 |
Protestantismo,
diversidad y tolerancia:
conversación con Carlos
Monsiváis
Es un intelectual
mexicano de primera línea. Referencia obligada para
entender los cambios culturales en América Latina.
Carlos Monsiváis es, a decir de muchos que han intentado
seguirle los pasos a su obra escrita, inabarcable y por
la vastedad de sus intereses y variada formación
un personaje difícil de aprehender por quienes gustan
de hacer clasificaciones intelectuales e ideológicas.
Este autor tan presente en el periodismo mexicano y las
revistas culturales latinoamericanas, recientemente fue
conocido más ampliamente en España –más
allá de de los círculos españoles
interesados en los asuntos del otrora llamado Nuevo Mundo-
gracias a que en el año 2000 obtuvo el prestigiado,
y prestigiante para quien lo recibe, Premio Anagrama de
Ensayo por su libro Aires de familia. Cultura y sociedad
en América Latina. Para orientar al público
español acerca de lo que representa Monsiváis,
los editores lo presentan como “uno de los grandes
intelectuales latinoamericanos de nuestro tiempo y una
conciencia crítica, lúcida e insobornable… un
punto de referencia ineludible en su país”.
AEn el libro que le valió el
premio citado de forma unánime por el jurado que integraron
Fernando Savater, Salvador Clotas, Román Gubern, Xavier
Rubert de Ventós, Vicente Verdú y Jorge Herralde,
el acucioso analista Carlos Monsiváis se refiere a
las transformaciones religiosas y culturales experimentadas
en Latinoamérica en la segunda mitad del siglo XX: “la
intolerancia religiosa sigue al frente, como lo demuestra
la persecución a los protestantes en nombre de la ‘defensa
de la identidad nacional’. La religión católica
es omnímoda, los otros credos son minoritarios en
extremo y la hostilidad antiprotestante se vierte en campañas
de odio con gran costo de vidas y propiedades. Pero desde
1960 se produce una transformación inesperada. Por
causas que van de la gana de pertenecer a una comunidad compacta
al abandono del alcoholismo, millones de personas se convierten
en América Latina a las religiones evangélicas,
en especial al pentecostalismo, y los credos paraprotestantes
(Mormones, Testigos de Jehová). Los obispos y los
antropólogos marxistas hablan despectivamente de las ‘sectas’ y
de la traición a la identidad, pero el número
de conversos crece en Brasil, Chile, Centroamérica,
México, Perú”.
La Comisión Nacional de los Derechos Humanos publicó en
México una obra de Carlos Monsiváis, en la
que quien esto escribe tiene una participación coautorial,
titulada Protestantismo, diversidad y tolerancia. En exclusiva
para Protestante Digital, conversamos con el reconocido escritor
sobre su particular interés porque haya respeto público
hacia las minorías protestantes.
CMG: En tus escritos
recopilados en el libro Protestantismo, diversidad y tolerancia,
se constata la preocupación
que de mucho tiempo has tenido en la defensa de los derechos
de las minorías religiosas. ¿De dónde
viene ese interés?
CM: En primer lugar por un asunto
de formación personal.
Vengo de una familia protestante de largo tiempo en México,
lo cual no suele ser muy habitual. Por tanto he comprobado
cómo la persecución ha sido no sólo
inicua y monstruosa, sino dirigida, también, contra
una minoría que en lo fundamental procura llevar vidas
responsables; procura practicar la honradez y tiene una ética
del trabajo, de la convivencia, no diría que ejemplar
porque eso no existe en ningún lado, pero que se acerca
a la ejemplaridad en muchísimos casos y que, sobre
todo, intenta una responsabilidad de acuerdo a la creencia
en la relación personal con Dios. Entonces viniendo
de esa familia, y constándome lo que ha significado
la persecución en el medio protestante, y sobre todo
en los medios regionales, que antes se llamaban de provincia,
y constándome también el tipo de vida que los
protestantes llevan, aún cuando la mayoría
esté en desacuerdo con las creencias y ridiculice
el modo en que se profesen las convicciones, se tiene que
admitir que son -en el sentido de la honradez, de la práctica
de la vida cotidiana, etcétera- minorías que
tienen mucho que ver con el ejercicio ciudadano de la mejor
manera. Todo esto me llevó a interesarme, porque es
un asunto que viví desde niño, en la defensa
de los derechos religiosos de las minorías.
CMG: Además de la experiencia personal, familiar,
de conocer de primera mano el tema, en un país que
se va pluralizando, diversificando, cada vez más en
todos los terrenos, ¿qué otras razones encuentras
para defender a las minorías religiosas?
