanecerá, dejándole solo, dolido e inseguro.
El que nos ha formado (Salmo 139:13-16), es el único
que puede colmar todos nuestros anhelos y necesidades. http://www.epdlp.com/pombo.html
José de Segovia Barrón
es periodista, teólogo y pastor en Madrid.
© J. de Segova, I+CP, 2003. I+CP (www.ICP-e.org) |