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Número 11 - 11 de noviembre, 2003
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JUan simarro

La mujer en la Iglesia

Para poder hablar de la necesidad de la inclusión de las mujeres en la Iglesia, lo primero que habría que hacer es llegar a ser plenamente conscientes de la existencia real de la exclusión de las mujeres de las funciones sociales y pastorales o canónicas que sólo se consideran propias de varones. Es como si en la iglesia se hubiera perdido la idea de la totalidad integral de lo humano, ya que la Iglesia ha participado de las ideologías transmitidas por un mundo dominado por los varones que ha dominado y subalternado a las mujeres. También la vida de la Iglesia ha estado marcada por un fuerte patriarcalismo que, en cierta manera, proviene de la misma Biblia, no como materia de fe, sino como elementos culturales propios de la época en que la historia bíblica se desenvuelve.

Todo esto con la desventaja que supone la dificultad de inclusión de la mujer en la vida de la Iglesia, ya que es precisamente la Iglesia misma la que ha sido mucho más lenta en los procesos de democratización que otras estructuras sociales laicas.

Realmente, las estructuras sociales en general, han sido más rápidas en la democratización y en el dar paso a la participación plena de la mujer, que las estructuras eclesiales. Realmente éstas han sido más lentas en el avance democrático y participativo de la mujer. Hacer que las estructuras eclesiales se vayan moviendo y haciéndose permeables para intentar la superación de los patriarcalismos heredados, las concepciones androcéntricas de la vida religiosa, los machismos y antifeminismos que impregnan sus prácticas, así como sus ideologías y pensamientos patriarcalistas que estructuran su pensar, ha sido y es una tarea demasiado lenta.

La inclusión de la mujer en la Iglesia, no va a venir por una decisión democrática de ésta, sino porque la vida social, política, cultural y económica ya se ha abierto de una forma casi plena a la participación de la mujer. Es desde presiones externas que la Iglesia se va a ir abriendo para llegar a tener una visión total e integral del ser humano, y como va a poder superar la asimetría a la que se ha visto sometida a lo largo de los años, prescindiendo de las aportaciones que le podrían haber venido desde la sensibilidad femenina.

De ahí que la Iglesia debe hacer una reflexión y una autocrítica, que debe pasar por un cuestionamiento de ciertas visiones teológicas que excluyen a la mujer de una participación plena en la vida de la Iglesia en igualdad con el hombre. La mujer cristiana también debería trabajar un sentimiento crítico tendente a una formación que le haga discernir cual ha sido y es su situación en la participación e inclusión en todas y cada una de las facetas de la Iglesia. Así, deberían unirse a los feminismos teológicos que existen en el mundo que les llevara tanto a una relectura de la Biblia en clave de mujer, como a una relectura de la teología tradicional y patriarcal a la que han sido sometidas. La ayuda no la van a encontrar tanto en los grandes hombres de la política, de la guerra o de la economía, sino en personas más pensadoras, sensibles y libertadoras como fue Jesús mismo.

Así, las mujeres – y creo que los hombres deberían hacerlo igualmente – deberían denunciar en el seno de la sociedad y de la iglesia, la asimetría cultural existente y hacer todo lo posible por superarla y destruirla. Máxime cuando en el fondo se trata de una forma de discriminación aceptada a lo largo de los años, que ha hecho que la mujer viva dentro de la cultura eclesial dominante masculina, en una relación de subordinación que no se justifica desde ningún punto de vista biológico, ni psicológico, ni intelectual, ni de capacidad de la mujer. Máxime en un contexto religioso como es el cristianismo donde no existe ningún tipo de subordinación, porque no hay hombre ni mujer, siervo ni libre dentro del contexto de una vida liberada por los valores del Reino.

Hay que reivindicar para las mujeres un liderazgo en la Iglesia en igualdad con los hombres, que le permita la formación teológica, todo tipo de oportunidades para ejercer cualquier ministerio pastoral, en la liturgia y en todo lo que afecte a cualquier área de vivencia práctica del Evangelio o a cualquier área teológica o de enseñanza. Así, la mujer tiene que luchar de forma decidida, ya que cuenta con una avalancha histórica de discriminaciones de género, tanto en el seno familiar, como en el seno de la sociedad, de la cultura, de la enseñanza y de la práctica religiosa. Ésta última es la más lenta en admitir los cambios y las democratizaciones internas. Pero las mujeres cuentan con un aliado, además del gran aliado que es Jesús mismo: la propia presión sociocultural a la que la Iglesia acabará cediendo de forma necesaria.

Juan Simarro Fernández, licenciado en Filosofía,
escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid.
© J. Simarro, 2003, Madrid, España.
  

 
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