CM: Hay las que te marcan la Constitución mexicana,
las que te marca la convicción creciente que los derechos
humanos son la gran fuerza unificadora de la nueva conciencia
nacional e internacional. Y están las que te marcan
simplemente la saña, la estupidez, la absoluta incuria
y la barbarie de los que persiguen. Si uno no reacciona ante
esto, estamos de alguna manera renunciando a una visión
integral de los derechos humanos, y esto es lo que ha pasado
en México. No se puede hablar con tanta tranquilidad
de los derechos humanos cuando se ve lo que ha sido la persecución
criminal, homicida, y además ilegal desde cualquier
punto de vista, de las minorías religiosas.
CMG: ¿Por qué este tema de la violación
a los derechos de las minorías religiosas no levanta
solidaridad entre la intelectualidad, en las fuerzas llamadas
progresistas?
CM: Tampoco levanta solidaridad entre
quienes se dicen cristianos auténticos de la zona católica. Pienso que
la razón es porque no han considerado a los protestantes
verdaderos ciudadanos, o verdaderos conacionales. Esta ha
sido siempre la idea de la ajenidad, tanto en lo que se refiere
a sus derechos humanos, como en su pertenencia a la nación,
lo que lleva a la indiferencia. Como se piensa que los protestantes
son desnacionalizados de antemano, o que la profesión
de sus convicciones los aleja de lo que es la verdadera experiencia
nacional, se desentienden muy fácilmente de lo que
les suceda porque no les sucede a mexicanos. No te lo dirían
jamás con estas palabras, nunca lo aceptarían
de este modo, pero sí lo practican, y entonces me
parece que aquí la conducta es el testimonio que deberemos
tomar en cuenta. No han considerado a los protestantes mexicanos,
y por tanto lo que les pasa sucede en otro país.
CMG: ¿Tú crees que ahora, dado que en el país
existe una conciencia mayor sobre la defensa de los derechos
humanos que la prevaleciente hace algunos años, tenemos
un mejor panorama para las minorías religiosas?
CM: Todavía no hay un mejor panorama para estas minorías,
porque todavía se sigue considerando ajeno, extraño,
exótico al protestantismo. No se ha concebido, verdaderamente,
la pluralidad de creencias porque se sigue profesando, en
el fondo e íntimamente, la absoluta necedad marcada
por legiones de obispos de que los mexicanos puedan ser incluso
ateos pero que todos son guadalupanos. Desde esta base ya
estás expulsando de la mexicanidad, o de la condición
mexicana, o de la nacionalidad, o de la protección
de las leyes, a todos aquellos que no somos guadalupanos.
Yo me reivindico como mexicano porque eso dicen mis papeles
y eso asegura mi pasaporte, y porque nadie me ha exigido
que para conseguir mi pasaporte tengo yo que ser guadalupano.
Entonces me resulta cada vez más inconcebible que
esta banalidad, esta creencia estadístico mística
de que si somos mexicanos somos guadalupanos, todavía
continué ejerciendo una influencia suficiente como
para que las personas cuando ven la persecución contra
los protestantes sientan que sucede en otro país.
CMG: Tu opinión sobre el creciente protagonismo clerical
católico, las actitudes de altos funcionarios gubernamentales,
que pareciera renuncian al estado laico o, por lo menos,
lo van disminuyendo con sus actitudes personales.
CM: Me parece muy bien que sean creyentes,
me parece muy bien incluso que sean sumamente devotos. Me
parece muy mal
que concilien su posición en el gobierno con su extrema
devoción. Creo que este ha sido el caso de la Secretaría
de Gobernación, de la Subsecretaría de Asuntos
Religiosos, aunque digan lo contrario y aunque expresen su
laicismo todo el día. Creo que es el mismo caso de
varios gobernadores, de numerosos presidentes municipales,
y de, por ejemplo, el Secretario del Trabajo, el señor
Carlos Abascal, que el primer día de su toma de posesión
reúne a los funcionarios de la Secretaría para
decirles que la institución esta bajo la advocación
de la virgen de Guadalupe. Me parece muy bien si, al mismo
tiempo, dice que está bajo la advocación de
Buda, bajo la advocación de Vishnú, bajo la
advocación de lo que cada persona decida que es su
advocación. Una vez hechas todas esas advocaciones
hay que decirle que no puede estar la Secretaría del
Trabajo bajo esas advocaciones, aunque sean tan numerosas
y representen tantas convicciones, porque es un organismo
laico de protección de los derechos de los trabajadores,
así de simple. Pero esto no ocurre porque todavía
se piensa que lo contrario del jacobinismo es la entrega
de los intereses del Estado mexicano a la confesión
católica. Y a eso hay que oponerse porque contraría
no sólo la Constitución, contraría los
derechos humanos, la lógica elemental, y la riqueza
que ha traído consigo la secularización.
Carlos Martínez
García |
|