| La
mujer en la Iglesia Para poder hablar de la necesidad
de la inclusión de las mujeres en la Iglesia, lo primero
que habría que hacer es llegar a ser plenamente conscientes
de la existencia real de la exclusión de las mujeres
de las funciones sociales y pastorales o canónicas que
sólo se consideran propias de varones. Es como si en
la iglesia se hubiera perdido la idea de la totalidad integral
de lo humano, ya que la Iglesia ha participado de las ideologías
transmitidas por un mundo dominado por los varones que ha dominado
y subalternado a las mujeres. También la vida de la
Iglesia ha estado marcada por un fuerte patriarcalismo que,
en cierta manera, proviene de la misma Biblia, no como materia
de fe, sino como elementos culturales propios de la época
en que la historia bíblica se desenvuelve. Todo esto con la desventaja que
supone la dificultad de inclusión de la mujer en la
vida de la Iglesia, ya que es precisamente la Iglesia misma
la que ha sido mucho más lenta en los procesos de democratización
que otras estructuras sociales laicas. Realmente, las estructuras sociales en general, han sido
más rápidas en la democratización y
en el dar paso a la participación plena de la mujer,
que las estructuras eclesiales. Realmente éstas han
sido más lentas en el avance democrático y
participativo de la mujer. Hacer que las estructuras eclesiales
se vayan moviendo y haciéndose permeables para intentar
la superación de los patriarcalismos heredados, las
concepciones androcéntricas de la vida religiosa,
los machismos y antifeminismos que impregnan sus prácticas,
así como sus ideologías y pensamientos patriarcalistas
que estructuran su pensar, ha sido y es una tarea demasiado
lenta. La inclusión de la mujer en la Iglesia, no va a venir
por una decisión democrática de ésta,
sino porque la vida social, política, cultural y económica
ya se ha abierto de una forma casi plena a la participación
de la mujer. Es desde presiones externas que la Iglesia se
va a ir abriendo para llegar a tener una visión total
e integral del ser humano, y como va a poder superar la asimetría
a la que se ha visto sometida a lo largo de los años,
prescindiendo de las aportaciones que le podrían haber
venido desde la sensibilidad femenina. De ahí que la Iglesia debe hacer una reflexión
y una autocrítica, que debe pasar por un cuestionamiento
de ciertas visiones teológicas que excluyen a la mujer
de una participación plena en la vida de la Iglesia
en igualdad con el hombre. La mujer cristiana también
debería trabajar un sentimiento crítico tendente
a una formación que le haga discernir cual ha sido
y es su situación en la participación e inclusión
en todas y cada una de las facetas de la Iglesia. Así,
deberían unirse a los feminismos teológicos
que existen en el mundo que les llevara tanto a una relectura
de la Biblia en clave de mujer, como a una relectura de la
teología tradicional y patriarcal a la que han sido
sometidas. La ayuda no la van a encontrar tanto en los grandes
hombres de la política, de la guerra o de la economía,
sino en personas más pensadoras, sensibles y libertadoras
como fue Jesús mismo. Así, las mujeres – y creo que los hombres deberían
hacerlo igualmente – deberían denunciar en el
seno de la sociedad y de la iglesia, la asimetría
cultural existente y hacer todo lo posible por superarla
y destruirla. Máxime cuando en el fondo se trata de
una forma de discriminación aceptada a lo largo de
los años, que ha hecho que la mujer viva dentro de
la cultura eclesial dominante masculina, en una relación
de subordinación que no se justifica desde ningún
punto de vista biológico, ni psicológico, ni
intelectual, ni de capacidad de la mujer. Máxime en
un contexto religioso como es el cristianismo donde no existe
ningún tipo de subordinación, porque no hay
hombre ni mujer, siervo ni libre dentro del contexto de una
vida liberada por los valores del Reino. Hay que reivindicar para las mujeres un liderazgo en la
Iglesia en igualdad con los hombres, que le permita la formación
teológica, todo tipo de oportunidades para ejercer
cualquier ministerio pastoral, en la liturgia y en todo lo
que afecte a cualquier área de vivencia práctica
del Evangelio o a cualquier área teológica
o de enseñanza. Así, la mujer tiene que luchar
de forma decidida, ya que cuenta con una avalancha histórica
de discriminaciones de género, tanto en el seno familiar,
como en el seno de la sociedad, de la cultura, de la enseñanza
y de la práctica religiosa. Ésta última
es la más lenta en admitir los cambios y las democratizaciones
internas. Pero las mujeres cuentan con un aliado, además
del gran aliado que es Jesús mismo: la propia presión
sociocultural a la que la Iglesia acabará cediendo
de forma necesaria. Juan
Simarro Fernández, licenciado en Filosofía,
escritor y director de Misión Evangélica Urbana
de Madrid.
© J. Simarro, 2003, Madrid, España. |